A partir de mañana, el escaparate de un local en el barrio de Huertas dejará de mostrar productos para convertirse en el marco de una vida expuesta. La artista multidisciplinar Mariam Bustos iniciará un encierro de 15 días en su interior, completamente aislada del mundo exterior, sin teléfono móvil y sin comunicación, en una experiencia a medio camino entre la performance artística y la introspección personal.
El espacio, frío y desnudo, ha sido equipado por ella misma con lo mínimo: un colchón tirado en el suelo, una pequeña cocina de camping-gas y un microondas, una nevera diminuta y sus herramientas para el ocio y el trabajo: libros, un lienzo para pintar y material para escribir. "Voy a intentar hacer deporte, que nunca es mala opción", comenta mientras ultima los detalles.
Sin embargo, entre sus objetos conviven algunos elementos perturbadores que anticipan el tono de su obra: un ataúd. "Esto es un pequeño spoiler de los performances que voy a hacer", revela.
Estas actuaciones, centradas en la vulnerabilidad y los miedos, tendrán lugar los jueves, viernes y sábados a partir de las 20.00 horas, y serán uno de los momentos de mayor interacción con el exterior.
El proyecto, que podrá seguirse tanto online como físicamente a través del cristal, nace de una necesidad personal. "Es un trabajo para mí, de trabajar yo conmigo misma, mis miedos", explica Bustos.
Pero también tiene una dimensión pública: "Por otra parte, el exponerlos, buscando quizás que escondamos menos nuestros miedos, les demos más voz y pase un poco de moda el 'qué tal, estoy muy bien'".
Para afrontar el reto logístico y emocional, cuenta con el apoyo de sus padres, quienes incluso le han preparado "pucheros" para alimentarse durante la estancia. "Me parece bien, una experiencia para reflexionar", opina su padre. "Espero que todo salga perfecto como ella quiere y que pueda resistir esos 15 días", añade su madre.
A partir de mañana, Mariam Bustos cruzará la línea que separa la vida privada de la exhibición, transformando un local en un laboratorio de intimidad donde lo cotidiano, como dormir, cocinar o leer, se fundirá con el arte performativo, en un ejercicio radical de autoconocimiento y honestidad pública.