Un Nadal, mermado, cae en Melbourne ante Ferrer, que disputará la semifinal con Murray

Rafael Nadal se despidió en los cuartos de final del Abierto de Australia al ser derrotado por el también español David Ferrer (6-4, 6-2 y 6-3), que jugará las semifinales del primer Grand Slam ante el galés Andy Murray.

El sueño de Nadal de convertirse en el tercer jugador de la historia en lograr los cuatro grandes consecutivos, después del australiano Rod Laver y del estadounidense Bill Tilden, que lo hicieron en una misma temporada, se empezó a desvanecer tras los primeros juegos.

Víctima de la fortaleza y solidez de su adversario y condicionado por unas molestias físicas en los músculos isquiotibiales de la pierna izquierda, Nadal no se retiró, como hace un año, cuando en este mismo tramo del torneo abandonó ante Murray dolorido en la rodilla derecha, pero dio la sensación de que en cualquier momento, víctima otra vez de las penurias físicas, podría enfilar el camino del vestuario sin echar el cierre al duelo.

No lo hizo el número uno del mundo. Puede que por consideración a su propio adversario. Pero seguro que ganas no faltaron.

Tras los tres primeros juegos, eternos, de dura lucha, con David Ferrer ante un nivel increíble, Nadal solicitó el tiempo médico y se marchó al vestuario a ser atendido. Su cara lo delataba todo. Buscaba a su tío Toni Nadal y al equipo en el habitáculo de la grada mientras un vendaje en el muslo izquierdo delataba la dolencia.

Nada fue igual para Nadal entonces. Mantuvo el tipo en el set. Incluso dio la sensación de recuperación cuando equilibró una desventaja de 4-1. Pero Ferrer se apuntó el set.

En cada intercambio, el médico de pista acudía al banco del balear, que tenía la cabeza en otro sitio. Mientras, David Ferrer, que solo había vencido a su rival en tres de las catorce ocasiones en las que se habían enfrentado, pero una de ellas en la única vez que se enfrentaron en un Grand Slam, el Abierto de Estados Unidos 2007, tomó carrerilla ante una ocasión única, sin igual.

Sobrado físicamente, la condición de la que careció Nadal, Ferrer empezó a manejar a su adversario, con tiros combinados, de lado a lado, para acentuar su esfuerzo. Le resultó fácil la conquista del segundo set (6-2) y tomó carrerilla en el tercero, con una rotura de entrada.

Dio la sensación Nadal de dejarse ir. Se mantuvo en pie, pero derrotado, presa de la impotencia y el dolor. A expensas de un adversario crecido, que en el Día de Australia avanzó a las semifinales de un grande por segunda vez en su carrera. La primera en Melbourne.