Oreja para Álvaro Lorenzo y firmeza de Fortes ante una mansada de Alcurrecén

Morante y Manzanares firman dos obras antológicas en Illescas (Toledo)

Más flashes que toreo en el reencuentro de los hijos de 'El Cordobés'

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cultura

| 12.03.2017 - 19:25 h
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El joven diestro toledano Álvaro Lorenzo, que cortó una oreja al único toro potable del encierro, y el malagueño Fortes, firme y serio toda la tarde, lograron lo más destacado ante los mansos ejemplares de Alcurrucen lidiados hoy en Valencia.

FICHA DEL FESTEJO:

Seis toros de Alcurrucén, muy desiguales de volumen, trapío y hechuras y, en general, de juego manso y descastado, desde los rajados y aquerenciados a los que se defendieron con temperamento. Sólo el sexto, aunque sin mucho fondo, embistió con verdadera entrega y nobleza.

Juan Bautista, de verde hoja y oro: estocada recibiendo (ovación); estocada trasera (silencio).

Fortes, de azul marino y plata: pinchazo y estocada delantera (ovación); estocada tendida trasera y estocada tendida (silencio tras aviso).

Álvaro Lorenzo, de azul rey y oro: estocada desprendida y dos descabellos (silencio); estocada delantera tendida y estocada (oreja).

Segundo festejo de abono de la feria de Fallas, con algo menos de un tercio de entrada en los tendidos.

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OREJA EN EL DESCUENTO

Hasta que salió el sexto, la tarde era una pasarela de mansos. Uno tras otro, cada cual con muy distintas hechuras y seriedad, iban saliendo los de Alcurrucén para dejar ver, en distintas versiones, su condición de animales descastados.

Los hubo rajados desde la salida que acabaron yéndose sin recato a la puerta de chiqueros, también los que se pararon o toparon sin clase alguna los engaños, e incluso los que sacaron un reservado temperamento que sacaban para defenderse cuando se les solicitaba el esfuerzo de embestir.

Y así hasta cinco, para que, ya casi en el "tiempo de descuento", ese sexto pusiera de una vez el punto mínimo de entrega y nobleza en el ataque que permite ver el toreo más lucido y armónico y que, en este caso, llevó la firma de Álvaro Lorenzo.

El joven toledano ya le cuajó un buen saludo a la verónica, ganándole terreno hasta los medios y llevándole bien embarcado en las bambas del capote, antes de que el astado, también como excepción a la norma de la corrida, se arrancara con alegría al picador y empujara con celo en el peto.

Lorenzo le planteó la faena siempre en los medios de la plaza, donde le llevó templado en muletazos de largo trazo que el toro tomó con buen ritmo, casi al paso, y hasta el final de los viajes.

La única mácula para que hubiera sido completo es que, por momentos y más en un terreno tan abierto, al animal le faltó un fondo mayor para repetir tan buenas embestidas.

Con todo, por limpieza, facilidad y temple, propició la faena más completa y lucida de la tarde, y por eso, y pese a una estocada defectuosa antes de la definitiva, el público pidió para ella el único premio concedido por la presidencia.

Antes de ese final feliz, el mismo Lorenzo había evidenciado su falta de mayores recursos lidiadores ante el rajado y violento tercero, que se hizo fuerte en la querencia de tablas, mientras que el francés Juan Bautista se desenvolvió con oficio pero sin gran compromiso ante un lote desclasado con el que lució únicamente en una estocada en la suerte de recibir.

Pero lo de más interés y mérito de esos cinco primeros capítulos llegó de la mano y de la seria firmeza del malagueño Fortes, que fue capaz de templar, asentarse y pasarse siempre muy cerca y con mucha verdad los arreones de manso de los dos de su lote.

Al segundo de la tarde le aguantó con absoluta serenidad las primeras embestidas desordenadas, para acabar haciéndose con él y llegar incluso a enroscárselo varias veces a la cintura, en una labor que hubiese tenido premio de no haber pinchado al primer intento.

El quinto fue otro toro descastado y aparentemente afligido cuando Fortes se le imponía, aunque se guardaba un traicionero genio que sacaba cuando el torero más se confiaba.

Aun así, el valiente diestro de Málaga estuvo tan firme con él como con el anterior, pero sin que el público, a tarde ya vencida, le valorara siquiera los escalofriantes estatuarios con que cerró su labor.

MORANTE Y MANZANARES FIRMAN DOS OBRAS ANTOLÓGICAS EN ILLESCAS

El diestro José Antonio "Morante de la Puebla" firmó en Illescas (Toledo) una obra antológica ante su primer toro, al que cortó las dos orejas, en una tarde en la que triunfó también José María Manzanares tras indultar al sexto de corrida.

