Con el último eco de los villancicos aún resonando, Madrid ha comenzado este miércoles la transición de la magia a la normalidad.
Tras la intensa jornada festiva del Día de Reyes, que ayer llenó las calles de color y alegría, los madrileños se arremangan con un sentimiento agridulce para desmontar cada adorno, cada guirnalda y cada manualidad que había transformado la ciudad durante las semanas navideñas. Es el momento de guardar en cajas los recuerdos festivos, que volverán a ver la luz dentro de once meses.
En barrios como Orcasitas, donde la iniciativa vecinal es el alma de la decoración, la tarea tiene un sabor especial. En la calle Leiza, los vecinos convirtieron este año sus fachadas y balcones en un auténtico poblado navideño, con elaboradas manualidades y una iluminación cuidada al detalle. Hoy, con escalera en mano y cierta nostalgia, han empezado a descolgar cada creación, devolviendo poco a poco a las calles su aspecto cotidiano.
El centro de la ciudad también cambia de piel. En la plaza de Colón, epicentro durante semanas de la diversión familiar, los operarios trabajan sin descanso para desmontar el gran mercado de puestos, el Belén, las atracciones infantiles y la popular pista de patinaje sobre hielo al aire libre.
Un espacio que hasta ayer combinaba tradición y ocio, hoy es un escenario de grúas y cajas de embalaje, en el meticuloso proceso para que todo vuelva a la normalidad.
La dedicación va más allá de las fachadas. Por su parte, Ismael, un vecino de la calle Antonio de Leyva en Marqués de Vadillo, lleva años montando en una habitación de su casa, en vez de un Belén, un parque navideño con atracciones, pista de hielo, tren, teleférico, cascada, casas hechas manualmente con madera y cartón y todo tipo de elementos.
Su tarea ahora es meticulosa: cada figura y cada construcción debe ser cuidadosamente empaquetada para preservar su esencia y su perfecto estado hasta el próximo año. Este ritual de conservación es, en sí mismo, parte de la tradición.
Así, Madrid se despide oficialmente de la Navidad. Lo hace con una mezcla de alegría por los momentos compartidos y cierta tristeza por el final de una época tan especial.
Con los adornos ya a buen recaudo, los madrileños miran ahora hacia adelante, hacia las próximas celebraciones, sabiendo que las cajas recién cerradas guardan en su interior la promesa de que la magia, como cada año, volverá a despertar en diciembre.