La Opinión de Hermann Tertsch

Seguridad

01.12.2010 | 0 Comentarios
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En los asuntos públicos nos gusta la transparencia. Para mantener el control sobre quienes dirigen y trabajan en el aparato del estado y en la economía. Y para exigirles responsabilidades. La transparencia es un baremo de la calidad de una democracia.

El hecho, por ejemplo, de que España bajo este gobierno haya cedido varios puestos en el ranking internacional de transparencia debería preocuparnos. Pero hay campos en los que la transparencia entra en conflicto con otras prioridades como la seguridad. Por eso todo estado maneja información secreta o confidencial. Porque el carácter de esta información la convierte en peligrosa de caer en manos de quienes por un motivo u otro son enemigos del estado y de la seguridad.

Desde los terroristas, a las dictaduras, a los traficantes de drogas o de seres humanos. Ahora hay quienes quieren acabar con todos los secretos. Con todos los secretos de las democracias, hay que subrayar. Porque los de las dictaduras y regímenes autoritarios o no son de su interés o están fuera de su alcance. El adalid de esta campaña por la transparencfia es paradójicamente una muy oscura organización, Wikileaks.

Se dedica a fomentar el delito de la filtración de documentos secretos de las democracias y distribuirlos a cierta prensa para su publicación. El periodista que recibe una documentación secreta robada ha de sopesar si tiene el suficiente interés público. Es decir si revela unos delitos superiores al propio delito de la filtración. Si beneficia al bien común. Y si no produce daños irreparables a terceros.

Cuestión de conciencia. Creo que en el caso de la filtración de 250.000 documentos secretos robados al departamento de estado norteamericano no se han dado las condiciones. Podrán llenar periódicos durante meses con comentarios de embajadores sobre Berlusconi o Merkel, sobre Gadafi o Zapatero, pero no es más que cotilleo de diverso nivel. Con millares de documentos elaborados por la diplomacia norteamericana por cierto con mucha profesionalidad. No hay delitos ni hechos cuya revelación haga mejor, más segura y transparente la democracia norteamericana o de sus aliados.

Este aluvión de información inconexa y descontextualizada apenas tiene esencia. Frente a ello, es incalculable, es todo caso inmenso el daño que hacen esta filtración y la ruptura de las comunicaciones secretas y los pactos de confidencialidad. Fuentes de información vitales para nuestra seguridad no volverán a hablar. Fuentes potenciales no hablarán jamás.

Nadie sabe cuánta gente sufrirá represalias tras deducirse su identidad. Ni cuantos atentados se podrían haber evitado y redes internacionales desmantelados con las fuentes enmudecidas. El balance castizo aquí en España es que el izquierdismo quiere la dimisión del fiscal general por una actuación impecable, ¡vaya paradoja!. El balance global es un gravísimo daño a la seguridad de las democracias occidentales. Todo por unos cuantos días de chascarriillos

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