Vídeo: Redacción | Foto:Telemadrid
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Menores para entrar en la cárcel pero no para cometer crímenes atroces. Son asesinos en plena adolescencia capaces de acabar con la vida de otros de la forma más sanguinaria. Espeluznante el caso de María Dolores, la niña degollada en Ripollet en 2008, por Sergio y Luis, sus compañeros de clase de 15 y 14 años. Molesto por unas fotos que la víctima había colgado en Internet, Sergio no vaciló en cortar el cuello de su amiga con una navaja y apalearla después, para dejarla tirada, todavía con un hilo de vida. Destino similar al de Mª Dolores fue el que corrió en 2010 Cristina Martín de 13 años. Su cuerpo se encontró en el fondo de un pozo en Seseña (Toledo) con evidentes signos de violencia por todo su cuerpo, y un corte en una muñeca por el que se desangró. Su verdugo, una compañera de clase de 14 años que sin ningún tipo de remordimientos contó a la policía paso a paso como acabó con la vida de Cristina.

Todos recordamos a José Rabadán, más conocido como el asesino de la catana. Aficionado a los videojuegos violentos, con tan solo 17 años degolló a sus padres y a su hermana de 9 años con una espada samurai en Murcia, en el año 2000. Después de 7 años y 9 meses de internamiento, fue puesto en libertad. Este crimen les sirvió de inspiración a Iria y a Raquel, de 16 y 17 años, que un mes después de la matanza de Murcia, decidieron asesinar en Cádiz, a Clara García, una compañera de instituto. Sin piedad, Raquel apuñaló 18 veces a Clara mientras Iria la sujetaba y le tapaba los ojos.

En su macabra declaración, confesaron que acabaron con la vida de su compañera solo para ser famosas y saber lo que se sentía al matar a una persona. Un caso que nunca se llegó a esclarecer, fue el de Rodrigo Barrio, al que sus tíos acusaron de haber acabado con la vida de sus padres y su hermano de 12 años, en 2004. Los cadáveres aparecieron cosidos a puñaladas, excepto el de la madre que apareció degollada, en distintas habitaciones del domicilio familiar. Presente en actos fúnebres y concentraciones, su inocencia se puso en tela de juicio al presentarle la familia como principal sospechoso del crimen. Ocho años después nadie ha podido probar aquellas acusaciones.