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Siempre jóvenes

11.11.2010 | 7 Comentarios
Archivos Vaticanos

Esta semana les hago entrega en mano de mi frame particular. ¿Lo tienen ya? Perfecto. Podrán ver en él al entonces cardenal Joseph Ratzinguer, de pie y con los brazos cruzados, delante de un par de magníficos incunables depositados en una mesa, dentro de las dependencias  del célebre Archivo Secreto Vaticano. La imagen pertenece al documental que ha emitido  esta semana Treinta Minutos, titulado “Benedicto XVI: el Vaticano”, que recorre, de la mano del Santo Padre, algunos de sus lugares preferidos dentro del denominado “estado más pequeño del mundo”.

 


En ese documental, un Benedicto XVI sorprendentemente sencillo pero de una inteligencia siempre penetrante, un Benedicto XVI cuya jornada laboral diaria abarca las 17 horas de trabajo, confiesa que, desde que es Papa, una de las cosas que más echa de menos es no tener tiempo para estudiar e investigar. 17 horas de trabajo. Les recuerdo –me recuerdo a mí mismo- lo que es una obviedad para todos nosotros: que el día tiene 24 horas. Y les recuerdo también que el Santo Padre tiene 83 años. Es un anciano. De hecho, era ya un anciano en el momento de su elección como pontífice, como entonces observaros unos y otros analistas con profusión de comentarios y pronósticos.
El Papa es un anciano. ¡Ah! Pero lo es con una particularidad: es un “anciano joven”.

 


Tiempo atrás -hará 6 o 7 años-, un catedrático emérito al que entrevisté en cierta ocasión empleó esa misma expresión, “anciano joven”, para referirse a su admirado Juan Pablo II, predecesor de Benedicto XVI.
Aquel venerable catedrático de la Complutense era consciente, por supuesto, de que las arterias de Juan Pablo II, su memoria, su pulso, sus fuerzas y sus reflejos eran cada vez más trémulos y evanescentes: en nadie –absolutamente en nadie- estas cualidades físicas perduran intactas una vez que se traspasan las tres décadas de vida (ese también es un hecho incontestable y cierto, por más que la masiva publicidad de antioxidantes que nos invade por tierra, mar y aire trate de enmascarar la realidad). Pero, a lo que voy: ¿por qué decía nuestro catedrático aquello de “viejo joven” aludiendo a un papa que, en sus últimos momentos de papado, prácticamente agonizaba ante las cámaras de televisión? Pienso que lo que el buen emérito quería decir al calificar así a Juan Pablo II es que existe una especie de fuerza interior en este tipo de hombres, que se mantiene encendida con una llama incombustible, y que tiene su origen posiblemente ya en su adolescencia y en la toma de conciencia que traban con el mundo adulto; una fuerza que no les abandona a esas personas ni aún en su lecho de muerte.

 


¿Se refería el catedrático a la fuerza de la Fe? Sí, desde luego. En el caso de Juan Pablo II, de la Madre Teresa de Calcuta, o de Benedicto XVI, aludía a la Fe.
Sin embargo, para aquellos que no sean creyentes, o que, aún siéndolo, no se sientan cómodos con esa arista trascendente de mi argumentación, les diré que la tipología de ancianos “jóvenes” de la que les hablo en este post no surge exclusivamente a la luz de una misión espiritual.
Hay hombres y mujeres que gozan del don de haber descubierto pronto el sentido de sus vidas, de ser conscientes de tener que realizar una misión -trascendente o no-, la cual, paradójicamente, consume a estas personas por dentro, al mismo tiempo que restituye esa especie de fuerza interior que las hace singulares; sucede así que su llama les mantiene más vivos de lo que lo están los vivos más jóvenes, más vivos que muchos niños, tan vivos, diría, que su cualidad les convierte en la personificación de la vida misma, de las ganas de existir en sí mismas.
He conocido a varias de estas personas.
No sé por qué, pero me da a mí en la nariz, que el entrañable emérito, modesto en su sabiduría de anciano, era una de esas personas: un “viejo joven”.

