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Presente continuo

16.05.2012 | 0 Comentarios
Bautizo del Prícipe Felipe

 Aunque el frame de esta semana no corresponda a un bautizo cualquiera (como pueden observar, los padres del bautizado que aparece en este fotograma son los Reyes de España y el niño es el Príncipe Felipe), lo que nos evoca una imagen como esta, en sobrio blanco y negro de finales de los años 60, es acaso una sensación similar a la que nos invade al rememorar fragmentos de nuestro propio pasado personal, bautizos, bodas o comuniones, fragmentos de días ya lejanos, capturados en película de super8 o en papel Polaroid.

Resulta que durante las semanas de preparación del reportaje que ha emitido esta semana Treinta Minutos “Comprometidos con España” (un exhaustivo recorrido alrededor de las últimas cinco décadas de nuestra Historia a propósito de las Bodas de Oro de los Reyes), según he ido sumergiéndome más y más en el pasado, he caído en la cuenta en un curioso fenómeno psicológico en el que no había reparado hasta ahora: resulta que la imagen contemporánea de foto y video, es decir, la imagen digital de alta resolución que están conociendo las generaciones más jóvenes, ha ido desdibujando progresivamente su textura. ¿Es esto grave?, se preguntarán ustedes. Grave, grave, según se mire, porque la textura no es otra cosa que una valiosísima cualidad visual que permite ubicar cada instante filmado en su época correspondiente.

En el pasado, cuando contemplábamos una foto o una imagen en movimiento, ya fuera un daguerrotipo, un film en technicolor, una cinta de Cine Exin, una instantánea de fotomatón o una película de tomavistas de nuestras últimas vacaciones en Torremolinos, a poco que observáramos la textura de la misma, éramos capaces de decir: “¡mira tú cómo era el mundo en el siglo XIX o a principios del XX; cómo eran las cosas en los años veinte, en los cuarenta, los sesenta, los setenta..!”. Ello sucedía así porque la textura de la imagen, sus cualidades pictóricas, su definición, su temperatura de color, su grano, su profundidad de campo, su flujo en el tiempo si se trataba de imagen en movimiento, en definitiva, todos aquellos matices que construyen una representación virtual y concreta de la realidad en celuloide o papel, tenían una personalidad marcada, determinante, una especie de huella identificadora que instintivamente nos permitía orientarnos cronológicamente respecto a la realidad que representaban.

Un buen día, llegaron los años 80 y se democratizó el video (“Video kill the radio star”, ¿recuerdan?): cambió la textura, se degradó ciertamente la calidad de la representación, pero, aun así, no quedamos desubicados los usuarios, porque, ya fuera en clave de videoclip o a golpe de telediario, nos reconocíamos en la imagen y decíamos: “estamos en los 80, mira qué bien, qué colores tan lindos, qué colores tan horteras; todo es distinto respecto a los 70 y los 60, y, desde luego, estos 80, que son nuestros, qué poco se parecen a todo lo anterior”. Y así, visiona que te visiona vhs, umatic, betamax, video2000, y betacam, podíamos sentir una identidad audiovisual ochentera, hoy día inasumible, todo lo que ustedes quieran, pero era una identidad propia, y hasta podíamos mirar por encima del hombro al mismísimo Niépce y a los hermanos Lumiere, y no pasaba nada. Vamos, que, equivocados o no, sabíamos dónde nos encontrábamos, visualmente hablando.

La cosa continuó así, con ligeras variaciones, hasta que, a finales de los 90, se popularizó la imagen digital: la irrupción de torrentes de ceros y unos, cada vez más acelerados y caudalosos, dio paso al amanecer de la alta definición, doméstica o no, a la loca carrera de los megapíxeles, a las cámaras con sensores cada vez más estratosféricos. Ahí, exactamente ahí, empezaron a diluirse las barreras temporales de la memoria audiovisual. Ahí comenzó lo que podríamos denominar un “presente continuo” de la imagen contemporánea.

Desde los 90 hasta ahora vivimos en un presente continuo audiovisual que quién sabe si no durará para siempre.

Si lo pensamos bien, resulta cada vez más complicado distinguir entre una superproducción de Hollywood que haya sido rodada en 1999 (pongamos un “Matrix”, por ejemplo) y una cinta filmada en 2012 (digamos un “Battleship”, por seguir en la misma línea temática). ¡Claro que hay matices y variaciones, y claro que existen condimentos de color que permiten discriminar unas obras de otras, pero, en cualquier caso, la elección de la textura de la imagen, de sus cualidades visuales, está determinada por el gusto del director de fotografía, no por las limitaciones técnicas de la época. Ya no existen limitaciones técnicas. Hablo de cine, pero lo mismo puedo hablar de la imagen documental en HD que refleja nuestro mundo, de la imagen de los informativos, del video de nuestra boda o de nuestra última fotografía que subimos a Facebook… ¿Alguno de ustedes se siente capaz de diferenciar una fotografía casera procedente de un móvil decentito o de una cámara compacta que haya sido tomada hoy, de la imagen de un dispositivo análogo de, pongamos, hace tres o cuatro años? Yo, desde luego, no me considero con fuerzas de realizar el experimento. (mi viejo Nokia N73, que duerme ya en el corral de los quietos, ahí donde le ven, no exagero, con su lentillita Zeiss, haría sonrojar en calidad pictórica a la mitad de los smartphones que se venden actualmente).

Lo repito: visualmente, estamos desubicados en un perpetuo presente continuo, porque es imposible ya discriminar qué imagen pertenece al pasado o al futuro.

Fíjense, si no, en el fenómeno Instagram.

Instagram es una exitosa red social donde los usuarios registrados pueden subir rápidamente a la nube las fotografías que realizan desde el móvil. Estas fotos, comentadas o no, se publican en apenas cinco segundos y son contempladas al momento por millones de seguidores en todo el mundo. Pues bien: una de las claves del éxito fulgurante de Instagram (no olvidemos que Facebook acaba de pagar 1000 millones de dólares por adquirir esta aplicación) ha sido integrar inteligentes filtros fotográficos que confieren una determinada textura a cada imagen. Estos filtros automáticos, predeterminados, otorgan una cualidad muy especial que desubica en el tiempo a aquellas imágenes que acabamos de capturar, aunque estén tomadas hace media hora.

¿Acaso no les desubica a ustedes contemplar una instantánea de las Cuatro Torres de la Castellana con look retro, digamos,  años 50?

A mí, desde luego, un poco, sí.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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