En la Gran Vía de los grandes estrenos, Museo Chicote se convirtió en un símbolo de la vida social madrileña. Pero, además del glamour y la estética art déco, la coctelería guarda un capítulo menos conocido que ha alimentado su mito durante décadas: un pasadizo.
Según el relato que ha circulado históricamente alrededor del local, Chicote habría contado con una vía interior de salida hacia una calle paralela, la calle de la Reina, a escasos metros del circuito más transitado del centro. Un detalle que, en un negocio construido sobre la reputación y el ambiente, funcionaba como un elemento diferencial: entrada pública, salida discreta.
En esa época, Chicote era parada obligatoria para la élite cultural y para visitantes internacionales en un Madrid que se proyectaba al exterior con fuerza, especialmente con el auge del cine en los años 50 y 60. Y ahí el pasadizo encajaba como una pieza imprescindible para gestionar la privacidad.