En un rincón apartado de la sierra, donde el tiempo parece discurrir al ritmo pausado de las pisadas sobre la tierra, vive Casimiro. Su tesoro no brilla ni está guardado en un cofre, sino que pasta tranquilamente en el prado. Son sus burros, el centro de su universo y los protagonistas de una historia que va más allá de la simple afición: es una lección de vida.
La pasión de Casimiro por estos animales es tan evidente como el cariño con que los nombra. "Aquí tenemos a Paca, que tiene a su hijo Benito, que es este de aquí. Tiene tres meses y medio. Y esta es Dora la Exploradora, que tiene a su hija Artemisa, que tiene un mesecito y medio".
Pero para Casimiro, estos burros son mucho más que animales de compañía. Son maestros. Observándolos rascarse mutuamente en esos lugares inalcanzables, encuentra una profunda metáfora del comportamiento humano. "Deberíamos aprender de los burros esta cosa de compañerismo, de no pensar solo en nosotros mismos", reflexiona.
"Ellos lo que están haciendo es rascarse el uno al otro, donde por sí mismos no llegan. Es una cosa de mutualismo, algo que estamos olvidando ya también la sociedad". En ese gesto simple, Casimiro ve el valor de la colaboración desinteresada, un recordatorio silencioso de lo que hemos perdido.
Sin embargo, la enseñanza de sus maestros de orejas largas no se limita a la filosofía. Tiene una aplicación práctica y vital para el entorno. "El burro es fundamental para evitar los incendios", explica con convicción.
"Porque, sobre todo, el burro come lo que nadie quiere. Es un desbrozador maravilloso". Casimiro reivindica al burro como un aliado ecológico, un podador natural que ayuda a mantener limpios los montes.
Para compartir esta pasión y el entorno que cuida junto a ellos, Casimiro organiza paseos por la montaña abiertos a todo el público. "Son muy bonitos por la naturaleza", comenta, invitando a vivir la experiencia de caminar al lado de estos animales serenos y poderosos.