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Universos paralelos

19.09.2011 | 0 Comentarios
Dieta mortal, en 30 Minutos

Nuestro frame de hoy es una página web; una de tantas webs que hablan de la anorexia y la bulimia no como lo que son, gravísimos trastornos alimentarios y mentales con consecuencias fatales para quienes los padecen, sino como supuestos estilos de vida libremente elegidos por quienes los practican. Nos referimos a las web que, amparándose en la libertad de expresión, promueven despreocupadamente la anorexia y la bulimia como alternativas vitales y no como patologías mortales. Espeluznante: el mundo al revés. La cosa resulta aún más siniestra si tenemos en cuenta que, sólo en el último año, este tipo de sitios de Internet ha experimentado en España un crecimiento del 400 por cien.

Ante esta realidad perversa podemos rasgarnos las vestiduras y preguntarnos cómo es posible este disparate generalizado; podemos denunciar ante las asociaciones de internautas o ante la policía, e incluso exigir a las autoridades cambios en la legislación que terminen con este vacío jurídico. Todo eso estará bien, porque es de sentido común hacerlo; además, es nuestro derecho y nuestro deber como padres y como ciudadanos que no se realice impunemente en internet una apología constante del disparate, sobre todo cuando ese disparate termina desgraciadamente en la muerte.

Sin embargo, creo que después de esto, después del escándalo y del ruido, debemos ir más allá: debemos indagar en las causas que propician que los disparates se racionalicen, tomen forma corpórea y se expandan como virus letales.

El mal es infeccioso, como ustedes bien saben. El mal: ya sea considerado como entidad metafísica, como propensión de la naturaleza al caos o como manifestación de nuestros instintos inconscientes más primarios, lo cierto es que seduce con mentiras que parecen verdades, se alía con nuestras debilidades más oscuras para entrar por la puerta de atrás de nuestras conciencias y se apodera de nuestro entendimiento hasta confundirle y volverle del revés, igual que un calcetín. Esto es exactamente lo que pasa con las páginas pro-anorexia y pro-bulimia. Sucede así que algunas adolescentes y jóvenes que padecen esos trastornos acaban negando la mayor: no se perciben a sí mismas como enfermas, ya sea por distorsión en la percepción de su propio cuerpo o por la emulación de otras enfermas precedentes (algunas de ellas actrices, cantantes y modelos conocidísimas) que elevan el control de la ingesta de comida a la categoría de malsana y blasfema religión; digo que no se perciben así mismas como enfermas pero, si nos fijamos bien, esto no es del todo cierto, porque, paralelamente a la evidencia de su trastorno, estas jóvenes se autodenominan a sí mismas con el apócope de “anas” (anoréxicas) o de “mías” (bulímicas). Aceptan, por tanto, apocopar, infantilizar la propia denominación científica del trastorno. Y, al hacerlo, incurren en una contradicción absurda que pone de manifiesto hasta qué punto el mal del que antes les hablaba nubla el entendimiento: se perciben a sí mismas como soberanas de su propio cuerpo y de los alimentos que ingieren pero, al mismo tiempo, ostentan con orgullo una condición (“anas” y “mías”), como si esa categoría social las distinguiese del común de los mortales, como si fueran una especie rara, una forma valiosísima y elitista de ser y de estar en el mundo.

Doctores tienen la psiquiatría y la psicología moderna que explican cómo en la patología de todas estas pacientes subyace (ojo, porque cada vez aparecen más enfermos masculinos) una furiosa necesidad de control: control del cuerpo, de las calorías, de las formas, del hambre. Control, después de todo.

Esta necesidad de control se transmuta de forma perversa, de tal manera que lo que es un mal objetivo e irracional es elevado a la categoría de bien posible, razonado y deseable: es lo que yo denomino un “universo paralelo” psicosocial. Tomo prestado este término a la moderna física cuántica y a su Teoría de Cuerdas porque me parece especialmente ilustrativo para explicar que la principal patología que caracteriza a nuestra sociedad contemporánea no es otra que la divinización de lo relativo, por banal y absurdo que este relativo concreto sea, en aras de la libertad de expresión, en aras de la libertad.

Cualquier cosa, si puede concebirse con la mente, es posible que encuentre su hueco.

Así, se zambullen algunas enfermas de anorexia y bulimia en el universo paralelo de las “anas” y las “mías” y coexisten en un ecosistema psicosocial alternativo y clandestino, que se revela a la luz y, por tanto, colisiona con el universo real, sólo cuando los medios de comunicación, por fin, ponen en él su foco escrutador.

He puesto un ejemplo de este específico universo paralelo, pero hay otros muchos: hace ya algunos años, en los inicios de la era de internet, preparando la documentación para un reportaje de denuncia sobre el lado más oscuro de la red, en Treinta Minutos descubrimos espeluznados como coexisten decenas de “universos paralelos” que justifican corporativa y solidariamente las simas más depravadas y siniestras de la condición humana: desde la pederastia al canibalismo, desde el suicidio colectivo hasta el terrorismo, desde el genocidio racista o feminicida hasta el satanismo más recalcitrante y el sectarismo proselitista más desquiciado. Universos paralelos todos ellos, patológicos, ponzoñosos, pero no por ello menos superpoblados de especímenes humanos, de adeptos, ensimismados en su miseria, intoxicados con sus mismos perversos códigos de aparente racionalización, con sus particularísimas leyes magnéticas de la atracción psicosocial.

Esta clase de “universos paralelos” se incrustan en el mundo real y se emboscan en él, se entreveran, revestidos de cotidianidad, aprovechándose de los huecos de la malla legal y del entramado jurídico.

Y eso es lo verdaderamente preocupante. El camuflaje, la mímesis: la invisibilidad. Porque los medios de comunicación, como en el caso de las páginas pro-anorexia y pro-bulimia, hacen lo que pueden: denuncian y desvelan las formas del mal cuando se dan de bruces con un nuevo filón informativo. Pero después, transcurrido el tiempo y agotada la sorpresa, los “universos paralelos” desdibujan sus formas y se diluyen hasta hacerse prácticamente imperceptibles.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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