Solitaria oreja para Eugenio de Mora en la frontera de lo absurdo

De San Isidro se han dicho y escrito tantas cosas como tardes se han vivido. Lo último que se ha institucionalizado es lo del Mundial del toreo o la Champions League de los toros, con permiso de Cuenca y Maximino. Como en todo evento futbolero de alto standing, también hay interesantísimos choques entre Sudáfrica y Honduras como toros de El Ventorrillo en un lunes como para borrarse de la lista de aficionados. Para colmo, un cartel que no atrae ni a los autobuses. Ayer era el día en que el abonado ni siquiera le deja las entradas a algún amigo. Hay que ser miserable para desvirgar a un neófito taurino en Las Ventas con semejante cuadro.

El escalafón no soporta 34 festejos de San Isidro y el aficionado no merece tal abuso. Tardes como la de ayer hacen que muchos se replanteen cosas. Papá, ¿por qué somos taurinos? No es novedad que pase esto. De hecho, como diría Díaz Ayuso, las tardes de coñazo a golpe cantado son tan características en Las Ventas como los atascos de las tres de la mañana en Madrid. El problema y la preocupación radica en que, no hace tanto, este tipo de carteles repartía aburrimiento a más de 20.000 personas. Ayer, ni la mitad del aforo. Muchos eran...

La corrida de El Ventorrillo fue grande hasta decir basta. Pitones como agujas y un saco de kilos pidiendo a gritos el matadero. Los malos sacaron peligro y los menos malos desarrollaron cierta clase. Eugenio de Mora cortó una oreja en el sexto, que lidió en turno de Sebastián Ritter, operado en ese momento de una grave cornada en la pierna derecha. Lo hizo tras una faena madura, sin prisas y de corte clásico. Cierto es que con sus dos primeros oponentes, el toledano pasó un calvario. Quizá alguno pedía un esfuerzo mayor en menos tiempo o directamente un sartenazo para quitárselo de encima. Hay algo peor que ponerse pesado, llevar 22 años de alternativa y no mostrar la solvencia que dan los años. Con el sexto tapó muchas bocas y sí aprovechó el ritmo del toro. Una gran estocada le colocó la oreja en la mano.

El colombiano Ritter, herido mientras quitaba del caballo por chicuelinas al cuarto de la tarde, volvió a dejar en Madrid ese concepto valiente y aguerrido que atesora desde que Antonio Corbacho lo sacó del ostracismo. Antes de comenzar el festejo, el doctor García Padrós, que el domingo salvó la vida de Román junto a su equipo médico, comentaba con cierto miedo que toreaba Ritter. Es ese tipo de torero por el que acudes con miedo a la plaza. Le da igual que lo coja un toro y eso es de agradecer, pero la disposición debe tener un límite humano. Con el segundo dejó un par de naturales importantes, pero el trasteo no alcanzó vuelo.

Cerraba cartel Francisco José Espada, que anduvo tan firme como insustancial. Tiene facilidad para ligar los muletazos y recuerda en ocasiones a la cadencia que tenía su mentor, César Jiménez. A años luz, claro. Cuando le sale un toro con posibilidades se amontona y quiere hacer todo lo que entrena durante el año en diez minutos. Su concepto tiene poco predicamento en Las Ventas y varias orejas en el límite le ponen todavía más difícil calar en Madrid.

Al final, ocho avisos que alargaron el festejo hasta casi las diez de la noche en un espectáculo que navegó en la frontera de lo absurdo. Poco público, poca casta y muchos pases que no dijeron nada. Lo peor, la cornada al torero colombiano, que merece otra tarde por su disposición. Esta tarde regresan los toros de Valdellán tras su destacada presencia el pasado verano en los desafíos ganaderos. Los lidiarán Fernando Robleño, Iván Vicente y Cristian Escribano.

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