Valor, temple y arrogancia de Daniel Luque, que corta una oreja

sociedad

| 08.06.2012 - 18:36 h
REDACCIÓN

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Una oreja cortó Daniel Luque en Las Ventas por una faena fundamentada en el valor, una extraordinaria firmeza y seguridad, y en la que hubo también mucho temple y arrogancia, todo ello con la colaboración de un buen toro, y al tiempo el hándicap del viento.

FICHA DEL FESTEJO.- Toros del Puerto de San Lorenzo, desiguales de todo, con tres y tres, aunque lo que se dice bueno sólo hubo uno, el tercero, que así y todo no tuvo final; "se dejó" el primero a pesar de faltarle un tranco en la embestida; el sexto se movió pero sosito, sin decir nada. Aplaudido el primero y ovacionado el tercero. En el otro extremo, el lote del Cid, segundo y cuarto, sin posibilidades; como el marrajo quinto.

Manuel Jesús "El Cid": buena estocada (silencio); y media y descabello (pitos).

Daniel Luque: estocada (oreja); y estocada caída (ovación).

Tomás Dufau, que confirmaba la alternativa: estocada algo trasera (ovación tras aviso); y dos pinchazos y estocada baja (silencio).

La plaza tuvo dos tercios de entrada en tarde ventosa.

ROTUNDO DANIEL LUQUE

El triunfo de Luque ha sido rotundo, muy convincente, por el equilibrio y la armonía que ha tenido la faena en todos los frentes, por la frescura de su toreo. Y con un fuerte viento en contra que hubiera hecho desistir a cualquiera.

Viento permanente en toda la tarde, pero que sopló aún más fuerte en lo que duró la lidia de ese tercer toro, al que ya de salida le enjaretó lances de mucha enjundia, ganándole terreno y meciéndose, lo que Belmonte dijo un día que había que hacer para torear bien, olvidándose del cuerpo.

Hubo más en el primer tercio. Dos quites, dos, a la salida de cada puyazo. Elegante y parsimonioso en el primero, y con temple y arrebato en el siguiente. Luque se ha hecho un excelente capotero, y a las pruebas hay que remitirse.

A todo esto, el toro, muy cuidado en varas, llegó con mucha viveza a la muleta, con la que Luque se puso a torear sin probaturas previas. Directamente por la derecha, citando en la media distancia.

El animal se venía pronto, por abajo y repitiendo, mientras el hombre le esperaba antes de engancharle en un recorrido lento y emotivo y despedirle por fin en el sitio justo donde la pieza se hacía irremisiblemente compacta por la ligazón.

Así, con dos, tres y cuatro muletazos antes de rematar unas veces con el de pecho, o el molinete sobre la marcha, y en la misma composición siempre el de pecho, cuando no también alguna alegría como la trinchera o un pase con desmayo.

Por supuesto todos muy obligados por el punto de fiereza, la bravura del toro. Clara imagen del toreo de poder a poder.

Al natural se despatarró Luque para seguir llevándole muy largo en muletazos de trazo firme y sentido, de un temple algo extraordinario.

Gran toro hasta ahí, pues le faltaría final, por lo que Luque aprovechó para taparle la huida a tablas con cuatro "cositas" de mucho gusto y cierto relieve antes de que su obra fuera a menos, evitando también un mal trago al ganadero después de tan buenas embestidas como había regalado el astado.

Del viento ya no se acordaba nadie, aunque seguía allí. Tal era la entrega de Luque y el entusiasmo que despertó. Por eso, cuando entró la espada, el pañuelo del presidente asomó enseguida. Luque paseó la oreja concedida con más rapidez en lo que va de año en Madrid. Trofeo de mucho peso.

Sin embargo, no pudo redondear su tarde en el quinto. Un manso con muy malas intenciones, pendiente sólo de irse a chiqueros, donde se quiso hacer fuerte. Y por si faltaba, la dificultad añadida del viento. Aquí estuvo Luque queriendo mucho, y aún sin armar faena resolvió muy bien la situación.

No tuvo tela para cortar "El Cid", con un lote imposible, cortito de embestida, "metiéndose" y sosote, su primero. El otro, manso y con genio, calamocheando, no tuvo un pase por ningún pitón. El hombre se arrugó de ánimo, hasta cierto punto lógico.

El confirmante francés Dufau solventó la papeleta en el toro de la ceremonia con mucha dignidad, perjudicado asimismo por el viento. Y al sexto, que fue muy cambiante, unas veces moviéndose, otras saliendo distraído, le pegó pases pero sin dejar poso.