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Si la cosa funciona...

19.01.2011 | 0 Comentarios
Homeopatía
A quienes les hayan administrado alguna vez un tratamiento homeopático no les extrañará la forma y color característicos de los envases que aparecen en el frame congelado de esta semana. No obstante, en atención a aquellos de ustedes a quienes les resulte ajena la homeopatía, aclararé que los tubitos que pueden apreciarse en la imagen, perteneciente al reportaje de Treinta Minutos “Otras formas de curar”, no son sino pequeños cilindros de plástico, cada uno de un color determinado, etiquetados con pegatinas en las que puede leerse el nombre del principio activo que hay en su interior; cada uno de esos tubitos está dotado de un dosificador giratorio que permite regular la cantidad de gránulos de medicamento (Causticum, Hypericum, Belladona, etc.) que, según el tratamiento específico que el homeópata haya prescrito al paciente, habrá de ingerirse en cada toma. 
 
 
Entro en estas particularidades -aparentemente sin interés- por una buena razón, que no es otra que advertirles de que hasta en esas insignificancias la homeopatía genera controversia: ¿sabían ustedes que los gránulos de los medicamentos homeopáticos no deben tocarse con los dedos, ya que su potencial eficacia podría degradarse? La persona que se administra un gránulo de medicamento homeopático debe cuidar, por tanto, de que el mismo caiga directamente en su boca, evitando que sus dedos o la propia palma de su mano lo toque; es decir: para ser efectivo, el medicamento no debe entrar en contacto  con otros líquidos o sustancias que no sean los propios humores del paciente.
 
 
Antes de proseguir, les anticiparé que no pretendo en este post hacer un alegato a favor ni en contra de la homeopatía: este pobre cronista que ahora escribe no está cualificado para ello; en primer lugar, por carecer del beneficio de la experiencia en carne propia de tratamientos homeopáticos, pero, sobre todo, porque sus conocimientos en farmacología y medicina apenas alcanzan para permitirle distinguir a duras penas una aspirina de una pomada para las picaduras de mosquito, o, si lo prefieren, unas paperas de un esguince. 
 
 
Sin embargo, les hablaré de esta alternativa terapéutica en calidad de testigo, de lo que sé de la homeopatía gracias a lo que otros, los doctores de la Facultad de Medicina clásica, los terapeutas homeópatas, pero también los pacientes, me han contado; por otra parte, les hablaré de la homeopatía por lo que he visto directamente con mis propios ojos.
 
 
Sé, sé bien que los tratamientos de homeopatía no pasan con éxito la denominada prueba del “doble ciego”, la herramienta que emplean los científicos para deducir que los resultados de un tratamiento no se deben a un posible efecto placebo o a un sesgo de los observadores del experimento, en este caso, un sesgo del homeópata y de su paciente, el cual, afirman los suspicaces, bien pudiera estar en su buena fe influido por la ciega fe del primero. Sé bien que el principio químico de la homeopatía, esto es, la regla de oro que es la base de este tratamiento, contradice las reglas de la lógica farmacológica clásica: un medicamento homeopático es tanto más potente cuanto más diluido (sí, he escrito bien: más diluido) está su principio activo.
 
 
Doctores en Medicina me explican que el debate sobre la homeopatía (que empezó a ser  divulgada a principios del siglo XIX) viene de lejos, que aún después de tantos años no hay consenso al respecto; que, por ejemplo, en la propia Unión Europea existen países que incluyen a la homeopatía dentro de los sistemas públicos de salud, pero que también existen estados miembros que condescienden a regañadientes con los tratamientos, estados que, como mucho, los consienten y toleran como terapias complementaras, por aquello de que, después de todo, se trata de medicamentos inocuos por la insignificante e infinitesimal cantidad de principio activo que contienen.
 
 
Quienes defienden la homeopatía arguyen que la ventaja de esta especialidad es que va directamente a las causas de la enfermedad, a diferencia de la medicina tradicional, que, en principio, trata sólo los efectos, las consecuencias visibles de las dolencias. Por otra parte, explican los homeópatas, la homeopatía presenta cuadros de efectos secundarios muy limitados, la mayor parte de los casos inexistentes, sobre todo si se los compara con los derivados de la farmacología tradicional.
 
