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Somos iguales

04.11.2010 | 4 Comentarios
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El frame: la deportista Lidia Valentín -ponferradina de 25 años que compitió en la disciplina de halterofilia en los pasados Juegos Olímpicos de Pekín- levantando unas pesas de 125 kilos. La imagen corresponde al reportaje de Treinta Minutos “Tan duras como ellos”, donde se muestran varios ejemplos de mujeres deportistas profesionales que practican especialidades de impacto, fuerza y riesgo, disciplinas deportivas consideradas tradicionalmente como masculinas.

 

 

En este post no voy a hablarles de deporte, sino de igualdad, porque de igualdad versa, en definitiva, el reportaje de Treinta Minutos. Les hablaré de mi concepto de igualdad, que no es otra cosa que el deseo de una igualdad real, sin impostación y sin boato, sin cuotas comprometidas, una igualdad sincera entre mujeres y hombres, hombres y mujeres (tanto da el orden de los términos); una igualdad que, sin todavía haberse logrado plenamente en nuestros días, ha dado ciertamente en España pasos de gigante desde que se iniciara nuestra ya no tan joven democracia.

 

 

Les confesaré una anécdota personal de mi infancia, que no me enorgullece pero que ejemplifica hasta qué punto los estereotipos sexistas han estado lamentablemente instalados en nuestras cabezas; al menos, en cabezas como la del niño que era yo.

 

 

Recuerdo cómo una tarde de invierno, allá por finales de los años 70 (tendría yo siete u ocho años), recién estrenada ya, por tanto, nuestra Constitución que consagraba y consagra la igualdad de los sexos, mi madre me montó en un taxi. “¿Adónde les llevo?” –recuerdo que dijo una inesperada voz femenina nada más entrar en el coche (por aquel entonces, como era inevitable, se trataba de un Seat 1500 de color negro con una banda lateral roja). Al escuchar aquella voz de mujer procedente del lugar del conductor me quedé muy sorprendido, y hasta intimidado. ¿Se imaginan por qué?  Quien conducía el taxi era una mujer. Lo confieso: aún hoy día, cuando rememoro aquel episodio, lamento mi prejuicio infantil y mi ignorancia: pero lo cierto es que nunca había visto a una mujer manejar un taxi. Es curioso, porque, por aquel entonces, yo, el niño españolito cargado de estereotipos del que les hablo, estaba, no obstante, acostumbrado a que sus profesoras en el colegio fueran mujeres, a que su podóloga y hasta su médico de cabecera también fueran féminas, y a que, por supuesto, su misma madre condujera el coche familiar como si tal cosa; sin embargo, ese mismo niño se quedó pasmado aquella tarde invernal ante el hecho de que la insospechada taxista fuera mujer.

 

 

Recuerdo también –hoy estoy dispuesto a desvelarles todas mis vergüenzas- cómo durante el trayecto en aquel taxi permanecí mudo. Los estereotipos, los prejuicios, -¡los muy condenados!-, son absurdos, ridículos y, por supuesto, vergonzantes; y quizá, por esas mismas razonas, no se evaporan tan fácilmente como uno desearía: permanecí mudo en el taxi porque quizá sentía insana curiosidad infantil ante lo inhabitual o lo exótico, o tal vez porque estaba desconcertado ante el estúpido temor de que la taxista, por ser mujer, no nos llevara correctamente a nuestro destino. Lo cierto es que, a los diez minutos de trayecto, llegamos puntualmente hasta la calle que mi madre le había indicado; cuando, por fin, nos bajamos del coche y vimos alejarse el taxi, recuerdo que, como pidiendo alguna clase de explicaciones, le comenté en voz baja a mi madre: “la taxista… era una mujer”.

 

 

-Sí, ¿y?- preguntó a su vez mi madre con un ligero tono de reproche.

 

 

-Pues que no sabía que hubiera mujeres taxistas –dije yo, ruborizado.

 

 

-¡Claro que las hay! –respondió mi madre, sonriendo-. Como también las hay fontaneras, y abogadas, y juezas, y arquitectas y hasta las hay que son pilotos de avión… [les recuerdo, amig@s lectores de este blog, que aún estábamos en 1979]. Ya verás –prosiguió mi madre- cómo, algún día, el hecho de que una mujer conduzca un taxi o dirija una empresa, de que gobierne un país, o incluso el mundo, será más normal de lo que piensas y nadie, y menos aún los niños como tú, se extrañarán. Recuerda esto, hijo: todos, hombres y mujeres, somos iguales.

 

 

Recuerdo.

 

 

Recuerdo que aquella tarde de invierno llovía ligeramente y que las palabras de mi madre me impresionaron.

 

 

Aquella lección que recibí se me quedó grabada a fuego en mi memoria. Les aseguro que no es mera palabrería ni demagogia barata cuando les digo que aún siento vergüenza por haber aprendido tan tarde aquella lección.

 

 

Tan tarde.

 

 

Ya sé, ya sé que yo tan sólo era un niño de ocho años.

 

 

Pero verán: ocho años de vida, si consideramos los términos relativos en que miden los niños el tiempo, y si consideramos lo crucial que es una socialización libre de estereotipos sexistas en esas primera fases de la infancia, si consideramos todo ello, sumándolo, comprenderán que desconfíe acerca del balance final que –supongo- resultaría en aquella mi cabecita de niño que crecía, un tanto confundido ante los cambios vertiginosos que experimentaba esta España nuestra, que descubría el mundo de los adultos, apenas en los albores de nuestra democracia.

 

 

No; les aseguro que el balance, cuando hoy día escucho a algunos hombres hablar sobre la mujer, sobre las mujeres, sobre sus propias esposas, sobre sus novias o sus compañeras de trabajo, hoy día, insisto, no es, ni mucho menos, tranquilizador. Me pregunto, como si se tratase de un virus maligno, si yo y los que como yo éramos niños por aquel entonces estamos hoy verdaderamente limpios, inmunizados, sanos frente a los prejuicios sexistas. No es una cuestión de volverse paranoicos, pero me gustaría pensar que la lección que me dio mi madre aquella tarde tuvo sus frutos. Al menos, que los tuvo en mí.

 

 

Han transcurrido treinta y un años desde aquella tarde de invierno: “todas, todos… somos iguales”. Tengo bien presentes aquellas palabras de mi madre, y me avergüenzo cada vez que escucho a algún hombre –de mi generación o no- cuando desconfía patéticamente de la capacidad de una mujer, cuando -por poner dos o tres ejemplos- se lamenta porque le haya tocado en suerte una jueza en un litigio, una cirujana en una operación programada o una jefa de área en su puesto de trabajo.

 

 

Algún día -de ello estoy convencido- esos y otros malditos prejuicios serán historia.

  • A Julia Otero y a Juan Ramón Lucas les han dado hoy un premio por ser comunicadores que promueven la igualdad en sus medios de comunicación. Es justo
    11.11.2010 anamaría
  • Lo que les decía en el post: hoy, miércoles 10 de noviembre, hemos conocido la noticia de que Pilar Hernán, jefa de Protección Civil, ha sido nombrada responsable de los bomberos de la Comunidad de Madrid. Algún día, este tipo de noticias no será noticia. Ya queda menos para ese día.
    10.11.2010 josemanuelalbelda
  • muchas gracias
    05.11.2010 josemanuelalbelda
  • Aún hoy, mucho hombres se quedan sorprendidos cuando ven a una mujer piloto de aviones, yo soy azafata y lo veo en sus caras...Todavia tienen que cambiar muchad cosas....me encanta como escribes.
    05.11.2010 Sol
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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