 


Otro de estos “viejos jóvenes” que he tenido el honor de conocer en persona se llamaba Emilio Ruiz. Falleció en 2007. Era uno de los mejores creadores de efectos especiales de cine español; no: miento; en su especialidad, era uno de los mejores no ya de nuestro cine, sino de la historia del Cine Universal. Hablo de cine con mayúsculas; del cine de antes que utilizaba decorados, maquetas, paintings, trucas, forillos y pirotecnia medida al peso. Y cuando les hablo de Emilio Ruiz, les hablo de Espartaco, de Cleopatra, de Doctor Zhivago, de Dune y hasta del Barreiros negro que volaba en pedazos en Operación Ogro (en estas y otras muchas cintas célebres su participación y su arte fueron memorables). ¿Por qué les cuento todo esto? ¿Por qué he empezado este post hablando de lo Sagrado y deviniendo en lo profano? No desvarío, créanme. (al menos, no es mi intención). Me he referido a Emilio Ruiz creador de efectos, al Emilio Ruiz anciano que conocí poco antes de morir, porque creo sinceramente que, como les decía antes, era uno de esos viejos “jóvenes” a los que antes aludía. Cuando conocí a Emilio Ruiz era ya un hombre de casi 80 años que seguía trabajando en su particular universo de celuloide, como si tal cosa. “Cuando trabajo” –me confesó una vez-  “cuando estoy diseñando un nuevo efecto especial, no noto nada, no siento nada…”. Se refería Emilio Ruiz a los achaques de su edad: a los dolores, a las molestias constantes del cuerpo, a la fatiga, a la preocupación por la decrepitud y la cercanía de la muerte…  Emilio Ruiz había descubierto una misión en la vida -banal a los ojos de muchos-, un sentido existencial consistente en crear efectos especiales como pocos los han logrado; en definitiva: Emilio Ruiz había hallado, ya desde muy joven, el sentido de la vida al que desesperadamente invocara en su célebre obra el psiquiatra y neurólogo alemán Víctor Frankl (“El hombre en busca de sentido”, 1962).

 


Todos hemos nacido por algo, para algo, y todos –de eso estoy convencido- somos especiales y únicos, únicos haciendo una determinada cosa: esa cosa especial (que cada persona debe descubrir por sí misma), esa misión (repito lo que ya dije antes: trascendente o no), si nos entregamos a ella con sinceridad y pasión, es la clave para nuestra realización personal y, en definitiva, para encontrar la felicidad. Cuando una persona tiene la fortuna de descubrir pronto esa clave en su vida (la nueva psicología afirma que hallarla no es cuestión de suerte, sino de reflexión y trabajo personal), automáticamente, nos vemos como imbuidos en ese manto de “juventud” que nos acompañará los años que vivamos, sean nuestras vidas breves o extensas, seamos niños, adolescentes, treintañeros, seres maduros, muy maduros, o ancianos. Nunca es tarde, pues.

 


La Fe de Juan Pablo II o de Benedicto XVI se trasluce en sus rostros. La pasión por el trabajo bien hecho en Emilio Ruiz y en el veterano emérito de la Complutense, también se dejaba traslucir en sus rostros. Y en Clint Eastwood, que a sus casi 80 años nos sigue regalando año tras año alguna que otra obra maestra del Séptimo Arte, convendrán conmigo que hay también algo de eso. Podría seguir con una lista interminable de ancianos –famosos o no- cuya misión en la vida les exime de haber caminado por este mundo como si no hubieran existido.
Por supuesto, no hablo de fama, gloria, éxito o de grandes logros profesionales.
Sin embargo –observo con tristeza-, millones de niños, de adolescentes, de adultos, de ancianos… caminan en esta nuestra triste Europa, desorientada y temerosa, como espectros: caminan como tristes sombras hacia sus trabajos, sus colegios, cuando se entregan a sus amores o a sus respectivos ocios, cuando descienden hacia sus tumbas. Son, desde que nacieron, viejos resignados a ser viejos. Y no cambiarán, porque no quieren, no saben o no pueden (e, incluso, lo que es peor: porque no les dejan).
Porque ser joven, conservarse joven, no tiene nada que ver con los antioxidantes, el deporte extremo, los tattoos, los videojuegos de fitness, las raves, twittear o tener perfil en Facebook, ponerse un piercing o llevar el último modelo de zapatillas de la diosa griega de la                    Victoria (ya ustedes saben). Ser “joven” no se compra, ni se viste, ni se disimula, ni se preserva. Es bien sabido: ser joven, así entendido, -mal entendido-, es una enfermedad que se pasa con la edad.

 


Por cierto, quien esté pensando en que los privilegiados “viejos jóvenes” a los que aludo en este post son sólo una exigua minoría de intelectuales, o de hombres y mujeres de Fe, o de  creadores de arte… es que no han mirado bien a su alrededor: es que no han conocido, para su desgracia, a reposteros, mecánicos, profesores, camareros  e incluso taxistas, todos ellos entregados en cuerpo y alma a lo que hacían, y perfectamente felices al hacerlo; querían ser ellos mismos, y no otros.  Quienes aún piensen que hablo de una rara élite es que no han conocido a padres y a madres que han dado lo mejor de sí realizándose como madres y padres y que han hallado la felicidad más plena que cupiera encontrar; es que no han trabajo amistad con músicos que nunca llenarían el Palacio de los Deportes, pero que eran plenamente felices arrastrando su modesto cancionero de bar en bar… Estos y otros millones de seres, por contraste con los otros millones de espectros, cualquiera que sea su edad, fueron, son y serán siempre “jóvenes”.

