Las 200 joyas relojeras del Palacio Real

El palacio real alberga una de las colecciones de relojes más valiosas de Europa. La mayoría fabricados durante el siglo 18 por los más importantes relojeros ingleses, franceses, suizos y españoles.

Más de 200 piezas, encargadas por los monarcas españoles que, desde Isabel la Católica, han mostrado su afición por los relojes, convertidos hoy, en auténticas obras de arte.

La Casa de Austria siempre manifestó interés por los relojes, sobre todo a partir de Carlos V y Felipe II, cuando creció la afición por estos objetos mecánicos y científicos. Felipe II reunió en el Alcázar madrileño varios relojes, de los que se conserva uno en forma de candil fabricado en Madrid en 1583 por el maestro bruselés Hans de Evalo, la obra más antigua conservada en la colección.

Los reyes de la Casa de Austria enriquecieron la colección sobre todo con relojes procedentes de Alemania, pero casi todos ellos perecieron en el incendio del Alcázar. Felipe V, primer monarca de la dinastía borbónica, demostró desde su llegada a España un gran interés por estos objetos, primando aquellos de fabricación y procedencia inglesa.

A su hijo Fernando VI le gustaban más los pequeños relojes de coleccionismo. Aún así se rodeó de magníficas obras de origen inglés construidas por John Ellicott y George Graham, al tiempo que impulsó la formación de algunos relojeros españoles perfeccionando sus estudios en el extranjero. Durante su reinado llegaron a España los primeros relojes suizos con autómatas, caprichos que deleitaron sus últimos días, como el conocido como El Pastor fabricado por Pierre Jaquet-Droz.

Su hermano Carlos III intentó establecer una escuela de relojería en la Corte. Promovió y apoyó a los hermanos Charost, relojeros franceses, en la apertura de una escuela-fábrica de relojería en Madrid que perfeccionara la técnica aprendida por los españoles. El objetivo era la fabricación de máquinas que pudieran competir con la industria francesa y abaratar costes en una economía cada vez más pertrecha.

Carlos IV se sintió atraído desde su juventud por los relojes, e incluso dispuso en palacio de su propio taller, donde creó y reparó maquinarias.