Bordalás y Arbeloa | EFE
(Actualizado

"¿Veis como sí?". Con ese grito, mitad desahogo, mitad reivindicación, irrumpió José Bordalás en el vestuario del Getafe mientras sus jugadores brincaban como si acabaran de tumbar un gigante mitológico.

El club azulón colgó las imágenes de la felicidad en redes y las resumió con otra sentencia: "Palabra de papá". Y no era una bravuconada.

Lo del Santiago Bernabéu no fue un accidente ni una tarde de viento a favor: fue una victoria de pizarra, de convicción y de fe en un plan que tuvo más oficio que brillo y más orden que ruido.

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Eso sí, la obra maestra de Bordalás tocó la cima con una obra maestra, un golazo espectacular del uruguayo Martín Satriano que fue la guinda de un planteamiento que dejó al Real Madrid tocado en su pelea por el título.

"El plan salió a la perfección", resumió Bordalás en la sala de prensa, ya sereno, después del estallido del vestuario. Y no fue una frase hecha. El plan consistió en asfixiar, anular y desesperar a su rival; en envolver al Real Madrid en una tela de araña tejida durante la semana y ejecutada con disciplina casi quirúrgica.

De entrada, el once ya era una declaración de intenciones: seis hombres de perfil defensivo -Juan Iglesias, Sebastián Boselli, Domingos Duarte, Zaid Romero, Diego Rico y Kiko Femenía- y un dibujo que parecía conservador. Parecía. Porque Femenía adelantó metros para escoltar a Milla y Arambarri y, arriba, la dupla Luis Vázquez-Satriano no era un adorno, era un dúo listo para morder.

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El Getafe no esperó. Fue arriba. Presionó con fiereza en la primera parte, cuando el sistema tuvo más aire y más precisión. Satriano y Luis Vázquez activaron el acoso; detrás, Diego Rico y Juan Iglesias saltaron por los costados bien sincronizados con Milla y Arambarri, tapones de cualquier vía de escape. El Real Madrid quiso salir limpio y casi nunca pudo.

El partido derivó hacia donde lo había previsto Bordalás: balón a Vinícius. El brasileño fue la constante blanca por la izquierda, pero cada intento encontraba una ayuda. Juan Iglesias tenía siempre un respaldo: Boselli, Milla o Arambarri acudían a la cobertura.

A veces uno, a veces dos. Así se gana un duelo ante un jugador diferencial: no solo con piernas, sino con red. Juan Iglesias, multiusos del técnico, creció al abrigo del plan hasta desactivar al arma más afilada de los últimos partidos madridistas.

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Sin esa válvula, al Real Madrid le entró la prisa. En la segunda parte, el Getafe reculó unos metros -era inevitable por el agotamiento físico- y activó su versión más reconocible: resistencia organizada.

Cerrar líneas, enfriar el juego, elegir cada falta, exprimir cada pausa. Y cuando fue necesario, apareció Soria. No hubo épica desatada; hubo control del sufrimiento.

En el otro banquillo faltó respuesta. El Real Madrid insistió por la izquierda, casi siempre hacia un Vinícius vigilado. No hubo exploración sostenida del carril derecho hasta que fue tarde, con la aparición final de Carvajal.

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Tampoco soluciones interiores para desactivar a Milla y Arambarri, dueños de los tiempos incómodos del encuentro. El desenlace fue tan simple como contundente: 0-1. El Barcelona queda a cuatro puntos.

Y el Getafe, que hace no tanto miraba el descenso a un suspiro y a un Bordalás de gesto torcido por una plantilla corta, lo contempla ahora a ocho. Llegaron refuerzos, pero sobre todo volvió la certeza. La pizarra de "papá" no prometía milagros; prometía plan. Y en el Bernabéu, el plan ganó.