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Su nombre le hace inconfundible, su elegante honestidad también. Por eso, Abraham García pone fin a su idilio con Viridiana. Mientras espera comprador, recuerda todo lo que deja atrás. "33 en breve de un cocinero pesan, te lo puedo asegurar".

Viridiana es Abraham García y Abraham García es Viridiana. En el restaurante cuenta con algunos recuerdos en fotografías de sus vivencias. "Cuando uno va cogiendo años le da con frecuencia a la moviola".

Todo el restaurante está lleno de fotos de cine, de Toledo, de caballos, de sus pasiones. "A mí los caballos me enamoran. Durante algunos años incluso retransmití carreras, pero lo hacía tan mal que conseguí que la gente fuera a verlas en directo", nos cuenta.

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Abraham reconoce que deja muchas cosas por hacer y que a pesar de decir adiós a Viridiana todavía no ha colgado el delantal. "Un día decidí dar ese salto, que era mucho más que saltar el Manzanares. Era el Rubicón, era el Atlántico. Todavía vivíamos ahí los años de euforia de la Transición. La gente estaba deseosa de sabores nuevos", recuerda.

En la mesa uno de Viridiana, Abraham ha pasado noches hablando con García Márquez. "Comía que era un gusto, era amante de los postres. A mí la gente que come mucho como que me inspira una especial confianza. Un ogro adorable era Cela. Antaño se utilizaba con naturalidad, es decir, se hablaba de tasca ilustrada. Aquí los ilustres ciertamente eran ellos".

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Sin lugar a dudas, uno de los personajes en nuestro país donde el sombrero se ha convertido en una extensión de su ser es Abraham García. "Empecé a ponérmelo para que ellos me encontraran con facilidad. Dije: En el hipódromo no te será difícil encontrarme, suelo estar debajo de un sombrero".

"Lo mío con las cacerolas es un asumido Síndrome de Estocolmo". A partir de ahora, Abraham pretende retomar unos libros inacabados. "Lo que me falta de talento lo suplo con ingenio. Tendré tiempo para dedicárselo a los caballos. El tiempo que he robado a mis niños se lo voy a dar ahora, aunque sea a plazos".