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La muerte de Tony Leblanc supone la desaparición de uno de los últimos cómicos, en el sentido más excelso de la palabra, de la escena española.

En los últimos tiempos, se pudo apreciar su magnética presencia ante las cámaras en la serie de televisión "Cuéntame", de 2001 a 2007. El actor sabía que podía tratarse de uno de sus últimos trabajos, el del quiosquero Cervan, y se revelaba frente a la cortedad de su papel. "Poco a poco, se fueron reduciendo mis diálogos" en la serie, recordaba, lo que le enfureció hasta el punto de abandonar la serie.

No se puede repasar el cine español entre 1950 y 1970 sin el perfil de Tony Leblanc, un intérprete imprescindible, el niño Cristobalito Gazmoño, el profesor Don Anselmo Carrasclás, el boxeador Kid Tarao.

Su histrionismo era la naturaleza de su comicidad, y su simplicidad, que no simpleza, hacían de la calle su escuela de interpretación.

Cómo no recordar, ahora que al cine español se le denosta desde tantos ámbitos, películas tan entrañables como "Historias de la televisión" (1965), "Las chicas de la Cruz Roja" (1958) o "Los tramposos" (1959).

Desde todos los sectores del cine se le ha recordado hoy, ante la extrañeza de saber que ya no se halla entre nosotros: desde el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, que recordaba la "jovialidad admirable" del actor, a Alfredo Pérez Rubalcaba, quien habló del "inmenso talento" de Leblanc.

Fernando Tejero, un actor que, sin duda, ha bebido en las mismas fuentes de la interpretación que Tony Leblanc, se ha despedido de éste con "gran pena". De la misma estirpe que ellos, Santiago Segura, que le recuperó para el cine, ha entonado un triste "adiós a un fenómeno. Adiós a un artista GRANDE. Adiós a un amigo".

Desde uno de los últimos platós que le acogió, el de la serie de televisión "Cuéntame", se le ha recordado, a través de Twitter, por los grandes momentos que les brindó, "sobre todo con Carlos, Josete y Luis".

Nació en un sofá de la Sala de los Cartones de Goya, en el Museo del Prado, e inició su andadura desde abajo, desde muy abajo, como botones, como ascensorista, como portero de fútbol, como boxeador, pero le tiraba la cosa del espectáculo, el claqué, la danza.

Y su querencia le llevó a ser un bulto al fondo del escenario en los espectáculos de Pastora Imperio; todo un "boy", en los de Celia Gámez; bailaor y cantante en la compañía de Lola Flores y Manolo Caracol; o extra en 45 películas.

Hasta que comenzó a despuntar en papeles dramáticos sobre las tablas. Y de ahí a estrella del espectáculo, del teatro, el cine y la televisión, aparte de empresario de revista, autor de guiones de teatro y compositor de letra y música de "unos 500 pasadobles y canciones", como desmenuzaba en su libro de memorias, "Ésta es mi vida".

Leblanc parecía rebosar una inquietante vitalidad, a pesar de haber sufrido un terrible accidente de tráfico que lo mantuvo maltrecho durante años, y siempre contó con el saludo, si no el aplauso, de la gente.

Su popularidad fue enorme, a pesar de que, durante años, por sus problemas de salud, desapareciera de la escena. Hoy cientos de personas desde sus cuentas de las redes sociales le han despedido, muchos de ellos con palabras de consuelo para Santiago Segura, que le ofreció algunos de sus últimos papeles en la saga cinematográfica "Torrente".

Sus últimos años, más allá del reconocimiento que le ofreció la saga "Torrente", los pasó en Villaviciosa de Odón, con su mujer Isabel, sus hijos y sus nietos, y aún creía posible volver a un plató, aún soñaba con la plenitud del cómico.