1 frame de 30

Nosotros, los de entonces

11.11.2011 | 1 Comentarios
Blog 30 Mineros

…ya no somos los mismos”, reza el célebre verso del poema de Neruda.

¿Son los mismos aquellos treinta y tres mineros chilenos que, tras permanecer dos meses enterrados en la mina San José, emergieron a la superficie y se reintegraron al mundo? De esto trata exactamente el último Treinta Minutos, titulado “¿Qué fue de los 33 mineros chilenos?”, una especie de “qué pasó con” elaborado por la BBC que arroja una no despreciable enjundia de conclusiones éticas y antropológicas sobre el concepto de celebridad: dicho documental investiga hasta qué punto una tragedia felizmente resuelta ante las cámaras de televisión de todo el planeta -y la fama sobrevenida que tiznó a continuación a los mineros y a sus familias- han cambiado para siempre aquellas treinta y tres vidas.

La vida mancha, decía el título de una película de Urbizu; y la fama, más, añado yo.

La fama, cuando es deseada y perseguida por quien no la tiene, no cambia realmente a la persona que corre detrás de ella, porque precisamente en el anhelo de aquel que persigue la notoriedad por la notoriedad hay ya rasgos de personalidad marcados que delatan lo desordenado de ese apetito; rasgos que, después de obtenido el propósito de la búsqueda, se confirman y se refuerzan en un todo indistinguible. De todas formas, de cara a este post, no me interesa detenerme en este tipo de espécimen humano que, desgraciadamente, superpuebla el ecosistema catódico hispano.

Creo más pertinente indagar esta semana en “1 frame de 30” qué le ocurre a los ciudadanos normales y corrientes, a los Juan Nadie como ustedes o como yo, cuando la fama llega a sus vidas sin avisar, cuando entra por la puerta del domicilio sin ser reclamada ni deseada por el inquilino.

“No quiera usted conocerlo, amigo bloguero”, me responde el ganador de un premio gordo cualquiera de la Lotería. “Míreme a mí; tan tranquilo marchaba yo por la vida, de incógnito, con mis trabajos y mis días a cuestas, con mis hipotecas y mis desvelos de a pie, cuando el azar y el capricho de los cinco dígitos de un décimo me arrojaron a las fauces de la arena pública: los medios de comunicación multiplicaron la notoriedad de mi rostro y, al hacerlo, brotaron los amigos y los familiares, y los conocidos de los amigos y de los familiares; a partir de ahí, todo fue ya erupción de criaturas depredadoras y de sanguijuelas. La fama, pues, ni me la nombre”. (si me permiten un inciso, qué pena que Frank Capra haya pasado a la gloria sólo como cineasta y no también como filósofo de la vida).

Lo mismo que nos referimos a los infortunios de la Fortuna también podríamos aludir a las desventuras que acontecen a quienes protagonizan heroicidades y alcanzan fama en vida por ellas; esta variedad humana (poco frecuente, por cierto) es, además, frágil y especialmente vulnerable a la presión de los medios de comunicación, que amplifican hasta la estratosfera la caricatura. Cuando el rostro del héroe (aquel que salva una vida humana, que se enfrenta a un matón o que sobrevive a un meteoro) deja de ser anónimo, deviene éste, sin comerlo ni beberlo, de héroe en superhéroe, de ciudadano raso en prócer, de pupilo en doctor. Propagada a los cuatro vientos una heroicidad, a partir de ahí, del héroe se espera todo, se quiere todo, se presupone todo. Luego, el tiempo y las limitaciones humanas ya se encargan de colocar a cada uno en su sitio, de entreverar las gamas de negros y blancos con grises, de confundir las luces con las sombras. Pero, ¡qué quieren!, después de todo, así es la naturaleza humana.

¿Y qué decir de la fama cuando llega de repente por grandes méritos académicos, o a causa de inventos y descubrimientos que redundan en beneficio de la raza humana? ¡Qué decir de esta fama, no menos traidora y embaucadora que las otras! “Inmerecida fama ésta la mía; después de todo, enanos somos a hombros de gigantes, testigos que recogen la herencia de quienes nos precedieron en los siglos”. ¿Les suena? Es lo que afirman comúnmente quienes por esta clase de fama se sienten bendecidos. No dudo de la sinceridad de estas palabras del Nobel de turno cuando el personaje laureado es modesto y sabio, pero, ¡ay!, ¡cuántas veces hemos oído estas mismas palabras sonando hueras y poco diáfanas, como los falsos decorados de plexiglás y cartón piedra!

Dicho todo esto, de todas las tipologías de fama, de todas sus variedades y categorías, la más triste y venenosa, sin lugar a dudas, es la fama póstuma. La fama, cuando sobreviene tras la muerte, deja al difunto inerme, nunca mejor dicho, expuesto a la tormenta de elogios y lisonjas que buscan cebarse en la reivindicación tardía, en el descubrimiento postrero de las excelencias del vivo que fuera y ya no es. Díganme: ¿cómo puede defenderse el muerto de esta clase de fama, cómo puede afrontar el ímpetu de su rugido, ese bramido que crece insospechadamente hasta devorar por igual verdad y falsedad?

Fama que a todos cambias, a nosotros, a estos y a aquellos, a los de entonces y a los de ahora: si no quieres acordarte de nosotros, no te esfuerces, que tanto nos da.

Fama, como diría el gran Fernando Arrabal: ese trozo de nada que el artista agarra sin saber por qué.

  • ¿Por qué será tan fácil acostumbrarse a lo bueno y tan difícil acostumbrarse a lo bueno?, sí, han leído bien, en el primer caso me refiero a la fama y todo lo que ello conlleva y, en el segundo, a cuidar de nosotros mismos y de los que nos rodean, a vivir conforme a lo que realmente es bueno para nosotros. ¿Por qué será?
    23.11.2011 alias
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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