FICHA DEL FESTEJO.- Toros de José Vázquez, el quinto como sobrero, bien presentados y de variado comportamiento. Destacó el segundo, de nombre "Africano", número 68, premiado con la vuelta al ruedo, y, sobre todo, "Fusilero", 98, que fue indultado. Noble y manejable, el primero; mansito pero dejándose, el tercero; deslucido el cuarto; y el quinto fue un manso imposible.

Pepe Luis Vázquez, de grosella y azabache: estocada desprendida (vuelta al ruedo); y casi entera muy defectuosa (ovación).

José Antonio "Morante de la Puebla", de catafalco y oro: pinchazo y estocada desprendida (dos orejas); y tres pinchazos, otro hondo, media muy atravesada y descabello (pitos tras aviso).

José María Manzanares, de azul noche y oro: pinchazo hondo recibiendo y bajonazo (oreja); y simuló la suerte de matar tras el indulto (dos orejas y rabo simbólicas)

La plaza registró lleno de "no hay billetes" en los tendidos.

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BORRACHERA DE TOREO CARO

La localidad toledana de Illescas volvió a acoger un año más un cartel de altos vuelos para abrir su temporada taurina. En esta ocasión, para dar a la luz a su primera Feria del Milagro, nombre con el que el empresario Maximino Pérez ha bautizado un ciclo que, con el éxito cosechado, sentará un antes y un después de campañas venideras.

Hubo triunfo en taquilla -con el cartel de "no hay billetes" puesto desde varias horas antes del festejo- y, sobre todo, en el ruedo, con un Morante espléndido en todos los órdenes en su primero y un Manzanares perfecto también en el sexto, al que acabó indultando entre el clamor del gentío, premio,no obstante, a todas luces excesivo.

Completaba el cartel el veterano Pepe Luis Vázquez, hijo de una de las más grandes figuras que ha habido en la historia de toreo, que regresaba tras cinco años sin enfundarse el terno de luces, y que simplemente cumplió el trámite.

Morante paró el reloj del tiempo con el farol y las cinco verónicas con las que recibió a su primero. Qué manera de acunar al toro en los vuelos del percal, como si le susurrara una nana al oído para lograr una comunión perfecta entre hombre y animal. De maravilla. Y qué decir del quite posterior de igual guisa. Sublime.

Qué belleza también en el inicio con la muleta. Qué despacio lo hizo todo. Toreo a cámara lenta, casi de salón, con un gusto, un abandono y una torería inenarrable.

Qué manera de torear, y de emocionar. Morante en estado puro. Y a todo esto el toro también colaboró lo suyo. El ideal para su toreo. Dos orejas sin discusión, y vuelta al ruedo para el astado en el arrastre.

En el quinto bis, sin embargo, no pudo ser. Fue éste un toro manso, huidizo, sin apenas fuerzas, de los incómodos de verdad. El típico al que Morante no suele querer ni ver. Como así fue.

El primero de Manzanares, mansito y a la defensiva, sin embargo, fue suficiente para que el alicantino, a base de temple y paciencia, consiguiera sacarle todo el jugo, y construir así una faena de altas cotas de elegancia y plasticidad en la interpretación, aunque, como no podía ser de otra forma, faltara unidad y ajuste.

En el sexto salió a por todas Manzanares. Precioso toreo de capa tanto en las verónicas de recibo como en un posterior quite por chicuelinas. Muleta en mano llevó a cabo el alicantino una faena de lo más exquisita por lo bonito y lo templado que lo hizo todo, recreándose el torero tanto en lo fundamental como en lo accesorio, y, lo más importante, haciendo disfrutar también al personal.

Obra compacta y rotunda, tanto por el derecho como por el izquierdo, y siempre a más, a mucho más. Sin duda, la mejor versión de Manzanares, la misma que prendió Madrid el año pasado por San Isidro. Borrachera de toreo caro.

El fin de fiesta acabó en indulto, quede dicho que premio desmedido, pero fue el mejor corolario a una gran tarde de toros.

A Pepe Luis Vázquez le pesaron los años de inactividad. Se le vio sin confianza tanto con el primero como con el cuarto, a los que, dicho sea de paso, mandó masacrar en varas. Y si con el que abrió plaza dejó algún fogonazo suelto de su clásico concepto del toreo, con el otro, en cambio, no pudo.

MÁS FLASHES QUE TOREO EN EL REENCUENTRO DE LOS HIJOS DE "EL CORDOBÉS"

La expectación mediática y el morbo por el reencuentro de los dos hijos toreros de Manuel Benítez 'El Cordobés' rebasaron la discreta dimensión taurina de un acontecimiento que logró llenar la plaza, pero en el que se echó de menos al veterano diestro de Palma del Río.

