Con el eco de los villancicos aún reciente y el último roscón ya digerido, el calendario marca una fecha inevitable para miles de hogares: el 8 de enero, vuelta al cole.
En el sur de Madrid, la casa de la familia Torres de Pascual se convierte, como en tantas otras, en un campo de maniobras logísticas desde el amanecer. Inma, Álvaro y sus cuatro hijos, Lucía (12), Inma (9), Álvaro (8) y Javier (5), se readaptan a la rutina que, tras el paréntesis navideño, cuesta más que nunca retomar.
El reloj marca las 7:45 horas y el piso se transforma. Es una sinfonía de prisas, donde los instrumentos son las mochilas, los peines, los vasos de leche y los uniformes que buscan a sus dueños. "El desayuno es lo primero. Ya se acabó lo bueno", sentencia Álvaro, el padre.
Pero, ¿hay alguna motivación en medio del caos? Lucía, la mayor, lo tiene claro: "No tengo ganas, pero sí que quiero ir un poco para ver a mis amigas porque hace mucho que no las veo". Un sentimiento que resume la ambivalencia del día: la pereza por perder la libertad vacacional se mezcla con la ilusión del reencuentro.
En el centro del huracán está Inma, la madre, que asume su rol con humor y filosofía. "La verdad es que yo intento que no se me escape ningún detalle, pero también es verdad que muchas veces dices: 'que sea lo que Dios quiera', y se van al colegio uno que no se ha lavado la cara, otro que va medio peinado. Y esto es lo bonito de las familias numerosas".
Entre el intercambio de calcetines y la búsqueda de la nueva agenda, la mañana solo acaba de empezar. Pero, como en cada 8 de enero, el milagro se repite: contra todo pronóstico, la normalidad, con su caótica belleza, ha vuelto a imponerse.