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Un avión para toda la vida

02.02.2011 | 1 Comentarios
F18_30minutos
Les invito a que aprecien conmigo la belleza de nuestro frame de esta semana, un avión F-18 surcando los cielos de Madrid: estilizado, majestuoso, aguileño… les confieso que este “juguetito” (sé, sé bien que, antes que nada, es una sofisticadísima arma de combate que puede devastar un objetivo enemigo en cuestión de minutos) me viene fascinando desde  que –tendría yo 11 o 12 años- monté una maqueta a escala del mismo modelo de avión.
 
 
Disculpen: vuelvo a la tierra, con ustedes, porque en este post (a pesar, incluso, de su título) no voy a hablarles de mi afición al modelismo, sino de consumo.
 
 
Sí voy a utilizar como excusa una característica que poseen los F-18 para exponer una idea que me ronda por la cabeza: ¿sabían ustedes que cada uno de estos avioncitos, que fueron adquiridos por el Ejército del Aire a mediados de los años 80, ha sido sucesivamente remodelado, modernizado y transformado para dotarlo de la última tecnología punta? Es decir: pasan los años y las décadas y, de cada avión, perviven apenas algunas trazas de su forma, de su contorno, de su materia; cierto es que subsisten elementos de su concepto y de su esencia; y, claro está también, permanece también su nombre. Disquisiciones filosóficas aparte, puede decirse, pues, que cada F-18, aunque transformado, es un avión para toda la vida. Es lógico: cada aparato vale un potosí y no es cuestión de mandarlo al desguace cada vez que a McDonnell Douglas implementa una actualización.
 
 
Un avión para toda la vida. Vaya.
 
 
Y digo yo ahora: lo que es correcto cuando compramos un avión, ¿por qué no puede ser también válido cuando adquirimos un coche, una tele de plasma o un teléfono de alta gama?
 
 
Me explico: no digo yo que los objetos de consumo del siglo XXI tengan que durar eternamente, como antaño, cuando comprábamos una nevera o una radio y teníamos que tirar el cachivache de puro viejo, de puro cansancio de verlo; nunca de puro roto. Lo que sí digo es que bien podría establecerse un término medio entre aquel modelo de consumo y el actual, entre aquella excesiva longevidad de los objetos del pasado, que no hacía crecer la economía y que era un lastre, y ésta excesiva caducidad del presente, de las formas y de los fondos, que convierte a los aparatos en obsoletos nada más cruzar el umbral de la tienda.
 
 
He aquí la razón por la que les he puesto antes el ejemplo de los F-18: aviones hechos, si no para durar eternamente, sí para ir un poquito más allá del concepto de “comprar y tirar”.
 
 
Lo que ahora les propongo yo a ustedes, señores todos de la industria en general, es que implementen con los objetos de consumo (automóviles, lavadoras, bicicletas…) un modelo de negocio basado en actualizaciones, como ocurre con los programas informáticos: compramos una licencia, un producto, un software, que después, cuando envejece, nos da derecho como clientes a una adquisición de una actualización a un precio razonable. Con ello, seguimos siendo fieles a la marca, ustedes obtienen beneficios, y todos seguimos contentos.
 
 
Lo digo por lo siguiente: he adquirido algún que otro vehículo, algún que otro aparatito electrónico, algún que otro objeto de menaje, objetos con los que ni siquiera me ha dado tiempo a encariñarme, dada su fecha de caducidad predeterminada. Cuando empezaba a cogerle el punto al cacharro, cuando empezaba éste a acompañarme en tales o cuales vivencias de mi vida, va el bicho en cuestión y se rompe (pero se rompe de verdad, como quien dice: por la mitad). “Lo siento, caballero, pero está fuera de garantía y, de todas formas, la reparación no merece la pena…” era siempre la omnipresente respuesta. Como ustedes saben, reparar algo fuera de garantía, cuando la avería es seria…es como para quitar el hipo a uno.
 
 
Cuando compro un producto, sea éste un automóvil, un televisor de leds o una batidora, espero poder hacerlo mío. Quiero decir con esto que cuando compro un objeto no sólo espero poder llevármelo, después de pagarlo, a mi casa. Lo que deseo, lo que desearía es que ese objeto se convirtiera también en una parte importante de mi vida, desearía personalizar ese objeto, humanizarlo, sentirlo cercano, afín a mí, saber que me acompañará en las duras y en las maduras. Llámenme romántico, si quieren.
 
 
¿Qué tal una plataforma de automóvil, una estructura básica de tal o cual marca, que nos permita a los consumidores actualizar el motor, o la carrocería, o el salpicadero, o los sistemas de seguridad… una modernización homologada por el fabricante, adquirida a precio razonable, que me permitiera seguir diciendo “este es y será mi coche”? ¿Y qué tal un reproductor de mp3, un teléfono móvil, una cafetera electrónica que duren un poquitín más que de costumbre, al menos suficiente tiempo como para llegar a casa, aprender su funcionamiento y poder disfrutar del artefacto por un tiempito razonable con mis amigos o mi familia?
 
 
Exagero, queridos lectores, claro que exagero, pero ustedes comprenderán que la hipérbole es una figura retórica tan válida como cualquier otra para hacerme entender.
 
 
Y ahora, me dirijo de nuevo a ustedes, señores fabricantes, para pedirles perdón si les he molestado con mi propuesta; que conste que el modelo de negocio (opcional, se entiende) que les propongo, basado en objetos de consumo mínimamente perdurables y posteriormente actualizables, no se lo propongo por no gastar; que les conste también que tampoco se lo propongo por afán de molestar ni por ponerme estupendo …; es, más bien, por sentir lo que les decía antes, ¿cómo explicarlo?, por sentir en el rostro un airecillo romántico: quiero saber, en definitiva, que si me compro un avión, un F-18, por ejemplo, puedo tener la ilusión de que me lo compro para toda la vida; luego, si me canso de él a medio camino, ya veré lo que hago...
  • Cierto, ahora cuando compramos algo, casi con todos nuestros ahorros, ya de antemano, sabemos que no nos durará mucho. Aún recuerdo cuando compramos nuestro primer coche, nuestra primera lavadora, entonces pensábamos que serían para siempre. Comprábamos con toda nuestra ilusión. Ahora también lo hacemos, sí, pero con una gran dosis de tristeza, ahora sabemos que, eso que tanto necesitamos, que tanto anhelamos, no durará, que ese "para siempre" ya no existe, que es algo del pasado.
    14.03.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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