Se lidiaron seis toros de Las Monjas, dos de ellos reglamentariamente despuntados para rejones. El primero resultó aquerenciado y flojo. Noble y con clase el segundo; templado el tercero; potable el cuarto; más descompuesto y rebrincado el quinto y noble y flojo el sexto.

El rejoneador Diego Ventura, oreja y dos orejas

Manuel Díaz 'El Cordobés', de azul de Prusia y oro, dos orejas y dos orejas.

Julio Benítez 'El Cordobés', de marino y oro, dos orejas y oreja

La plaza se llenó hasta la bandera en tarde primaveral, soleada y muy calurosa. Se puso el cartel de 'no hay billetes'.

La expectación mediática había desbordado todas las previsiones de la empresa organizadora. El reencuentro de los hijos toreros de El Cordobés alimentaba un morbo evidente que se ha reavivado con el reconocimiento de la paternidad de Manuel Díaz por parte del mítico diestro de Palma del Río.

El lleno estaba asegurado, pero toda la atención estaba en atisbar la presencia del veterano 'ciclón' de los años 60. Manuel Benítez había hecho llegar a su hijo Manuel la intención de reencontrarse delante de las cámaras días antes de la corrida, pero Díaz declinó la invitación.

El hijo reconocido prefería un encuentro privado, sin la presencia de la prensa, que aún no se ha producido. Y el impresionante despliegue mediático de esta tarde, más allá del reencuentro taurino de los hermanos, buscaba ese momento único que seguirá haciéndose esperar.

A la hora del paseíllo no cabía un alfiler. El coso de Morón, inaugurado por el propio Manuel Benítez en 2001, se llenó hasta la bandera para presenciar el acontecimiento.

A falta de rostros conocidos -se apunta el nombre de Cayetano Rivera, el cantaor Nano de Jerez o la esposa y los hijos de Manuel Díaz- los tendidos se llenaron de un público popular entre el que no faltaban soldados norteamericanos de la cercana base militar.

No podía ser de otra manera: el pasodoble 'El Cordobés', del maestro Villacañas, abrió el paseíllo y trajo aires de otro tiempo al moderno y funcional coso de la localidad sevillana, que el pasado año reabrió sus puertas después siete años de clausura.

El presidente sacó el pañuelo con algunos minutos de retraso sobre la hora prevista, pero la salida de los toreros se demoró algunos más.

Un auténtico dique de fotógrafos entorpeció el paseíllo, reconvertido en tropel. No hubo gestos de complicidad entre los hermanos al hacerse presentes en la puerta de cuadrillas. Tampoco se materializó la ansiada llegada de su padre.

Manuel y Julio sí charlaban animadamente antes de la salida del segundo, primero de lidia ordinaria, un retinto de bonitas hechuras que no permitió a Manuel Díaz lancear a gusto.

El toro, sin fuerza, sí hizo cosas buenas en la lidia pero su matador, periférico y superficial, no acertó a acoplarse al excelente aire del animal.

Su labor, larguísima, sólo logró interesar cuando tiró de efectos especiales. La estocada, de rápidos efectos, animó al público a pedir las dos orejas que el presidente no tardó en conceder.

A Manuel Díaz le quedaba un quinto, brindado a su familia, con el que tiró de repertorio sin decidirse a apostar por completo. Los muletazos, muy despegados, se sucedieron sin que aquello trascendiera lo más mínimo, pero el guión ya estaba marcado y volvieron a llover las orejas que paseó rodeado de niños.

El tercero, castaño y terciadito, correspondía a Julio Benítez que no pasó de discreto en el manejo del percal. El menor de los hijos de El Cordobés comenzó su trasteo de rodillas pero no terminó de confiarse por completo, a pesar de la templada embestida que le ofrecía el toro de Las Monjas. Las dos orejas, cortadas a favor de ambiente, terminaron de marcar el signo de la corrida.

Sólo restaba el sexto, que propició el momento culminante de la tarde. Julio brindó a Manuel arrancando una fortísima ovación. Pero había que volver a la cara del toro, un animal desangrado en el caballo al que toreó con cierta templanza y no pocas lagunas. No faltó el salto de la rana y hasta una cogida de la que salió con la ropa destrozada.

El toro, definitivamente desinflado, complicó las cosas a la hora de entrar a matar. Pero a esas alturas ya no importaba y volvió a caer una tercera oreja. El objetivo al fin y al cabo era ver salir a los dos hermanos juntos y por la puerta grande y se consiguió con creces.

Abrió plaza el rejoneador Diego Ventura, que brindó el primero a sus compañeros de a pie. El jinete de la Puebla del Río se mostró sobrado, preciso y sobre todo por encima del aquerenciado ejemplar que abrió la tarde.

Con el cuarto repitió los mismos resortes técnicos hasta cuajarlo por completo en una faena intensa que fue, con mucho, lo mejor de una tarde que tuvo un hilo argumental muy alejado de lo taurino.