Carasucia pone la guinda al triunfo de los grises en San Isidro

El toreo tiene tanta mala baba como justicia poética. Qué más querría Cristian Escribano que tener un toro pujante y bravo en Las Ventas para lanzar su carrera. Y es Cristian un torero tan honesto como válido. Tiene condiciones y asienta su concepto en la pureza y el compromiso. El detalle de degollar al gran Carasucia es perfectamente entendible. Tenía dos opciones, liquidarlo y llevarse una bronca o ver a los bueyes de Florito llevándose el toro al corral. Entre unos pitos y tres avisos, cada cual que elija. En ese sentido, no hemos de atacar al torero.

Carasucia no merecía irse así ni el carnicero arreglarle las orejas, pero esto es el toreo. Un animal tan bravo y con tanta codicia es complicado incluso para el más avezado. Un tren con genotipo de primera y fenotipo de cuarta. Porque triunfar con este tipo de encaste y embestida da para lo que da. No se engañen. Habrá o no dejado escapar ese tren Cristian Escribano, pero difícil será que vuelva a tener enfrente un toro así. Lo mostró y entendió por el pitón derecho y quiso hacer el toreo con la zurda, pero se vio desbordado. Lógico, no torea casi nada.

Dios te libre de un toro bravo, pensaría ayer Belmonte viendo al sensacional toro de Valdellán. De salida acudió presto a los capotes y en varas se movió sin mucho espectáculo. En la muleta fue un caudal amazónico de casta y entrega. Siempre quiso coger los avíos por abajo y no tuvo un mal gesto con el torero. Nobleza gris dentro de unas pintas que excluyen ese término de su diccionario. ¿Era de vuelta al ruedo? Mire usted, quizá en otras manos el toro se hubiese expuesto en plenitud ante su debut en San Isidro. Las cosas de la fiesta. Quién sabe, pero viendo pañuelos azules que asomaron en años precedentes, Carasucia era de vacas. Por el hierro que llevaba, le será complicado incluso optar a toro de la feria. Queda poco, pero ha dado motivos para la nominación.

El resto del encierro, salvo los dos primeros, cumplió y no dejó escapar la emoción del ruedo. Se movieron con distintas características pero bajo el paraguas de la casta. Quizá el quinto acusó su justeza de fuerzas y se defendió algo más. Iván Vicente lo vio claro, pero no le dejaron casi ponerse. Tan pronto se entregaba en una embestida humillada y profunda como soltaba la cara y buscaba el pecho del torero, que se cansó de aguantar los pitos y cogió la espada. No fue tampoco la tarde del madrileño, pero es un profesional de buen corte.

El más destacado del festejo fue Fernando Robleño, que ha cuajado una sensacional feria. Si lo mejor fueron sus dos estocadas, no se quedaron atrás la brega y las ganas de triunfar. Con el cuarto, un toro con mucho motor, no se arrugó y cruzó la raya desde el saludo capotero. Apostando y tragándole mucho a un animal que pedía algo más que oficio. El sino colocará a Robleño en las ferias o no, pero tiene las espaldas anchas y el depósito cargado para dar la vuelta a la España gris. Ojalá que algún día le dejen un caramelo, porque torea muy bien.

Esta tarde, toros deshechos de tienta y defectuosos de Los Espartales para Diego Ventura y cuatro astados de Núñez del Cuvillo para El Juli y Diego Urdiales en la corrida de la Beneficencia. La presidirá el rey Felipe VI.

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