En Valdemorillo, donde vive Manoli, cada año se celebra una convención de bolilleros. En la última edición participaron más de 300 personas, una muestra de que esta tradición sigue muy viva.
Entre las herramientas encontramos la almohada o cojín, una pieza alargada de madera sobre la que se trabaja el encaje y que permite mantener la tensión del hilo.
El encaje de bolillos también tiene una curiosa historia detrás. Durante los siglos XVI y XVII, los bolillos llegaron a convertirse en un auténtico símbolo de estatus social y podían alcanzar un valor superior al del oro.
Manoli comenzó a practicar este oficio animada por su hija, que también quería aprender. Desde entonces, todo lo que confecciona lo regala a familiares, amigos y vecinos.
Una manera de compartir su trabajo y, al mismo tiempo, de mantener vivo un oficio tradicional que corre el riesgo de desaparecer.
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