El presentador, escritor y humorista Pedro Ruiz ha reflexionado sobre las diferencias fundamentales entre actuar en teatro, salas de humor y televisión, tres espacios que, a su juicio, implican formas de comunicación completamente distintas con el público. Con una larga trayectoria en solitario, aunque apoyado siempre en equipos de trabajo diversos, el artista se define como “hombre de teatro”, un entorno donde el espectador acude predispuesto a escuchar y a dejarse llevar por el espectáculo.
Ruiz explica que cada escenario condiciona la relación con el público. En salas emblemáticas como Florida Park o Windsor, el espectador que ha pagado por ver el espectáculo suele prestar atención, aunque sigue siendo un público más disperso que el teatral. En su visión, la diferencia es clara: en las salas de fiestas el público está “suelto” y hay que conquistarlo constantemente, mientras que en el teatro permanece expectante y concede un margen inicial para generar interés y conexión.
Más complejo aún es, según señala, el público televisivo, al que describe como el más difícil de captar por su falta de atención exclusiva. Al no estar centrado únicamente en el espectáculo, el humorista debe intensificar sus recursos expresivos para lograr que el espectador, que está en casa realizando otras tareas, dirija su mirada a la pantalla.
Durante su carrera, Pedro Ruiz ha pasado por algunos de los grandes templos del humor y el espectáculo en Madrid, en una época en la que las salas y teatros marcaban el pulso cultural. Con el paso del tiempo, ha observado también la proliferación de bares de monólogos, especialmente desde los años 2000, impulsados tanto por el talento emergente como por su viabilidad económica, ya que permiten probar formatos con menor inversión antes de dar el salto a escenarios mayores.
El humorista recuerda especialmente una actuación el 11 de marzo de 1974, cuando presentó en Madrid un espectáculo que ya había triunfado en Barcelona y que consideraba “muy fuera de la época”. La función, organizada ante un auditorio de 600 invitados con destacadas personalidades políticas y sociales, generó un escándalo que marcó un punto de inflexión en su trayectoria profesional.
A raíz de aquel episodio, durante dos o tres años vivió funciones especialmente tensas: teatros llenos en los que parte del público abandonaba la sala entre críticas e insultos.