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Rico, rico...

24.11.2010 | 0 Comentarios
Viridiana
¿El frame de esta semana? Recién congeladito, para ustedes se lo traigo: el inconfundible chef Abraham García, embutido en su delantal de faena, removiendo una inmensa cacerola de marisco en la cocina de su restaurante Viridiana. La imagen pertenece a “¿Quién dijo ricos?”, nuestro último Treinta Minutos, donde nueve profesionales (arquitectos, cirujanos, notarios y empresarios), todos ellos perceptores de ingresos anuales superiores a los 120.000 euros, critican la denominada “tasa Robin Hood”, el último y polémico incremento del IRPF aprobado por el Gobierno para las rentas más altas.
 
 
Contemplo a Abraham García metido en faena, sudando, enérgico, ejecutando sin remilgos de divo una de sus creaciones culinarias; viéndole disfrutar de su arte, me reconcilio con la Alta Cocina: casi puedo sentir el olor del jugo de nécoras que está preparando, percibir el aroma de fascinantes, desconocidas, imposibles reducciones y salsas procedentes los fogones cercanos, escuchar su sublime borboteo. A mí me gusta sentir que el creador, sea éste chef, pintor, escultor o director de orquesta, se implica hasta las últimas consecuencias en su obra; en este caso, me encanta saber que el plato, por muy refinado y exquisito que sea, tiene el encanto de que ese autor ha dejado en su obra parte de su trabajo personal, de su fuerza física, de su energía, incluso de su sudor (sí, de su sudor: sé bien que ese ingrediente -no tan metafórico- marida más bien poco con el arte culinario, pero vaya, es lo que tiene, como bien saben, trajinar entre lumbres).
 
 
Lo que quiero decir es que para que un cocinero me resulte creíble, auténtico, sincero, simpático, como Abraham García, me gusta verle inmerso en lo suyo, que, lógicamente, no es otro sitio que su restaurante.
Lo que no me parece estimulante -y menos aún, sugerente para mi apetito- es tener que sufrir día y noche a otros muchos popes de la alta cocina, escucharles en tertulias radiofónicas mientras dan lecciones de Filosofía de la Historia, contemplarles en la Universidad y en otros púlpitos mediáticos mientras ofrecen recetas que nada tienen que ver con lo culinario; y, desde luego, menos credibilidad –aunque son muy libres de hacerlo- me transmiten aún los tenores de los fogones cuando me topo de bruces con sus rostros, impresos en la solapa de un tetrabrick de sopa de pollo, apadrinando lo imposible.
 
 
¿Saben qué me confesó uno de estos popes sagrados de la alta cocina –no citaré su nombre, por prudencia y discreción- hace ya algunos añitos? En un alarde, no tanto de sinceridad cuanto de desparpajo, aquel hombre, mientras mis compañeros cámaras filmaban las excelencias de la cocina de su restaurante, me dijo off de record: “a mí este local no me da dinero; sólo el sueldo de los cocineros y a los camareros es una ruina; el local es sólo un trampolín, un escaparate a la fama, que me ha servido para conseguir un nombre, una marca; esa marca, esa es la que genera negocio y dinero”. El hombre incluso me adelantó un proyecto que tenía de apadrinamiento de comida rápida que le iba a hacer poco menos que millonario.
 
 
Respeto este planteamiento empresarial, pero, desde luego, no lo comparto. Cuando escuché aquello, lo primero que pensé es que aquel gran cocinero demostraba bien poco cariño hacia su restaurante, hacia sus propias creaciones, pero, sobre todo, muy poco respeto hacia sus clientes.
Les diré, queridos bloguer@s, que a mí o me parece mal la ambición, el deseo de expansión del negocio, la difusión de la franquicia digna (siempre que ésta mantenga el mismo nivel de calidad y excelencia que la empresa matriz): lo que me parece mal es que alguien que se juzga a sí mismo como artista, como creador, como élite, como una suerte de arriesgado pionero que desea algo más que llenar estómago vacíos, que se precia de haber descubierto nuevos mundos de texturas y aromas insospechados, se muestre tan desligado de la esencia de su profesión, de sus clientes reales y directos, de su público real; en definitiva: de sus guisos.
 
 
No nos engañemos. Se trata sólo de eso. Ni más ni menos: de guisos. Distintos, refinados, depurados, fantásticos, imaginativos, indómitos (no sigo con los epítetos), pero de guisos.
Un guiso es una cosa muy seria. Lo digo, ahora sí, sin ironía. Puede ser delicioso, tener una arquitectura y una química fascinantes, una textura que desafíe las leyes de la física y de la lógica, pero, si no tiene alma, si no tiene dentro de sí el cariño de su creador…
 
 
Seguramente a causa de la crisis económica –pero no sólo por ella- muchos nos hemos ido sintiendo como desencantados, divorciados, escaldados de muchos de los planteamientos de la Alta Cocina, que, hace sólo dos o tres años, eran casi un dogma universal de fe.
Abraham García, que sí pone alma en su trabajo –se lo avanzaba a ustedes antes- me ha reconciliado con ese mundo. Al menos, en parte.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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