De San Isidro a Santa Teresa: los cinco santos de la histórica canonización colectiva de 1622
La composición de esta canonización múltiple generó cierta polémica ya que cuatro santos de los cinco eran españoles
En 1622, cuando ya habían transcurrido cerca de cinco siglos desde el fallecimiento de San Isidro y Santa María de la Cabeza, la Iglesia protagonizó un hito sin precedentes: la primera canonización colectiva de la historia. Aquel proceso elevó a los altares a cinco figuras clave del catolicismo, en una decisión que no estuvo exenta de debate y que reflejó, en gran medida, el peso político y religioso de la España del siglo XVII.
Entre los canonizados destacaba San Isidro, patrón de Madrid, cuya devoción se encontraba profundamente arraigada en la capital en pleno proceso de consolidación como villa y corte. Junto a él fueron proclamados santos San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; San Francisco Javier, referente de la labor misionera en Asia y también jesuita; Santa Teresa de Jesús, gran reformadora del Carmelo y figura cercana a la monarquía; y San Felipe Neri, único italiano del grupo.
La composición de esta canonización múltiple generó cierta polémica en su momento. Cuatro de los cinco santos mantenían vínculos directos con España, lo que muchos interpretaron como un reflejo de la capacidad de influencia de la corte española en los procesos eclesiásticos de la época. De hecho, San Felipe Neri había sido beatificado en 1619 y, en apenas tres años, fue elevado a santo, una rapidez poco habitual que alimentó los comentarios en distintos ámbitos europeos.
En círculos italianos llegó a circular la ironía de que se habían canonizado “cuatro personas y un santo”, en alusión al peso predominante de figuras españolas frente al único representante italiano. Más allá de la anécdota, el episodio evidencia la proyección internacional de la monarquía hispánica y su capacidad de interlocución en Roma durante el Siglo de Oro.
Especial relevancia tuvo también la figura de Santa Teresa de Jesús, quien, además de su papel como reformadora del Carmelo, mantuvo relación con la corte y recorrió distintas ciudades del país, incluida Madrid.
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