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Riesgo de turistas

26.07.2011 | 0 Comentarios
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Turistas en el Índico. Más concretamente: turistas en las costas de Somalia. Turistas de riesgo. El frame de esta semana corresponde a una imagen del reportaje de Treinta Minutos “Piratas del siglo XXI”, un documental de la BBC que describe con exhaustividad, desde el interior de la costa somalí, cómo este tipo de pirata ejerce su actividad criminal.

Les decía que el frame corresponde a unos turistas, Chloe, Forent y su hijo Colin, que en marzo de 2009 pusieron rumbo con su yate de aventureros tapiocas hacia el Canal de Suez. Seguro que hay formas más sensatas de llegar al Mediterráneo desde África, pero lo cierto es que a matrimonio de renegados de la tierra firme les pareció una magnífica idea izar las velas hacia el Índico, así, sin más, de una tirada, y bordear el celebérrimo cuerno de África directos a Suez. Pero ocurrió una fatalidad hasta cierto punto previsible: el yate fue abordado por los piratas somalíes; con tan mala fortuna que, además, la familia de grumetes se vio inmersa en medio de una operación de rescate de la armada francesa que se saldó con la muerte de dos piratas y con el fallecimiento por fuego cruzado del capitán del yate familiar; es decir, con el fallecimiento de Florent, el padre.

“Hay gente pa tó” reza con resignación la castiza sabiduría popular; y tiene razón esta sabiduría, como siempre. Hay turistas de todo tipo: desde los de corto vuelo que, como mucho, llegan a la chopera del río más cercano a su ciudad y acampan con tortilla y pañuelo de nudos en la cabeza, hasta los sofisticados cosmopolitas que dan varias veces la vuelta al mundo para acabar, como decía Chesterton, en el mismo sitio del que partieron, solo que más viejos y pequeños. Entre unos y otros, florece cierta estirpe de turistas que, son, en sí mismo, un misterio de la naturaleza: los turistas del riesgo. Como Florent. Como Chloe.
Aunque, bien pensado, en su descarga hay que decir que estos turistas pecaron más bien de ingenuidad, de imprudencia. Pararon cara su osadía.
Sin embargo, existe otra subclase de turistas de riesgo a los que no cabe conceder ni el beneficio de la duda: buscan el riesgo, no por despiste o por accidente, sino por deseo puro y duro de emociones fuertes.

¿Les apetece a ustedes, queridos lectores, darse una vuelta conmigo por una auténtica ciudad fantasma, escenario real de un apocalipsis nuclear, una ciudad que recibió quinientas veces más radiación que la mismísima Hiroshima? Les invito a ustedes a que me acompañen a un viaje guiado a Prypiat, una ciudad ucraniana situada a tan solo dos kilómetros de la malograda central de Chernóbil; aunque parezca mentira, hay quienes pagan –y no poco dinero, por cierto- por recorrer a pie, con contador Geiger en mano, esta zona nuclear olvidada de Dios y de los hombres: colegios abandonados, con pupitres tal y cómo los dejaron los niños evacuados; cines y salas de teatro congelados en el tiempo; parques con vegetación y fauna mutantes; casas, estaciones de tren, tiendas de ultramarinos, bares, vehículos… chisporroteados por la radiación. Si alguno de ustedes ha visto la magnífica “Stalker”, de Andrei Tarkovsky, sabrá perfectamente a qué me refiero. La realidad siempre supera a la ficción.
Turistas de riesgo.

O , si no: ¿recuerdan la guerra de Bosnia? Sarajevo, Mostar. Verano del 95. Las masacres. Los francotiradores. El infierno de los Balcanes en pleno apogeo. Pues bien. Hubo casos de turistas europeos, hastiados de la vida, ávidos de emociones fuertes, que eran conducidos hasta el frente desde Italia, vía Croacia, vía Mar Adriático, para darse el gustazo de dar algunos tiros en el campo de batalla. ¿Leyenda urbana, exageraciones de la prensa? Mucho me temo que hay gente capaz de eso y de mucho más.

Al parecer, a este tipo de turismo extremo, adicto a las descargas de adrenalina más grotescas y vergonzantes, se le conoce como “turismo negro”: este público lo mismo se mete de cabeza, como si nada, en las calles de Tepito, uno de los barrios más peligrosos de Ciudad de México, que se da una vuelta por las favelas de Río con la misma naturalidad de quien baja a la tienda a por tabaco.

Irak, Afganistán, Somalia, Corea del Norte: ni el terrorismo, ni la delincuencia, ni la guerra, ni el régimen totalitario, ni el hambre, ni las epidemias, ni los insectos y los reptiles peligrosos, ni la climatología o la orografía extremas… disuaden a cierta clase de turista de su zambullida en el ojo del huracán. No hablamos, claro, de aventura, ni de exotismo, ni de búsqueda de la naturaleza salvaje; ni, por supuesto, hablamos del deseo de tender una mano desde la opulencia de occidente a quien nada tiene al otro lado del globo: cuando hablamos de este tipo de “turismo negro” (también conocido como “dark tourism”) hablamos de desprecio por la propia vida, de falta de respeto por las propias condiciones miserables en que se desenvuelven los habitantes de dichos países.

Hablamos de fascinación por el mal, de reservar asientos en primera fila para contemplar el circo del horror.
Esa fascinación es la que impulsa a determinadas personas a viajar desde la otra punta de Europa para conocer la casa de Josef Fritzl, donde el denominado “monstruo de Amstetten” ejecutó durante años sus crímenes incestuosos; es la fascinación que atrae a quienes llegan a Portugal, pidiendo ser alojados específicamente en la misma urbanización, en el mismo apartamento de Praia da Luz donde los MacCann perdieron a su pequeña Madeleine; es lo que buscan quienes peregrinan a Nueva Orleans para conocer las zonas aún devastadas por el Katrina, antes de que la mano reparadora del tiempo y el esfuerzo de los hombres buenos evapore para siempre los restos del huracán. Es la fascinación que impulsa a los extranjeros impúdicos que, atraídos como polillas por calor de Fukushima, acuden a esa región maldita de Japón a contemplar desde la barrera los restos del naufragio.

Simple y puro morbo. Atracción por el espectáculo de la desgracia ajena. Falta de humanidad, de empatía, de respeto. Cualquier cosa que pueda decirse es poco.

Lo más triste, lo más preocupante es que esta especie siniestra de turistas oscuros, después de su particular tour por el lado salvaje de la existencia, regresan a sus lugares de origen, a sus países confortables y seguros, y se emboscan, se vuelven a mimetizar en su entorno; quién sabe dónde, quién sabe entre quienes. Más que turistas de riesgo, me parecen, en sí mismos, un riesgo de turistas.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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