 
La mayoría de los pacientes que conozco por haber experimentado esta terapia me explican que consideran a la homeopatía como una alternativa complementaria a las soluciones que les ofrece la medicina ortodoxa, en ningún caso un sustitutivo absoluto de los tratamientos farmacológicos y médicos convencionales. Me dicen estos pacientes: “entiéndame bien, el médico es el médico, como el cirujano es el cirujano”. Y es que estos pacientes, a pesar de su fe en la homeopatía, son también conscientes de que hay enfermedades y enfermedades, que hay patologías muy puñeteras con las que uno no se puede andar con bromas: cuando hay que echar mano de la química tradicional, hay que echar mano, y cuando el doctor tiene que intervenir en el quirófano, tiene que intervenir. Esto no lo cuestionan. (Por cierto, que la mayoría de los homeópatas que conozco, sensatos y conscientes de los límites de su ciencia, afirman algo muy parecido a lo que acabo de exponer).
 
 
Lo que sí cuestionan pacientes y homeópatas es que se le deniegue por sistema a la homeopatía el beneficio de la duda, que se la denomine despectivamente pseudociencia sin antes darle a los tratamientos la oportunidad de que hablan por sí mismos, esto es, por su eficacia, por sus resultados en la calidad de vida del paciente.
 
 
Porque, en definitiva, de eso se trata. De mejorar la calidad de vida.
 
 
Siempre que un determinado tratamiento, bien homeopático, bien de otras especialidades complementarias a la medicina tradicional, cuente con el visto bueno de las autoridades sanitarias, siempre que haya farmacias y laboratorios que certifiquen la calidad e inocuidad de esos medicamentos, siempre que haya garantías y seguridad para el paciente, siempre que este último no descarte por desconfianza, por demasiada buena fe o por ignorancia, las prescripciones que receta la medicina tradicional ante los problemas serios de salud, siempre que la titulación de homeópata tenga su pertinente regulación y homologación, siempre que sus honorarios sean razonables, me pregunto qué hay de malo en que una persona deposite parte de su fe en una terapia complementaria. Ahora entiéndaseme bien a mi, para lo cual repetiré lo que he dicho una vez más: de manera complementaria y siempre que, previamente, se hayan agotado todos los recursos terapéuticos de la medicina convencional.
 
 
Y es aquí donde quiero finalizar este post relatándoles lo que he visto con mis propios ojos: he visto a un par de personas concretas, que podría citarles con nombres y apellidos (no lo haré por discreción), que padecían determinados problemas de salud (no graves, pero sí muy latosos y seriamente perturbadores para su calidad de vida); personas que agotaron todos y cada uno de los recursos terapéuticos que les ofrecía la medicina clásica. Cuando digo todos y cada uno, digo todos y cada uno, no me ando por las ramas: dedicaron años, décadas de sus vidas, de médico en médico, de tratamiento en tratamiento, de especialista a especialista, de prueba en prueba, para intentar solucionar un problema irresoluble.
 
 
Ni que decir tienen que esas personas, desesperadas, también recurrieron -como ustedes se pueden imaginar- a los más variados tratamientos alternativos para paliar su mal. También en estos casos, su búsqueda de un remedio fue de nuevo infructuosa.
 
 
Lo que sí les diré también es que he sido testigo con estos mis ojos de cómo, a punto de tirar la toalla en su búsqueda de una solución, un determinado tratamiento homeopático (quizá no el primero, pero, a lo mejor, sí el tercero o el cuarto que han probado) solucionaba a esos pacientes desesperados su problema de salud hasta mejorarles su calidad de vida en un 80 por ciento. Si ha sido un placebo o no, yo no puedo saberlo. Sólo sé lo que he visto.
 
 
Y como todo hay que decirlo, también les confesaré que he sido testigo de cómo otros tantos pacientes que tenían depositada toda su fe en la homeopatía no han mejorado en absoluto. Eso también lo he visto. Por qué en estos casos el placebo –o lo que sea- no ha funcionando, lo ignoro.
 
 
Como conclusión, lo que ya he dicho: siempre que sea bajo control médico, si una terapia complementaria, homeopática o no, a alguien le ayuda en algo a estar y a sentirse mejor; en definitiva, como diría Woody Allen, si la cosa funciona…
 
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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