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Si fuéramos listos

20.03.2012 | 0 Comentarios
Promulgación de la Constitución de Cádiz, en 1812

Si fuéramos listos, los españoles, quiero decir, habríamos cogido nuestra Historia con las dos manos, la habríamos alzado bien alto y habríamos construido con ella dos o tres géneros cinematográficos; dos, tres y hasta cuatro.

Contemplo el frame de esta semana correspondiente al último Treinta Minutos, “La Constitución de la Libertad”, un documental que rememora la gesta de los diputados de Cádiz que elaboraron hace dos siglos nuestra primera Carta Magna, y siento tristeza.

Siento tristeza porque, desgraciadamente, los españoles no tenemos visión a gran escala, ni perspectiva épica, ni ojo comercial.

¿Que por qué digo esto?

Miren, si no, los norteamericanos. Doscientos años atrás, decenas de miles de jóvenes colonos se liaron la manta a la cabeza y se cruzaron el continente hacia el oeste con lo puesto. Más tarde, con cuatro cositas, tejanos, colts, indios navajos y alguaciles de aldea, los descendientes de los primeros colonos rememoraron aquel éxodo y construyeron con él todo un género cinematográfico, el western, que no pocos réditos económicos y culturales ha reportado a Norteamérica. Otro ejemplo tonto: en 1947, Kenneth Arnold, un joven piloto militar de Idaho, afirmó haber contemplado durante un vuelo rutinario extraños objetos sobre el cielo, objetos que se parecían a “platillos voladores”; Arnold le relató esto a la prensa y el resto, queridos lectores, es Historia, Historia del Cine: había nacido la ciencia ficción de invasiones alienígenas made in USA. Pues así con todo: el cine negro estalló después de la Gran Depresión y estalló para quedarse durante un par de décadas; el género bélico, como, tal proliferó tras la intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial y se consolidó con la Guerra de Vietnam; paralelamente, el cine de espías abundó durante la Guerra Fría y aún hoy, sin guerra fría, aún extiende sus tentáculos… Si nos fijamos bien, los estadounidenses han tenido el ingenio de elevar sus episodios nacionales, incluso sus anécdotas (¿qué son, si no, las “road movies”?), a la categoría de género fílmico; y lo han hecho con una naturalidad pasmosa. Me objetarán ustedes que, con dinero abundante y medios técnicos, todo es posible, y tendrán razón. Tendrán razón en parte. Porque no todo es cuestión de dólares y de efectos especiales. El meollo de la cuestión también está en que los ciudadanos norteamericanos tienen conciencia de sí mismos como pueblo y como nación, tienen orgullo, vaya, y poseen además un deseo incontenible de exportar su particular visión del universo mundo a quien quiera comprarla.

Pero, ¿saben lo mejor de todo? Los norteamericanos no sólo han conseguido exportar sus géneros cinematográficos más allá del océano Atlántico o del Pacífico, sino que han logrado que el resto del planeta incorpore sus narraciones a su cultura y que las sienta como propias, como si fueran una especie de patrimonio épico de la Humanidad, como si formaran parte de un imaginario colectivo global tan apetecible y mítico como la Tierra Media de Tolkien. Todo esto lo ha conseguido un país que no tiene ni doscientos cincuenta años de antigüedad.

Habrá quien critique esta realidad y la denomine “colonialismo cultural”; a mí, qué quieren que les diga, este trasvase acelerado de narrativa épica, sin precedentes en la Historia, por cuestiones estéticas, sociológicas y culturales, me parece admirable.

Dicho esto, me pregunto si nosotros, los españoles, podríamos haber hecho lo mismo que los norteamericanos con nuestro propio pasado. Si hubiéramos sido listos, claro. Me pregunto si podríamos haber exportado nuestra Historia a través de uno de los vehículos más veloces que existen: el cine. Porque mira que tenemos miles de años de Historia a cuestas, con episodios y mitos mil veces grandiosos y poderosos, episodios que casi se remontan, por el hecho de ser nosotros europeos y, por tanto, ser nosotros asimismo mezcla de mil pueblos, razas e influencias, a la noche de los tiempos; episodios cuyas narraciones transcurren literalmente en los cinco continentes, con héroes reales, de carne y hueso, con resistencias numantinas, con cercos, asedios y glorias mil; con miserias tan bajas y grandezas tan elevadas que estas narraciones sólo son comparables a las de los mitos clásicos griegos; además, disponemos de un legado cultural incomparable de “escenarios originales” de una profusión y diversidad apabullantes en arquitectura como iconografía pictórica.

Miro de nuevo el frame de Cádiz, el cuadro de José Casado del Alisal, con los diputados jurando en las Cortes de San Felipe Neri mientras afuera arrecian los bombardeos de los obuses disparados por los Villatrois franceses, y se me ponen los pelos de punta ante el episodio; después –lo he dicho ya- me sobreviene la tristeza.

Es Cádiz pero no es sólo Cádiz; es toda la Guerra de la Independencia contra Napoleón, que podría haber dado lugar a un género fílmico en sí, no esa pedrea de películas dispersas que, aún con toda su buena intención, no han traspasado la frontera de los Pirineos. Más aún: no se trata sólo, lógicamente, de la Guerra de la Independencia, ni de la Guerra Civil, ni de las Guerras Carlistas, ni de las independencias americanas o la pérdida de Cuba, ni del Rif, ni de Filipinas, ni de los tercios de Flandes, ni de la Conquista de 1492, ni de las Cruzadas, ni del Cid, ni de los visigodos… Se trata de que nos sentemos todos los españoles, pero todos todos, ante una mesa pero que bien grande, donde podamos reflexionar, donde podamos decir: “señoras y señores: igual que nuestras insignes plumas del pasado supieron convertir nuestro legado histórico en algunas de las más bellas páginas literarias que jamás se hayan escrito, ¿qué tal si nos podemos las pilas para hacer lo mismo con nuestro cine?”.

El público, los espectadores de cualquier público –español, norteamericano, francés, chino, boliviano o senegalés- cuando ven una película, quieren soñar, pensar, disfrutar, evadirse, aprender y sentir. Sólo hay que buscar buenas historias para contarles.

Si buceamos en nuestro pasado encontraremos todos los tesoros que queramos: argumentos, personajes, decorados, mitos, leyendas, circunstancias, escenarios, héroes y villanos. Sólo hace falta querer y saber sumergirnos en las aguas de ese inconmensurable mar.

Lo mismo hasta podemos inventar algún que otro género fílmico.

¿Lo haremos?

Lo haríamos. Si fuéramos listos…

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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