30 Minutos: "Gente de doble vida"

Nacho Aparicio, del grupo Pink Tones
Nacho Aparicio, del grupo Pink Tones |Telemadrid

Tener una doble vida no necesariamente implica mantener una actitud inmoral o clandestina; las personas con “doble vocación”, por ejemplo, tienen dividido su corazón y su tiempo con dobles profesiones en apariencia incompatibles pero que, en la práctica, se complementan perfectamente: enfermeras que también son actrices profesionales; taxistas que trabajan como astrónomos; toreros que se ganan la vida como mecánicos; músicos que son ingenieros de telecomunicaciones; alpinistas empresarios; o, ¿por qué no?, sacerdotes que son pilotos de avión.

Todos ellos son los protagonistas del reportaje de Treinta Minutos titulado “Gente de doble vida”, personas que hacen malabarismos con su jornada laboral para atender las dos ocupaciones profesionales que llenan sus vidas.

Nacho Aparicio es ingeniero técnico en telecomunicaciones; el mantenimiento de aparatos de precisión y la electrónica son el universo donde se siente más a gusto y lo que le da de comer. Pero ese universo es perfectamente compatible con su faceta de músico teclista de los Pink Tones, un grupo tributo que interpreta versiones de Pink Floyd.

Teniendo en cuenta que Pink Tones es un grupo profesional que realiza extensas giras por España, no es fácil para Nacho encontrar tiempo para ensayar, comprar instrumentos de época y salir de gira. El esfuerzo le compensa con creces.

El Padre Anselmo es un sacerdote alemán afincado en España que combina perfectamente su vocación y su dedicación al servicio de sus feligreses con la otra gran pasión de su vida: volar. Es piloto de avión. Cuando estaba destinado en Polonia aprendió a pilotar y desde entonces no ha dejado de perfeccionar su destreza como aviador; según él, el momento más peligrosos del vuelo es “el trayecto en coche desde la parroquia hasta el aeródromo”. Confía plenamente en la seguridad de la aviación.

Su gran ilusión sería que sus superiores le autorizaran a evangelizar zonas aisladas en países mal comunicados por carretera; lo haría como mejor sabe: con la Biblia en la mano y pilotando su propia avioneta.

Cruz López Cordón es enfermera; cuando cumplió cuarenta años, con sus hijos ya independizados, decidió emprender su segunda vocación: meterse en una escuela de arte dramático para ser actriz.

La cosa funcionó; tenía talento, y empezaron a salirle pequeñas intervenciones en series de televisión, obras de teatro y papeles de secundaria en películas. Pero Cruz no ha querido dejar de lado su primera vocación: de día trabaja en la enfermería entre inyecciones, vendajes y escayolas; por la tarde se sube a un escenario y se convierte en el personaje de turno.

Pablo Velasco no podría ser empresario y alpinista profesional si no fuera gracias a su hermano; junto a él tiene una importante empresa de Artes Gráficas. Gracias a la cobertura de su hermano, Pablo planifica su calendario laboral anual en función de los ascensos a cumbres como el Mont Blanc, el Cervino, el Monte Kenia o el Kilimanjaro, montañas que no guardan ya secretos para él. Pablo asegura que ha incorporado determinados conceptos del alpinismo en su propio negocio, como la estrategia, la planificación y la concentración; con éxito, por supuesto.

Juan Alarcón se gana la vida como taxista; de día. De noche, en cuanto el cielo se cubre de estrellas, se dedica a su otra gran pasión: la astronomía. De hecho, coordina la Agrupación Astronómica Madrileña, y tiene decenas de socios a su cargo. Organiza salidas guiadas y cursos y dedica buena parte de su propio presupuesto a mejorar el material con el que escruta el cielo.

Mecánico y torero. Así responde Manuel Rodríguez a quien le pregunta a qué se dedica en la vida. Los coches le entusiasman: los conoce y los arregla a las mil maravillas. Pero Manuel también lleva el mundo del toro en las venas y no ha querido quedarse al margen de la plaza. Gracias a la creación e la figura de los “prácticos taurinos”, Manuel ha podido torear en numerosos festivales perfeccionado su arte.

Nadie diría mirando las cazadoras de cuero y las gafas de sol de Guillermo Tabuchi y de José Cervera, moteros insignes del club Chapter de Harley Davison, que el primero es herrador de caballos y el segundo es un gestor de una empresa de inserción laboral de discapacitados. Sus clientes y sus proveedores se extrañan cuando acuden a las citas de trabajo ejerciendo de moteros, pero ambos no se resignan a prescindir de la que consideran su principal seña de identidad y su modo de vida.