Morante se amotinó a los jóvenes y salió a hombros en Aranjuez
Morante a Aranjuez por cuarta vez en los últimos dos años
Morante de la Puebla repitió triunfo en Aranjuez junto a sus jóvenes herederos Juan Ortega, que se fue de vacío, y Pablo Aguado, que paseó una oreja frente a una corrida manejable aunque falta de entrega de Núñez del Cuvillo.
Volvía Morante a Aranjuez por cuarta vez en los últimos dos años. O lo que es lo mismo: sin faltar a ninguna de las corridas celebradas en el coso madrileño en las dos últimas temporadas.
En su primer turno a Morante le correspondió un toro noble, casi dócil, que derrochó calidad y falta de fuerza a partes iguales. La carencia la suplió el sevillano con su proverbial empaque, ceñidas y armónicas las tandas a media altura, sobre todo una al natural dando un tiempo entre muletazo y muletazo al de Cuvillo, hasta rematar su trasteo de manera efectiva hasta pasear una oreja.
Del cuarto nos llevamos cuatro muletazos antológicos por lentos y sentidos. No fue ninguno de los molinetes ni afarolados que Morante instrumentó, que también los hubo, sino cuatro naturales hilvanados de uno en uno, en cercanías, tirando de la renuente embestida de su antagonista hasta rematarla enroscada a su cintura. No fue faena de brillantez deslumbrante, pero sí de gran contenido técnico y apuesta. Y como anduvo acertado con el acero, a su esportón llegaron dos trofeos más.
Un motivado Juan Ortega le dio capa abundante al segundo en forma de verónicas sentado en el estribo, de pie, delantales y arrebujadas medias. Además el astado empujó en varas y, tras una templada brega de Jorge Fuentes, llegó al último tercio con el depósito de ímpetu en la reserva.
Sin embargo ofreció lo suficiente para que Ortega lo pasara con elegancia, vistiendo de torería todo lo que hizo en la cara del toro hasta que éste se apagó, que fue pasadas cuatro tandas.
El jabonero quinto colocaba la cara haciendo el avión, aunque también reponía y punteaba las telas, circunstancias estas últimas que pesaron más que la virtud primera, y que condicionaron la limpieza desigual que Ortega logró en una labor dispuesta pero sin tomar verdadero vuelo.
El blando tercero fue protestado pero se mantuvo en el ruedo. La elegancia de Pablo Aguado al pasárselo por la faja eclipsó parcialmente la endeble condición del noble ejemplar de Cuvillo, al que Aguado tumbó de un gran volapié, lo cual empujó a los tendidos para sacar sus pañuelos, y también el del presidente.
En el que cerró plaza, un sorpresivo quite por chicuelinas de Pablo Aguado, instrumentado con el liviano capote blanco con el que hizo el paseíllo, seguido del habitual despliegue de Iván García con los palos, puso a los tendidos de cara en el último tercio. Aguado se sobrepuso a las cambiantes y nunca rebosantes arrancadas de su antagonista, con varios destellos en forma de trincherazos y cambios de mano. Lamentablemente el fallo a espadas le privó de acompañar a Morante a hombros.
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