Con el final de la Primera Guerra Mundial, Europa entró en una etapa de desinhibición colectiva conocida como los “felices años veinte”. El trauma del conflicto dio paso a una necesidad casi urgente de vivir, disfrutar y romper con los códigos morales heredados del siglo XIX. En Madrid, esa transformación tuvo uno de sus principales escenarios en los llamados espectáculos sicalípticos.
Bajo esta denominación se agrupaban las revistas, variedades y números de cuplé en los que el cuerpo femenino, el baile sugerente y el desnudarse parcial formaban parte esencial de la puesta en escena, siempre envueltos en un discurso artístico que pretendía dotarlos de sofisticación. Para una sociedad en la que mostrar un tobillo aún podía resultar provocador, aquellas funciones supusieron una auténtica conmoción.
Locales como el Salón Japonés, el Teatro del Triángulo o el Fornos se convirtieron en templos de esta nueva estética. Allí actuaban vedettes y cupletistas que marcaron época, mujeres modernas que desafiaban los modelos tradicionales y encarnaban una feminidad cosmopolita, libre y audaz. Figuras como la Bella Otero simbolizaron ese cambio de mentalidad que conectaba a Madrid con las grandes capitales europeas.
Los espectáculos sicalípticos no solo fueron una moda teatral, sino el reflejo de una profunda mutación social: la entrada de España en una modernidad marcada por el ocio nocturno, la liberación de costumbres y la ruptura, aunque aún tímida y polémica, con la moral rígida de generaciones anteriores. En los escenarios, entre luces, música y plumas, comenzaba a dibujarse el rostro de una nueva época.