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No oír, no ver, no hablar

09.12.2011 | 0 Comentarios
Blog mafia
“No oír, no ver, no hablar”. Es la regla de oro para no tener problemas en Nápoles, el territorio donde opera la “camorra”, la mafia más sangrienta y peligrosa de Italia. Es la realidad que muestra en toda su crudeza el último Treinta Minutos: todos los crímenes de la “camorra”, los cometidos por este grupo mafioso en medio de un oscuro callejón solitario a las cuatro de la madrugada, pero también los perpetrados a plena luz del día en una tienda abarrotada de clientes, tienen un nexo común: silencio.
Yo no quiero hoy en este post hablarles a ustedes de las mafias italianas, de las que sé poco más que lo que nos enseñó Coppola en la trilogía de “El padrino” (no, confieso aún no he visto ni un solo episodio de “Los soprano”, pero estoy en ello), sino que me gustaría reflexionar sobre la regla de oro que encabeza esta página, el célebre “no oír, no ver, no hablar”.
Verán: yo creo que, en nuestro día a día, algunas veces actuamos rigiéndonos con ese criterio del mutismo absoluto, del no querer problemas, del mirar para otro lado, y creo que lo hacemos, para más inri, sin que nadie nos extorsione ni nos amenace al estilo de los camorristas napolitanos. Lo hacemos por hábito, por rutina, por pereza o por indolencia, incluso por ignorancia, lo cual, probablemente, es peor, moral y éticamente hablando que la inacción por temor al camorrista.
Un ejemplo: los españoles no tenemos como virtud el saludable hábito de reclamar nuestros derechos como consumidores de manera normalizada y automática (empiezo por mí mismo, lo reconozco). Mientras nos van bien las cosas, mientras los cacharros funcionan, no cuestionamos nada ni levantamos la mirada del suelo. Lo que les suceda a los demás es cosa suya, ya se hunda el mundo. Sólo armamos la marimorena (mal, a base del consabido e inútil “¡usted no sabe con quién está hablando!”) cuando sufrimos en carne propia un abuso en la factura del teléfono móvil o el ADSL, cuando nos meten una clavada en un restaurante, o cuando nos sale rana el utilitario. Lo siento, queridos amigos: pero montar un pollo levantando la voz esporádicamente, acalorarse lanzando brindis al sol, no tiene nada que ver con tener una conciencia como consumidores. Los psicólogos modernos han bautizado con el concepto de “asertividad” la capacidad de exponer nuestro punto de vista y nuestras opiniones de una manera adecuada y proporcional, de reivindicar nuestros derechos sin alterarnos, manifestando nuestras razones y argumentos con el fin de obtener una determinada satisfacción a nuestras demandas, sin perder las buenas formas y sin tener faltarle al respeto a nuestro interlocutor. Pues bien: en lo que se refiere a consumo, los españoles no tenemos la menor capacidad asertiva. Pasamos del trato cordial y afable con el vendedor al “le voy a meter a usted una denuncia” casi sin despeinarnos. Protestar y reclamar no tiene absolutamente nada que ver con el insulto, la amenaza verbal ni con dar el espectáculo en público: tiene que ver con exigir racionalmente, con estar informado, con ser conscientes de que somos parte de un conjunto global de bienes y servicios en el que cada parte es indispensable para el buen funcionamiento del todo.
La regla del “no oír, no ver, no hablar” rige para otras muchas facetas de la vida cotidiana. Por ejemplo, proclamar abiertamente las ideas. Me da la sensación de que en este país da mucho pudor exponer aquello en lo que pensamos o creemos de una manera natural, sin aspavientos, sin ofendernos y sin ofender. La maldita guerra “incivil” española del 36 (tomo prestado el término una vez más al sabio y añorado maestro José Antonio Jáuregui Oroquieta), que partió España por la mitad, tiene buena culpa de ello. Yo no creo que los franceses o los norteamericanos o los ingleses sientan la menor vergüenza por hablar en público de la confesión que profesan o por hablar de los ideales en los que creen. Ellos saben que se han ganado a pulso el derecho y la libertad a hablar y a ser escuchados sin que nadie tenga que rasgarse las vestiduras por ello. En España, se diga lo que se diga, ocurre exactamente lo contrario: se habla y se discute mucho pero se respeta poco y se escucha aún menos. Lo que no se grita en las tertulias de café o en el taxi se oculta, todo sea por no meterse en camisas de once varas y que después le señalen a uno. ¡No señor! La libertad –que también se ganaron a pulso nuestros tátara tatarabuelos del XIX- consiste en poder decir lo que se piensa sin molestarse y sin molestar, con la verdad por delante, sin sentir sonrojo y sin sonrojar.
Por último, “No oír, no ver, no hablar” tiene mucho que ver también con recordar algo que no debiéramos haber olvidado los españoles, especialmente los españoles: nuestra vena quijotesca. Yo creo que la insensibilidad, el egoísmo y la insolidaridad son un mal flujo que no debe discurrir por nuestro torrente sanguíneo. El desentenderse de la desgracia ajena no va con nosotros ni con nuestro carácter, pero el arriesgarlo todo (o casi todo) por una causa buena, por los débiles, por los caídos en desgracia, sí. Por ello, la omnipresente crisis económica que todo lo toca con dedos sucios no puede ni debe servir de excusa para que los españoles que aún conservan su trabajo o que les va razonablemente bien metan la cabeza en la tierra, como los avestruces. No. Hay mucho dolor que se puede y se debe oír, mucha desgracia que se puede y se debe ver y muchas soluciones de las que se puede y se debe hablar.
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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