Histórica Tomatina

La edición de este año ha estado marcada por el elevado número de participantes, a los que no ha importado demasiado la ola de calor que vive la Comunidad Valenciana, y que han "invadido" esta localidad desde primera hora de la mañana. Muchos de ellos incluso han "velado armas" al raso en algún parque de la localidad o en el interior de los coches para colocarse lo más cerca posible de los tomates, y ha habido hasta quienes han salido de sus sacos de dormir, situados a escasos metros del recorrido de la Tomatina, apenas una hora antes del inicio.

Como es habitual, la fiesta empezó horas antes, con las ya tradicionales parrilladas en plena calle, el lanzamiento de cubos de agua desde los balcones, el palo embadurnado de jabón por el que hay que trepar para conseguir un jamón, y la guerra de camisetas mojadas, una práctica prohibida expresamente por su peligrosidad pero que ya se ha convertido en un clásico de esta jornada. También lo son los disfraces, aunque con los años crece la dificultad para ser original, y triunfan los clásicos como los de bombero, tomate, los cascos-sandía o las gafas de Elvis.

Sin embargo, cualquier esfuerzo por buscar el complemento más impactante queda reducido a la mínima expresión al paso de los volquetes cargados de tomate. Bastan unos segundos para que todo el mundo quede cubierto de rojo de pies a cabeza y en unos instantes el "puré" de tomate llega a la rodilla en algunos tramos. Las oleadas, empujones y atascos previos a la llegada de los tomates dejan paso a la batalla en sí, la "guerra" de la que resulta imposible huir sin mancha y que tiñe de rojo el centro de Buñol.

Si admirable es la naturalidad con la que los participantes se suman a este ejercicio de locura colectiva, no menos impactante resulta la eficiencia con la que los vecinos de esta localidad limpian sus calles y fachadas al finalizar la Tomatina. Mangueras y cubos asoman por cada ventana para facilitar la limpieza de los participantes, mientras los imbornales aprovechan al máximo su capacidad para desalojar los "ríos" de zumo de tomate que corren prácticamente en cada esquina del centro de Buñol.