Vídeo: Redacción | Foto:Telemadrid
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Su calidad está fuera de duda es innata. Sin embargo su voluntad y su tesón tienen un origen distinto. Kevin de Bryune empezó a jugar a los cuatro años.

Destacaba en un equipo de Drongen, su ciudad natal. Con 14 se marchó a jugar al Gent a 150 kilómetros de su casa. En Gante vivió con una familia de acogido. Después de la primera temporada se despidió de ellos hasta que acabase el verano sin sospechar lo que pensaban.

“Llegué a casa y mis padres estaban como tristes, llorando. Y pregunté: ¿Qué pasa? Los padres adoptivos no quieren que vuelvas. ¿Por qué? Por cómo eres”, señala.

No les gustaba porque era demasiado callado y tímido. Aquel golpe le cambió por completo. Siguió su carrera y con 22 años llegó al Chelsea de Mourinho. No tuvo muchas oportunidades con el portugués que dudaba de su calidad y de su actitud.

Acabó en el Wolfsburgo alemán donde fue el mejor jugador de la Bundesliga… aún así llegó al City por la puerta de atrás.

“Llegué al City como un rechazado del Chelsea. La gente no iba a pagar para verme. Y ahora puedo decir con orgullo que soy uno de los mejores jugadores del mundo”, comenta Kevin de Bruyne, que siempre demostró una gran fortaleza mental y ahora es un emblema del Manchester City de Guardiola.