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Solución vertical

02.03.2011 | 1 Comentarios
Solución vertical

Una granja vertical, mimetizada, embutida, insertada a lo ancho y largo de un rascacielos en una gran ciudad. Es nuestro frame estrella de ésta semana, extraído del reportaje “La despensa del futuro”, un inquietante documental de la BBC que explora el riesgo real de hambrunas apocalípticas que se ciernen sobre el género humano. ¿La causa? Mientras la población mundial crece y crece exponencialmente, las reservas animales y vegetales son cada vez más limitadas.

Vaticinios malthusianos al margen, les confesaré que me gusta la idea del huerto vertical. Por ahora es sólo eso, una idea, concebida por el profesor estadounidense Dickson Despommier. Consiste en la implementación de cultivos masivos y sostenibles en un entorno urbano, aprovechando de abajo a arriba, en altura, las áreas de superficie desperdiciada que contienen cada uno de los pisos de los modernos rascacielos.

¿Qué quieren que les diga? Yo, en esta idea, por estrambótica que pueda parecer a primera vista, sólo veo beneficios.

Tomates, lechugas, remolachas, pepinos, calabacines, coles, sandías, patatas… Pidan ustedes lo que quieran, porque en la granja vertical de Despommier de todo cabe, todo es cultivable; siempre, durante cualquier época del año. En definitiva, se trata de crear masivos invernaderos artificiales, independientes y estancos respecto a las áreas habitables de los grandes edificios de oficinas, invernaderos ajenos a las inclemencias de las condiciones climáticas de las estaciones, insólitos en mitad de la jungla de cristal, bellísimos, urbanos, deslumbrantes en su exuberancia. Serían ecosistemas autocontenidos, oasis milagrosos, conformados por toneladas de metal y clorofila.

¿Imaginan a los oficinistas, a los administrativos, a los directivos, en mitad de ese vergel? Felizmente asombrados ante el espectáculo magnífico y circundante de la naturaleza desplegada, pienso que encontrarían una fuente de inspiración y energía sin precedentes. ¿Qué decir de los creativos de publicidad, de los estudios de arquitectura, de los gabinetes varios, de los despachos de abogados, de los diseñadores y los grandes empresarios? ¿Quién, de todos estos, podría mantenerse impávido ante la invasión vegetal?

Voy más allá. Vayamos ustedes y yo más allá de los rascacielos y sus, hoy por hoy, desaprovechadas áreas vacuas.

¿Qué me dicen de las azoteas de los edificios de viviendas?

Bien están los jardines comunes, los patios interiores, las áreas verdes que tienen las cientos, miles de comunidades de vecinos; pero ¿por qué no aprovechar también las azoteas? Si lo pensamos bien, tal y cómo están, las pobres, sirven de muy poco. Me parece una idea razonable instalar huertos en las alturas de estas construcciones, granjitas donde cada comunidad pueda cultivar cosecha propia.

Como de arquitectura no tengo la menor noción, ignoro si la medida que propongo es técnicamente factible en edificios de viviendas ya construidos. Pero, desde esta misma ignorancia que me autoriza a soñar gratis, imagino que no debe ser una inversión descomunal en los futuros edificios de nueva construcción incluir un techo capaz de soportar el peso de la tierra de cultivo sobre el que se implementaría un sistema razonable de riego por goteo.

Al margen del favor estético de semejante profusión vegetal, de las ventajas éticas de contrarrestar mediante plantas los efectos de las emisiones contaminantes, ¿imaginan el beneficio económico que podría derivarse de incrementar en una gran ciudad todas estas hectáreas de zonas verdes, de robarle a las alturas todo ese espacio desaprovechado? Puestos a imaginar, imagino una inagotable profusión de variedades vegetales destinados al consumo humano, una generación interesante de puestos de trabajo directos e indirectos, una recuperación magnífica del entorno verde allá donde más falta hace y, sobre todo, un reencuentro feliz de los jóvenes, de los niños, de los adultos, de los ancianos, de todos, hasta ahora inmersos en la jungla de asfalto urbana, con la naturaleza. Literalmente, sin salir de casa.

En poblaciones como Todmorden, ubicada en el condado británico de Yorkshire, han dado un paso más allá sus empeños de recuperación hortofrutícola y han decidido sustituir la mera función estética de las superficies verdes del pueblo por una omnipresente huerta que todo lo rodea, todo lo contiene, todo lo abarca: las petunias, los jazmines y los tulipanes han sido sustituidos por deliciosas grosellas que se cultivan delante del pub local, por inspiradoras especias recolectadas en la estación de tren, por peras y manzanas en patio del colegio, judías en los jardines públicos, por acelgas en medio del consultorio médico.

En este caso, como ven, los habitantes de Todmorden no han recurrido a soluciones verticales, obviamente, por carencia de edificios en altura. Sin embargo, su apuesta contiene la misma filosofía vegetal.

Pienso que merece darle a esta idea un par de vueltas.

  • Hace ya algunos años pude comprobar que, en algunos lugares, esto ya se estaba llevando a cabo. En aquél entonces me pareció algo como de ciencia ficción, el resultado era realmente asombroso. Ahora, gracias al desarrollo de esta idea, muchos países ya se están beneficiando de sus resultados. Espero y confío en que, muy pronto, nos toque también a nosotros.
    14.03.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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