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Señales

28.10.2010 | 1 Comentarios
blog_chile_albelda
Conociendo el tema que aborda el reportaje de Treinta Minutos de esta semana –el rescate de los 33 mineros chilenos- no es difícil imaginar qué frame congelaré en el tiempo: el momento en que Florencio Ávalos, primero de los mineros liberados de la mina San José, renacía al mundo el pasado 13 de octubre después de permanecer más de dos meses sepultado junto a sus compañeros.
 
 
Sin embargo, más allá de la alegría que a todos nos ha invadido por el éxito del rescate, me gustaría detenerme en una particularidad del asunto que no ha dejado de sorprenderme.
 
 
Les cuento: Al analizar los titulares de los diarios nacionales e internacionales que han abordado profusamente el drama de los mineros -sobre todo desde que se conoció a mediados de agosto que los 33, contra todo pronóstico, permanecían con vida allá abajo- me ha llamado la atención que una simple palabra, empleada profusamente por unos y otros informadores, haya podido estar tan cargada de polisemia y ambigüedad: me refiero a la palabra “milagro”.
 
 
Pregunto yo: ¿qué resulta más milagroso? ¿que 700.000 toneladas de roca se desplomasen sobre 33 hombres a 700 metros bajo tierra y no les aplastasen? ¿que los de arriba, los rescatadores, no se dejasen sepultar también por la derrota e, incansables, prosiguiesen su búsqueda hasta obtener una prueba de vida? ¿que Chile, unido, que el Mundo unido dirigieran sus ojos hacia un miserable pedazo de desierto para hermanarse en la esperanza? ¿que las máquinas, que los equipos de rescate, que los ingenieros hayan hecho su trabajo con precisión de cirujanos, peleándose con la tierra para arrancar de sus fauces con vida -y relativo buen estado de salud- a 33 seres humanos?
 
 
Es fácil caer en la demagogia y el sentimentalismo ante una noticia como ésta: a quién no le gustaría pensar que el planeta, siquiera durante el instante del rescate del primer minero, de Florencio Ávalos, se detuvo sobre su eje para admirarse; quién no desearía que todos, unos y otros, mujeres y hombres del orbe entero, hubieran dejado por un momento sus quehaceres, (tal y como acontece en las películas de ciencia ficción cuando se avistan las primeras naves extraterrestres), para reflexionar sobre la maravilla: políticos todos, de todos los parlamentos y gobiernos, emocionados, contenidos en sus escaños, mirando hacia Atacama; ciudadanos todos de los cinco continentes -al menos por un momento- temblando de júbilo, absortos: los presos en sus prisiones, los poderosos en sus tronos, los desempleados, los miserables en sus simas, los trabajadores en sus quehaceres, los fugitivos, los ricos en su opulencia, los santos, los sin techo… todos mirando hacia la mina San José, hacia el campamento Esperanza. “Cuidado” –escucho a mi espalda- “¡sujeten a este periodista, porque se le ha ido la cabeza!”. “¿Demasiadas escuchas del Imagine de Lennon, demasiados visionados de El Rey León de Disney?”. No. Eran sólo hipérboles y una pizquita de hipertensión. Recuerden que yo mismo lo advertí antes: fácil es incurrir en la demagogia. Y en el sentimentalismo.
 
 
No. El mundo no se ha detenido –me explican, haciéndome volver en mí, quienes bien me quieren-. La vida y la muerte, las guerras, las ligas deportivas, los estrenos de cine y los certámenes de alta cocina, las violencias de toda estirpe, la crisis económica, los armisticios y el bullicio de las lonjas y los mercados, el tráfico en las autopistas y los aviones… en definitiva, la Historia y el devenir, han seguido su curso, aparentemente indiferentes ante el milagro de que 33 de nosotros (yo, qué quieren que les diga, siento un poco su destino como si fuera parte del mío), hayamos regresado del averno.
 
 
¿He dicho indiferentes? Aparentemente.
 
