La reina que no sabía reír

En el Teatro Español han ocurrido tantas anécdotas que sería imposible contarlas todas. A lo largo de 450 años, este escenario ha visto sentados en sus butacas a gran parte de la realeza española. Reyes y reinas se dejaban caer por aquí para echarse unas risas o al menos intentarlo. Y decimos intentarlo, porque hubo una reina a la que le costaba mucho reír. Tanto es así que no lo hizo nunca hasta que pisó el Español.

La reina en cuestión no es otra que María Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de ese rey "tan querido" llamado Fernando VII. La pobre, muchas luces no tenía. Era lo que se suele decir una mujer de poco mundo. Por no saber no sabía ni tener hijos. Y no es broma. En la noche de bodas, le espetó a su esposo que ella misma se encargaría de escribir una carta a la cigüeña. Y repetimos. No es broma. Claro, imaginaos la gracia que le pudo hacer este comentario a Fernando VII.

¡Hasta el Papa Pío VII tuvo que interceder en este asunto! Le envió una carta a Amalia, explicándole que el sexo marital no tiene pecado alguno. Así que finalmente la joven Amalia cedió y conoció los placeres carnales. No sabemos si la reina consiguió disfrutar del acto... pero consumar, consumó.

El caso es que entre las pocas luces que tenía y alguna rareza añadida, la reina no se reía jamás. Tenía pavor a las multitudes y permanecía encerrada en casa con una continua tristeza. Pero todo cambió la noche que visitó el Teatro Español. Actuaba un actor llamado Antonio Guzmán. Y estamos seguros que el actor ganaría hoy en día el Oscar porque consiguió lo que nadie había conseguido jamás: hacer reír a la reina.

La reina vio la obra y... ¡milagro! Tuvo un ataque de risa continuado, vamos, que no podía parar de reír. El Rey estaba tan pletórico que le dijo a Antonio Guzmán que pidiera por esa boquita. Le concedería lo que quisiera. Y el actor decidió que el mejor regalo que podía hacerle el monarca era que la obra renovara una temporada más. Dicho y hecho. Su deseo fue concedido.

El final de la joven Amalia no fue muy feliz. Falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio de Aranjuez sin dejar descendencia. Sus restos descansan en el Panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, pues el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.

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