  • ¡vaya! pues muchas gracias
    15.11.2010 josemanuelalbelda
  • ¡¡¡Enhorabuena!!! Me parece increíble que con los tiempos que corren todavía quede alguien que piense como tú. He leído todos tus frames y estoy total y absolutamente de acuerdo con todo lo que dices en cada uno de ellos. El Treinta Minutos lo veo siempre que puedo, creo que es uno de los pocos programas que realmente merecen la pena ser vistos, y no sólo de esta cadena. Me alegra enormemente saber que aún quedan periodistas que también son "personas" (siento el sarcasmo, pero por lo que veo y escucho todos los días no puedo pensar otra cosa, por lo menos en lo que respecta a la realidad mediática y política). Intuyo por tus palabras que debes ser una persona excepcional, quizá me estoy apresurando, es cierto que no te conozco y que sólo he leído unos pocos frames, pero aún así, tengo la impresión de que, pese a trabajar en un medio como es la televisión y de tener que estar, imagino, midiendo constantemente tus palabras, has sido capaz de encontrar el equilibrio perfecto entre ser un buen periodista, un buen comunicador y un buen “historiador”, esto último lo digo porque creo que no debe ser fácil conjugar el tener unas creencias e ideologías propias, el intentar ser lo más objetivo posible y el tratar de respetar a todas y cada una de las personas que piensan de forma diferente, y creo que en cada uno de tus frames es exactamente lo que haces. Y esto, para mí, supone una importante lección de humildad, humanidad y solidaridad, como he dicho antes, dados los tiempos que corren, y más si esta lección se transmite, y se recibe, de una forma tan clara, directa, exenta de cualquier tipo de juicio o prejuicio y sobre todo, de una forma tan entrañable. Enhorabuena de nuevo por tu blog.
    13.11.2010 alias
  • Nuestra sociedad del siglo XXI pienso que ha generado prematuramente demasiados niños con mirada de ancianos, niños con cara de prisa y con aspecto de venir de vuelta de no se sabe dónde; pero, paradójicamente, esa misma sociedad tiene en muy poca consideración la experiencia de los ancianos: no los respete como debiera, por lo que han sido y por lo que aún son. En mi post quería reivindicar un tipo de persona "el anciano jóven", que, a pesar de la edad, no se resigna a dejar de hacer cosas, a dejar de ser útil, a sentirse útil. Como apuntáis, creo que uno de los males de nuestro mundo es que dejamos muy poca visibilidad a los ancianos.
    11.11.2010 josemanuelalbelda
  • La diferencia es que cuando vivía Sócrates los mayores tenían mayor consideración social y la ancianidad representaba la sabiduría. Ahora en nuestra sociedades modernas los ancianos están como arrinconados o dejados a un lado y no tienen casi voz ni voto.
    11.11.2010 anamaría
  • Pues qué queréis que os diga, yo lo siento mucho, pero a mí Ratzinger Zeta no me gusta, me da mal rollito. Pero dejando eso de lado, no puedo estar más de acuerdo con el resto. Tomo prestado un párrafo que me envió el otro día una amiga: “Nuestros muchachos ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad. Muestran poco respeto por los superiores y prefieren la conversación insulsa al ejercicio. Los muchachos son ahora los tiranos y no los que colaboran en sus hogares. Ya no se levantan cuando alguien entra en el hogar, no respetan a sus padres, devoran la comida y tiranizan a sus maestros”. Y esto no es de ahora. Lo escribió Sócrates en el 400 A.C.
    11.11.2010 ahiestasbrunete
  • Yo tengo que decir que me asombraba el espíritu joven de Juan Pablo II y que desgraciadamente no siento que Benedicto XVI transmita esa misma fortaleza, aunque sea una continuidad por imagen. La iglesia necesita a alguien joven, bajo mi punto de vista.

    11.11.2010 Miriamgonzalez
  • No puedo estar más de acuerdo con todo lo escribe. Por desgracia la pasta de la que están hechos nuestros mayores es muy diferente a la de hoy en día. Una vida llena de facilidades, en mi opinión acaba por dormir las mentes que nos buscan aquello que pueda hacerles felices...su objetivo en la vida (que todos tenemos uno). Eso es realmente lo que nos hace envejecer sin un espíritu joven y convirtiéndonos más que en espectros en zombis, que deambulan por la vida de un lado a otro sin saber si quiera que están en esa situación.
    11.11.2010 RAR
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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