Las imágenes de Punch, un mono rechazado por su manada en un zoológico de Japón, ha conmocionado al mundo entero. Para paliar la soledad del animal, los cuidadores le proporcionaron un peluche, con el que el primate ha llegado incluso a jugar, convirtiéndose en su particular refugio afectivo.
Ante esta situación, desde el Zoo de Madrid conocemos de la mano de los expertos si el caso de Punch es un hecho aislado o responde a una realidad común en el mundo de los primates. Agustín, especialista, nos explica los patrones de comportamiento de estos animales.
"Hay que tener en cuenta que los primates son animales con un comportamiento social muy complejo y, por lo tanto, es relativamente frecuente que se den situaciones como la de Punch", asegura Agustín.
La dinámica interna del grupo es clave en estos procesos, y la jerarquía juega un papel fundamental. Preguntado sobre si el mono dominante puede decidir el destino de un individuo como Punch, el experto señala: "Finalmente, el macho efectivamente tiene que adaptar a esta cría porque conviven todos en el mismo grupo social. La integración o el rechazo dependen de esa compleja interacción".
Una de las medidas que más ha llamado la atención en el caso de Punch es la introducción de un peluche como compañero. ¿Es esta una técnica habitual en estos casos? "Sí", confirma Agustín. "En este caso, el peluche sustituye a la figura de la madre. Las crías desarrollan en esas primeras etapas un apego muy fuerte, y este tipo de elementos pueden ayudar a suplir esa carencia afectiva".
Pero, ¿cómo pueden determinar los cuidadores que un individuo no es aceptado por el grupo? El experto señala una clave fundamental: el acicalamiento o 'expurgamiento'. "Algo muy importante y muy claro es cuando se produce ese contacto tan próximo. Esa acción de acicalarse mutuamente hace que los animales establezcan y desarrollen una proximidad y un comportamiento afiliativo que al final crea un vínculo. La ausencia de esto es una clara señal de rechazo".
La situación vivida por Punch no es nueva para los cuidadores del Zoo de Madrid. Hace años, ellos mismos atravesaron una experiencia similar. Maika, otra de las responsables, nos recuerda la historia de Pal, una cría de orangután que lo perdió todo muy pronto.
"Fue un poquito similar", rememora Maika. "En nuestro caso, la primera cría de orangután que tuvimos aquí perdió a su mamá cuando tenía siete meses". La corta edad del animal complicaba enormemente su supervivencia y desarrollo.
"Normalmente, son absolutamente dependientes de la madre y están en contacto físico con ella el primer año. Suelen llegar al destete a los tres años, tres años y medio, y no se independizan hasta los ocho o nueve años".
Ante la orfandad de Pal, el equipo del zoo ideó una estrategia de integración gradual. "En ese momento, teníamos dos hembras en el grupo. Intentamos hacer una unión con cada una de ellas para asegurarnos de que, aunque no pudieran proveerle de alimento, para eso estábamos nosotros, para darle los biberones, sí que pudiera comportarse como un orangután, aprender a ser un orangután. Y lo conseguimos", explica Maika con satisfacción. El proceso duró "unos cuantos meses de adaptación, de ajustarnos para ver cómo reaccionaban".
El desenlace, sin embargo, superó todas las expectativas. "La hembra adulta se quedó preñada, pero tuvo un aborto", relata Maika. "En el momento en el que parió a la cría fallecida, adoptó a Pal como si fuera suyo de manera natural. Entonces, la cría recuperó la lactancia materna, la madre pudo completar el desarrollo de una cría y pasamos por todas las etapas ya de manera natural".
La historia de Pal, que pasó de la orfandad a ser adoptado por una madre sustituta, ofrece un contrapunto de esperanza en el mundo de los primates y subraya la importancia de las segundas oportunidades, ya sea a través de un peluche como Punch o del cálido abrazo de una nueva familia.