David, de 34 años, es una de las centenares de víctimas de la explosión ocurrida la semana pasada en Carabanchel. Mientras las grúas continúan retirando escombros y se espera una evaluación estructural, su vida, como la de sus vecinos, sigue en suspenso.
Los afectados llevan más de cinco días sin poder pisar sus casas, incluso para recoger lo más básico. "A día de hoy no podemos entrar ningún vecino a recoger ningún tipo de enser. Estamos sin poder acercarnos a lo que es la vivienda simplemente para recoger algo de ropa o documentación. Sin carnets, sin tarjetas de crédito, sin dinero en efectivo, sin medicinas", explica David.
La situación es extrema. "Ahora mismo estoy acogido en casa de un vecino, durmiendo en el suelo. Llevo cinco días sin cambiarme de ropa", declara David, quien subraya que la ayuda inmediata ha venido del barrio: "Han sido los propios vecinos y gente que se ha involucrado con nosotros en ayudarnos porque ni ropa, ni un kit de aseo mínimo, nada".
Ante esta emergencia, la solidaridad vecinal se ha organizado de forma espontánea. Susana, una hostelera del barrio, ha puesto su negocio a disposición de todos. Su bar es ahora un punto de acopio, un lugar para cargar el móvil, usar el baño y refugiarse del frío.
Un voluntario que acudía a dejar una bolsa con artículos de aseo describía el estado de ánimo colectivo: "Después de tres días en los que hemos estado pues un poco en shock, hemos empezado a reaccionar, pues desde ayer a hoy que hemos empezado a hacer cosas y nos tienen que decir qué es lo que necesitan y lo que quieren, y nos ponemos manos a la obra".
La respuesta fue tan masiva que el local se vio desbordado. "Tuvimos muchas bolsas y lo fui dejando por aquí porque claro, tengo que atender a la gente. Trajeron mucha ropa desde el lunes por la mañana hasta por la noche y, el martes, ayer, en mi día libre vine porque era la única manera de poder, sin clientes, gestionarlo", relata Susana sobre la logística de la solidaridad.
Para poder almacenar y repartir de manera ordenada toda la ayuda recibida, el Colegio Salesianos ha cedido sus espacios. Este miércoles por la tarde se ha realizado un reparto entre los afectados.
A la espera de una solución oficial y de poder regresar a sus casas, las víctimas de la explosión dependen de esta red vecinal. Su vida, por ahora, se sostiene en un suelo prestado, en la ropa donada y en la calidez de un bar que ha abierto sus puertas para convertirse en el centro de un barrio que se ha volcado con los suyos.