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Retrato del eterno adolescente

03.02.2012 | 0 Comentarios
Sexo adolescente
Si un extraterrestre con ínfulas de antropólogo (un antropólogo alienígena que fuera absolutamente lego en nuestra morfología y nuestras costumbres) bajara a la Tierra con su platillo para conocer cómo organizamos nuestros asuntos mundanos, encontraría, no me cabe duda, serias dificultades para entender ciertas cosas. Ciertas cosas que ni nosotros mismos, los humanos, sabemos explicar.
 
Supongamos que, nada más aterrizar, nuestro buen neptuniano (sí, sí, neptuniano, ¿por qué no? Al fin y al cabo Neptuno es un planeta injustamente menospreciado en la iconografía de la ciencia ficción) visitara al azar, para hacer una encuesta, digo, un hogar cualquiera de un barrio cualquiera de una ciudad cualquiera de nuestra España del siglo XXI. Pues bien; yo creo que lo primero que haría el neptuniano sería preguntar algo como esto:
 
-Y dígame: ¿cuántos son ustedes de familia?
-Cuatro somos –contestaría el padre-. Mi mujer, yo y nuestros dos hijos, que ahora mismo están en sus cuartos.
-Bien. Pero, para que me quede claro, los padres… -aventuraría el neptuniano- los que traen el pan a casa, son ustedes, ¿verdad?…
-Nosotros somos, en efecto –responderían con orgullo los cabezas de familia-. Ana y Joaquín, para servirle.
-Ah, pues son ustedes muy amables por recibirme en su hogar –agradecería el neptuniano-. Así que ustedes dos son lo que en terminología terrícola se denomirían dos “adultos”. ¡Admirable! ¿Y sus hijos? ¿Podría conocerles a ellos también? Es que como nunca he visto una criatura humana…
-¡Cómo no! –respondería la madre-. Ahora mismo se los presentamos: ¡Juanito, José Luis, venid a conocer a este señor, que quiere saludaros!
Y Juanito y José Luis saldrían de sus respectivas habitaciones y se plantarían ante el neptuniano, como si tal cosa. El neptuniano les estudiaría de arriba abajo y observaría lo siguiente: vería a Juanito, un chaval de unos 14 años de un metro sesenta de estatura, y a José Luis, un bigardo de 30 tacos y un metro ochenta y tres.
-¡Anda, que cosa más curiosa! –exclamaría el neptuniano-. Sus hijos se les parecen a ustedes un montón. Y entre sí, también se asemejan. Como dos gotas de agua: los ojos, el color del pelo, el gesto. Sin embargo, mirándoles bien, hay algo que no me cuadra…
-¿A qué se refiere usted? –preguntaría el padre.
-Me refiero a la edad –puntualizaría el neptuniano-. Su hijo José Luis, a ojo de buen cubero, diría que es casi tan adulto, como ustedes. En cambio, Juanito, por lo que veo, es apenas un adolescente. ¿Me equivoco?
-En absoluto –confirmaría la madre dándole una palmada en el hombre a cada mozo-. El mayor le saca 16 años al pequeño. Es que mi marido y yo nos casamos muy jóvenes…
-¡Vaya, ahora lo comprendo! –exclamaría el extraterrestre-. Y, digo yo, ¿podría realizarles a sus hijos un cuestionario tipo test? Necesito conocer más cosas sobre los terrícolas. Soy antropólogo, ¿saben? Serían unas preguntitas de nada, con una finalidad estadística: estudio las costumbres de este planeta: las diferencias, los matices de cada edad, las peculiaridades…
-Por supuesto que puede hacerles un test, señor –responderían los padres-. Pregúnteles, pregúnteles lo que usted quiera a los chavales. De hecho, le dejamos a solas con ellos, para que estén más sueltos en las respuestas.
 
Y el buen neptuniano, el pobre, sentado bolígrafo en mano entre las dos criaturitas durante hora y media, preguntaría y preguntaría a los susodichos vástagos, y obtendría de Juanito y de José Luis las siguientes características comunes en las respuestas del test:
 
a. Ambos viven bajo el mismo techo y, como no trabajan, ambos dependen económicamente de sus padres.
b. A ambos les apasionan los videojuegos de guerra, los realitys y la comida basura.
c. Ambos, como es natural, tienen sendos perfiles en redes sociales y, respectivamente, tienen agregados tres o cuatrocientos amigas y amigos a los que no conocen cara a cara.
d. Ambos salen de marcha, como mínimo, un par de noches en semana; vuelven a casa a la hora que quieren y traen a casa a quien quieren. Los padres no hacen preguntas.
e. Ambos consumen regularmente alcohol y fuman la misma marca de tabaco. A este respecto, sus padres tampoco hacen preguntas y les financian sus vicios con sus respectivas pagas semanales.
f. Ninguno de los dos hermanos sabe cocinar unas lentejas, ni planchar una camisa, ni poner una lavadora, pero, para compensar, ambos saben perfectamente cómo abrir los puertos del Router para que el Emule les vaya como un tiro.
h. Ambos comparten sus gustos musicales: ambos albergan las mismas diez o quince mil canciones de pop, rock y música electrónica en cada uno de sus respectivos mp3 de 32 gigas.
i. Ninguno de los dos hermanos tienen decidido a qué se van a dedicar en la vida.
 
Ni que decir tiene que el buen neptuniano, después de realizar su cuestionario a los jóvenes terrícolas, no entendería nada: “¿en qué se diferencian entonces –se preguntaría anonadado el alienígena- un adolescente terrícola de 14 años y un mocetón de 30 que sigue viviendo en casa de sus padres? Porque ambos, el de 14 y el de 30, llevan una vida muy parecida: comparten gustos similares y llevan un estilo de vida parejo, asumen un grado de responsabilidad similar (es decir, nulo) y tienen un grado de libertad muy semejante (es decir, enorme)”.
 
Como los neptunianos son seres muy bien educados, una vez realizado su test, nuestro antropólogo alienígena pondría una sonrisa de compromiso, se encogería de hombros, se subiría a su platillo y marcharía hacia Neptuno con la absoluta certeza de haberse ganado en una sola tarde el sueldo de un mes completo: habría obtenido, en sólo hora y media de trabajo, un retrato muy valioso: el retrato de un adolescente; y lo que es aún mejor: el retrato del eterno adolescente.
 
Es obvio que lo que acabamos de recrear en este post es una hipérbole, una licencia exagerada, una ficción acientífica que no representa de manera generalizada a la juventud española; sólo, quizá, a una parte de la misma.
 
Sin embargo –y en esto sí coinciden sociólogos, psicólogos y antropólogos- lo cierto es que está proliferando un fenómeno curioso en Occidente: la adolescencia, más que un periodo de maduración donde se transita paulatinamente desde la niñez a la juventud, está deviniendo en un estado mental, una actitud vital deliberada y voluntaria que se extiende desde los doce o trece años hasta bien pasada la treintena, sin fases intermedias ni proceso madurativo progresivo. ¿Puede existir una epidemia del “síndrome de Peter Pan”? No lo sé. Lo que sí sé es  que resulta preocupante el fenómeno, radiografiado por algunos expertos que intervienen en el último reportaje de Treinta Minutos, titulado “Sexo adolescente”).
 
Vamos que, visto así, es comprensible que los neptunianos que nos visitan –como todo el mundo sabe-  salgan de nuestro planeta con su platillo volante a todo gas.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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