El incendio que borró del mapa el Gran Teatro de Madrid hace más de un siglo
Inaugurado en 1902, el Teatro Lírico fue uno de los espacios escénicos más destacados del Madrid de comienzos del siglo XX
Cuando el siglo XX echó a andar, el madrileño Paseo de la Castellana era un llano despuntado por palacetes señoriales, un paisaje rural atravesado por una gran avenida residencial de lujosas casas que iniciaba el camino hacia su conversión urbana.
A ese tiempo y ese escenario, al comienzo de esta calle reservada a la aristocracia, pertenece la historia del Gran Teatro de Madrid. Una historia breve que apenas llegó a la mayoría de edad, momento en el que un incendio acabó de forma abrupta con sus sueños.
Inaugurado en 1902 con el nombre de Teatro Lírico y en lo que ahora es Marqués de la Ensenada, 8, fue uno de los espacios escénicos más destacados de ese Madrid de comienzos del siglo XX. Casi 3.000 metros cuadrados de inmueble, tres plantas, 500 butacas... Una obra de envergadura a cargo del arquitecto catalán José Grases Riera y por iniciativa del empresario Luciano Berriatúa.
A los tres años de abrir sus puertas, en diciembre de 1905, el Lírico cambió su nombre por el de Gran Teatro, dejando constancia de la transcencendia y grandeza del recinto.
Sin embargo, en la madrugada del 30 de enero de 1920 todo cambió. La mujer que por aquel entonces dirigía los servicios de limpieza del teatro fue la que dio la voz de alarma tras toparse con una densa nube de humo. Cuentan que una chispa procedente de las calderas de calefacción fue la causante de un incendio que se cebó violentamente con el interior del edificio.
Los vecinos de los edificios colindantes tuvieron que ser desalojados, aunque por fortuna no hubo más víctima que el propio Gran Teatro.
Tras el suceso, la estructura del antiguo teatro fue adaptada para convertirse en un edificio de viviendas. Con el paso del tiempo, ha acogido distintas instituciones, como el Ministerio de Trabajo, el Liceo Francés y, en la actualidad, el Consejo General del Poder Judicial.
En el número 8 de la calle del Marqués de la Ensenada ya no resuenan las tablas del escenario, ni las elevadas líneas de Calderón o Lope de Vega, ni los aplausos después de cada función. Pero allí sigue de pie la fachada del que fuera el Teatro Lírico.
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