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Y los niños, niños son...

01.07.2011 | 0 Comentarios
Madre yihad

Observen a esta anciana. Es yemení. Se trata de la abuela materna de Dean, el protagonista del último reportaje de Treinta Minutos, “Viaje al corazón de la Yihad”. Dean, un joven musulmán afincado en el Reino Unido que viaja a Yemen por primera vez para conocer a su familia de origen, experimenta un auténtico shock cuando escucha de labios de su propia abuela que ésta, cuando era una niña de apenas nueve años, fue obligada a casarse con un hombre adulto. En Yemen, al igual que en otros muchos países del mundo como India, Chechenia o Pakistán (por poner sólo tres ejemplos) los matrimonios infantiles son, desgraciadamente, cosa habitual.

Miramos hacia el lejano Este desde Occidente y nos escandaliza esta barbaridad yemení; y está bien que así sea porque, verdaderamente, los matrimonios infantiles son una iniquidad como pocas: infancias interrumpidas, inocencias asesinadas por intereses económicos de las familias, que venden a sus hijas por cuatro riales. Sin embargo, en este post de hoy les propongo que redirijamos también una mirada crítica hacia nuestra encantadora Europa. Y es que aquí, en el Viejo Continente, como tenemos la certeza de que nuestros hijos están felizmente a salvo de las tropelías como el matrimonio infantil, descansamos tranquilos. Demasiado tranquilos, diría yo. Pero me pregunto si la infancia, el concepto de infancia, no se encuentra en entredicho por otras formas más sutiles, más subrepticias, pero no menos inicuas, de amenaza.

En Occidente creemos tener a la infancia razonablemente blindada contra hipotéticas agresiones y vulneraciones de derechos: tenemos leyes, y Agencias, y Códigos Deontológicos, y Reglamentos y Regulaciones, y Defensores del Menor, y Ministerios, y Planes Educativos, y Directivas; y tenemos bien cerquita las oficinas de UNICEF, y tenemos Asociaciones de Padres y de Educadores, y hasta tenemos una teórica franja horaria de protección infantil. Tenemos muchas herramientas, cierto. No obstante, mucho me temo que a pesar de todas estas herramientas preventivas, poquito a poco, como a la chita callando, se ha ido infiltrando en nuestra sociedad occidental una especie de virus letal, maldito, que compromete no ya los derechos de tal o cual niño o niña concretos, de Martita, de Marcos, de Mónica o de Juanito, sino que pone en riesgo el propio concepto de infancia, su consideración abstracta.

Dicho de otro modo: creo sinceramente que en nuestra sociedad los niños lo tienen cada vez más difícil para transitar el camino que parte desde la infancia hasta la edad adulta. Es como si ese camino se hubiera ido transformando progresivamente en una carrera de obstáculos que debe saltarse pronto y mal.

Mirando de reojo hacia los medios de comunicación, los dibujos animados, los telediarios, los tebeos, los juguetes, la publicidad, los teléfonos móviles, los videojuegos, la literatura, las redes sociales, la música de consumo… da la sensación de que el territorio de la infancia, es decir, la patria de las tierras benditas de la sana ingenuidad, la naturalidad, la inocencia, la espontaneidad, la fantasía, la sonrisa sin dobles intenciones, se hallan cada vez cada vez más proscrita, más mermada, más replegada. A juzgar por algunos de los rasgos del sistema de valores imperante, pareciera a veces que la infancia fuera como un trámite incómodo que los niños debieran culminar cuanto antes, por inútil, por incómodo, por inservible, por  vetusto. ¡Por vetusto!

Pero ocurre una cosa muy curiosa: habiendo proscrito la infancia como patria universal de la Humanidad, sin embargo, los adultos de hoy día hacemos cada vez más niñerías (“niñerías” en el mal sentido del término: somos más caprichosos, egoístas, quisquillosos, irresponsables, e imprudentes que nunca); me temo que los adultos occidentales hemos devenido en eternos adolescentes que se niegan a crecer y a madurar. Y he aquí la paradoja: el adulto europeo se despoja con premura del niño que fue, como si de una piel de ofidio se tratase, y muda su apariencia para transformarse en un adolescente que pretende seguir siéndolo hasta la muerte.

Y, entretanto, los niños que todavía lo son observan estas mutaciones de los adultos, de sus padres, de sus hermanos, de sus héroes y  modelos catódicos, con ojos como platos; “después de todo”, pensarán los niños viendo nuestro ejemplo, “no está mal eso de ser adulto; al fin y al cabo, los adultos corretean por el mundo ligeros como plumas, sin el peso de la responsabilidad ni la presión del deber ser que a nosotros tanto nos agobia”.

Perdónenme si me pongo estupendo, pero es que el asunto es grave; tanto que en ocasiones pienso que los adultos, los padres, nos merecemos que un Hermano Mayor (ojo: no un Gran Hermano, no nos confundamos) nos de un tirón de orejas, nos deje sin cenar, sin ver la tele y sin paga semanal para las chuches durante una temporadita, a ver si nos concienciamos de una vez. ¡Parece mentira que no nos enteremos! Y es que los adultos, al margen de que ser un poquito lelos (lo siento por la parte que les toca a ustedes, queridos lectores) somos también algo cortos de miras y tenemos una memoria preocupantemente selectiva: la protección y la preservación de de la infancia, como valor en sí mismo, como abstracción, como bien, debe ser una máxima prioridad, como lo es preservar las catedrales, el Amazonas o Las Meninas.

La infancia es sagrada: independientemente de lo que digan las monsergas relativistas y lo que dicten los condicionamientos socioculturales.
Esto es así, porque la infancia, nuestra propia infancia, es un equipaje que, como seres humanos, nos acompañará durante toda nuestra vida. Lo queramos o no, somos y seremos los niños que fuimos: nuestros recuerdos y nuestro aprendizaje como niños tejen la delicada red de nuestra personalidad y nuestra sensibilidad ante los problemas de los otros.

Aunque lo hayamos olvidado, los adultos podemos y debemos seguir siendo eternos niños–no adolescentes, cuidado, que es cosa bien distinta- hasta el día de nuestra muerte; pero este deber, no nos equivoquemos, es una gran responsabilidad que consiste no en la reivindicación del infantilismo, desde luego, sino en la recuperación de una cierta mirada que perdimos, de una percepción de las cosas, del los seres, de la existencia, que teníamos cuando niños: entonces el mundo entero era nuevo; el tiempo, eterno; y la verdad, verdad.

Nosotros, los de entonces, podemos seguir siendo los mismos.

Que todos hemos sido niños, y los niños, niños son.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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