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La silicona y el maquillaje no se rinden ante los efectos digitales en la carrera por crear el ser más terrorífico del cine y así ayudan a crear entes, más realistas y baratos, a los que luego dan vida actores que llegan a soportar hasta treinta kilos de "monstruosidad".

Javier Botet es un monstruo del cine, en el sentido más literal. Este actor ciudadrealeño ha encarnado a la terrorífica niña de Medeiros en "Rec", de Jaume Balagueró, ha interpretado a un espíritu en "La Cumbre Escarlata" de Guillermo del Toro y ha sido la "Mamá" del film, del mismo nombre, de Andrés Muschietti.

También ha trabajado a las órdenes de Alejandro González Iñárritu en la reciente The Revenant, aunque no saldrá en el metraje final.

Su altura, que alcanza los 2 metros, y su figura profusamente alargada, característica del Síndrome de Marfan -una alteración congénita que padece- le han abierto las puertas del cine y la televisión, unos medios en los que pocas veces ha podido actuar a cara descubierta: "Me gustaría poder hablar, pero me va mejor como monstruo, la verdad", bromea.

La vida de ente terrorífico de ficción va ligada a duras sesiones de maquillaje, de cuatro, cinco o seis horas, cuenta.

"Guillermo del Toro es muy perfeccionista, quiere un trabajo muy físico y se alarga todavía más", explica sobre su experiencia con el director mexicano, con motivo de la presentación del DVD de "La Cumbre Escarlata", en una charla durante la que se ha recreado el maquillaje de Botet sobre una actriz y de mano del maquillador de efectos especiales Arturo Balseiro.

A las sesiones de maquillaje interminables -para la película "Rec" fueron diez horas- hay que sumarle el tiempo de rodaje y el de desmaquillado, que añade una hora más.

"El tiempo que puede durar la jornada está regulado, pero con los actores que hacemos de monstruos se cumple regular", explica Botet, que antes decía "a todo que sí" pero, con la experiencia, comienza a reclamar sus derechos. Cuando el rodaje terminaba a las tantas y, al día siguiente, empezaba temprano, Botet ha llegado a dormir con el maquillaje puesto.

"Dormir por decir algo, porque con todo eso poco descansas", afirma el actor, que ha cargado con caracterizaciones de hasta 30 kilos de peso, ha llevado elementos que no lo dejaban oír, ni ver, y ha vestido "monos" que tendrían que rajarse por un discreto lugar, en el caso de que el intérprete no pudiese esperar al final de la sesión para ir al baño.

Además, el actor recuerda los monstruos del cine no están "en un sofá tomándose un gin-tonic", si no que salen de sitios húmedos, como sumideros, y se arrastran, con lo que la incomodidad se hace más evidente. La piel tampoco puede respirar: "A veces quieres arrancarte todo, pero sería empezar de nuevo, no cualquiera vale para esto".

Padecimientos aparte, Botet defiende la caracterización tradicional frente a los efectos digitales, al menos para recrear elementos orgánicos. "El ojo humano está hecho para dilatarse si está hablando con alguien, los actores interactúan mejor si no están mirando al vacío, y la luz en los personajes creados por ordenador no llega a ser la misma", cuenta.

La conexión con el equipo maquillador también es necesaria, explica Arturo Balseiro, quien ha participado en el maquillaje de "El Laberinto del Fauno" y ha ganado un premio Goya por el de "Eva". Entre siliconas, maquillaje, pinceles y aerógrafos, Balseiro explica que para crear "un muerto" se puede recurrir al modelaje tradicional o escanear la cara del actor en cuestión e imprimir las piezas de silicona con una impresora.

En tantas horas de maquillaje, que en ocasiones se realiza en posición horizontal "para que la ley de la gravedad no estorbe" y no se deslicen las piezas de silicona, hay tiempo para chistes, bromas y música variada.

"Hay directores que tienen muy claro lo que quieren, como Guillermo del Toro, que lo dibuja él mismo, otros que te piden varias opciones o varios colores, pero a mi me gusta algo intermedio, que tengan ideas claras pero que me permitan crear", afirma Balseiro. Lo único seguro, es que la sesión será larga.