 
Indiferentes, no. Al menos, todos no. He aquí un matiz del milagro al que antes aludía; un matiz que, si no nos fijamos bien, bien pudiera pasar inadvertido. Más allá de las toneladas de roca contenidas a escasos metros de las cabezas de los mineros, del hallazgo con vida de los 33, del tiempo record empleado en su rescate, de la fuerza y el ánimo de las familias… más allá de todo eso existe una ramificación, una extensión del milagro que, si nos lo proponemos, alcanzará mayor territorio, siempre que la dejemos crecer, por supuesto. Me refiero a la reflexión interior, a la lección profunda que seamos capaces de extraer de la experiencia de los de allí, de los de Atacama, de los mineros, de sus familias, de los rescatadores y, por qué no, de todo el pueblo chileno.
 
 
De nosotros depende pensar que aquello que les ha sucedido a los 33 y a quienes por ellos han velado es una cuestión de azar, de probabilidades, de distribución de pesos y toneladas de roca, de ingeniería del caos… Que lo que ha sucedido después, la solidaridad, el vilo incondicional, los días y noches de vigilia, los millones de ojos dirigidos hacia Atacama son únicamente una cuestión de empatía colectiva, racional, bellísima, humana, pero meramente instintiva.
 
 
“No es un milagro”, concluía,categórico como una sentencia, el editorial de un diario español de tirada nacional el día posterior a la liberación de los 33. Bueno. ¿Me lo dice o me lo cuenta usted? La postura de ese editorialista (tener fe en que lo que ha sucedido en Chile no es un milagro) es tan respetable como cualquier otra. ¡Ah, pero he ahí una paradoja: tener fe en que algo no existe no deja de ser también, quiérase o no, una cuestión de fe, de creencia!  Lo siento, querido editorialista, pero es así. Porque verán: si lo de la mina san José ha sido o no ha sido un milagro, nadie puede probarlo; pero tampoco refutarlo. Es cuestión de la interpretación que le de cada uno.
 
 
Así pues: en este terreno brumoso de la creencia me temo que se puede pensar una cosa y, ¡cómo no!, la contraria. Lo que no se puede es imponer ninguna de las dos opciones como una verdad absoluta e incontestable. He ahí la grandeza de nuestra libertad. La opción siempre es tomar o dejar de hacerlo.
 
 
Si me preguntan qué opino yo, les diré que de si de mí depende interpretar a no la profundidad del mensaje que pienso que subyace en los hechos acontecidos en la mina San José, si de mí depende ver o no ver, ver o mirar, contemplar meras letras garabateadas en una pared o interpretar una lógica mucho más profunda… si de mí depende, elijo quedarme con el criptograma que creo se ha dibujado a trazos bien gruesos delante de nuestras narices; un criptograma que, en realidad, se descifra con palabras bien sencillas: esperanza, amor, lucha, buen trabajo, unión, empatía, familia, alegría, lección, misterio, respeto, renacimiento, humildad, reconciliación, trascendencia, gratitud…
 
 
Quienes haya tenido la oportunidad de visionar, asimilar y aceptar sin prejuicios “Señales” (Signs, 2002), infravalorada y singular cinta del casi siempre genial M. Night Shyamalan (su Airbender no hay por dónde cogerla), entenderán a qué me refiero.
 
 
  • "esperanza, amor, lucha, buen trabajo, unión, empatía, familia, alegría, lección, misterio, respeto, renacimiento, humildad, reconciliación, trascendencia, gratitud". Pues bien de todas ellas me quedo yo sobre todo con una lección. Porque esa lección están todas las demás. Han dado una lección al resto del mundo con lo que han hecho. Chile ahora es mucho más Chile. España en el desastre también da lecciones de ese tipo, como en el 11M. ¿Esperanza? Ahora mismo tengo la esperanza de que salgamos del agujero en el que estamos. ¿Reconciliación?...lo dudo por el momento (y por desgracia). Y en cuanto al patriotismo...en eso si que nos pueden dar muchas lecciones.
    28.10.2010 RAR
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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