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Madrid vuelve a ocupar el centro del relato cultural cuando se analiza con perspectiva histórica uno de los episodios más singulares de su vida intelectual de finales del siglo XIX. Más allá de las grandes instituciones, la capital albergó espacios informales donde se gestó una crítica moderna, aguda y profundamente influyente, con Benito Pérez Galdós como uno de sus protagonistas.

Uno de esos lugares fue la Cervecería Iberia, situada en la Calle Carrera de San Jerónimo, donde se articuló el conocido como Bilis Club. Lejos de las sociedades literarias convencionales, este grupo carecía de junta directiva, sede fija o reglamento alguno. Su carácter era heterogéneo y libre, pero su nivel intelectual estaba fuera de toda duda.

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El nombre del club, derivado de “bilis”, aludía al tono ácido y mordaz de sus debates. Allí se practicaba una sátira cargada de inteligencia, rigor y capacidad argumentativa, sin concesiones a la burla fácil. La crítica a la sociedad y a la vida cultural del momento se ejercía con brillantez y altura de miras, convirtiendo aquellas tertulias en un laboratorio de pensamiento moderno.

Este ambiente de efervescencia intelectual se extendía también al Ateneo de Madrid, donde por los pasillos se comentaban y debatían muchas de estas ideas. Fue en ese contexto donde Galdós entró en contacto con Leopoldo Alas, más conocido por su seudónimo, Clarín.

Clarín comenzó a publicar sus célebres críticas bajo ese nombre precisamente para poder expresar con mayor libertad su mirada irónica y combativa sobre la realidad de su tiempo.