Ana, una 'guerrera' de 92 años, vuelve a bailar y se convierte en un símbolo de vitalidad en Majadahonda
Tras la muerte de su marido, recupera su pasión por la danza y las castañuelas
Con una vida marcada por la renuncia y la pérdida, Ana ha encontrado en la danza su eterna fuente de vitalidad, convirtiéndose en un símbolo de alegría y resistencia para más de 2.500 mayores de Majadahonda.
"Tengo 92, nací en el 33. Estoy hecha una pena, pero de todas formas lo que yo tengo, por eso soy tan conocida, es que hace 30 años metí aquí el baile en el Club de Mayores". Con esta mezcla de humildad y orgullo se presenta Ana, una mujer cuya energía desmiente su edad.
Su historia no es solo la de una afición tardía, sino la de una pasión truncada que, tras décadas de silencio, ha vuelto a florecer con más fuerza que nunca. Su infancia fue fascinante. Ana fue bailarina y estudiante de conservatorio, dedicándose profesionalmente a la danza hasta los 13 años.
"Corté todo, mi vida fue completamente distinta, cambia 180 grados", recuerda mientras muestra antiguos programas y fotografías que atestiguan su talento. El baile quedó atrás, dando paso a una vida centrada en su familia: un matrimonio, tres hijos y once años cuidando a su marido, afectado por el alzhéimer.
Fue precisamente tras el fallecimiento de su esposo cuando el vacío y la necesidad de seguir adelante la llevaron a reencontrarse con su antigua identidad. "Yo me metí en el baile porque si no, no podía vivir”, confiesa.
Así, hace tres décadas, introdujo la danza en el centro de mayores de Majadahonda, una iniciativa que hoy disfrutan más de 2.500 personas y que la ha coronado como la indiscutible reina del baile del lugar.
"Yo toco las castañuelas", explica con una chispa en los ojos. Pero su mayor satisfacción no está en los aplausos, sino en el efecto contagioso de su alegría. "La que tengo ahora y me sigue dando mucho ánimo y mucha vida es cuando vas a una residencia y gente mucho más joven que tú te dice: Ana, ese frescor que tú nos traes lo necesitamos mucho. Yo es que salgo emocionada".
Ana, la guerrera nonagenaria, ha transformado su propia resiliencia en un legado de júbilo colectivo. Su historia es un poderoso recordatorio de que las pasiones nunca mueren, solo esperan el momento adecuado para volver a bailar.
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