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Mismo perro con distinto collar

01.12.2010 | 0 Comentarios
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No; el frame congelado de esta semana no es un fotomontaje; ustedes, como yo, seguramente habrán mirado el frame, e, incrédulos, se habrán frotado los ojos un par de veces. Pero habrán visto bien: una vieja fotografía en blanco y negro en la que se puede apreciar una especie de frontispicio de bienvenida, engalanado con enredaderas vegetales y banderines; si han observado con detalle, habrán reparado también en que, en mitad de la foto, hay una pancarta con leyendas en varios idiomas y en que, encima de la misma, coexisten dos esvásticas nazis y una hoz y un martillo.
Esa foto, poco conocida, ahí donde la ven, es Historia. Historia con mayúsculas. Fue tomada alrededor de mediados de septiembre de 1939 y pertenece a una aldea polaca que se disponía a recibir la inminente llegada de las tropas extranjeras invasoras. Como saben, a esas alturas, Alemania y la URSS, Hitler y Stalin, habían firmado un pacto de no agresión que proporcionaba a los alemanes una frontera oriental segura; Hitler, en consecuencia, había invadido ya Polonia desde occidente, y la URSS, que vivía su particular luna de miel con los nazis, había hecho lo propio desde el Este con la tierra natal de Carol Woytila.
 
 
Vuelvo a nuestro frame, a la fotografía en cuestión de las esvásticas y la hoz y el martillo;  esa -en apariencia- incongruente coexistencia de símbolos antagónicos tiene una explicación: las autoridades de la aldea polaca no sabían si tendrían que dar la bienvenida a las SS o a las tropas del Ejército Rojo. Remarco lo que he dicho antes: soviéticos y nazis eran por aquel entonces cooperantes y cómplices en sus macabros planes de reparto de Europa y –como asevera el documental que ha emitido esta semana Treinta Minutos (“La verdadera historia de la Unión Soviética”)- se profesaban mutua admiración hasta el punto de colaborar de forma indecente y sanguinaria en no pocas de las primeras masacres de la Segunda Guerra Mundial.
 
 
Si lo pensamos bien, esos símbolos contrapuestos de la fotografía (y lo que representan) no son tan contradictorios, ni mucho menos; se ha dicho hasta la saciedad, pero conviene recordarlo: ambos totalitarismos, nazismo y comunismo, pretendían crear un “hombre nuevo” porque el viejo hombre, es decir, el ser humano que desde siempre ha sido, es y será, no les servía. Así de simple, y así de cruel. En el caso del nazismo, se trataba de exterminar a los elementos impuros de la raza; en el caso del comunismo, había que extirpar de la faz de la tierra a los enemigos de clase. Una falsa biología y una falsa sociología, respectivamente, justificaban lo injustificable. Los totalitarismos, como ustedes saben, son eficaces como nadie en técnicas varias de asesinato en masa y en métodos de amputación de la libertad, pero reparan más bien poquito en la Justicia, aunque de ella se engalanan, y con ella y en pos de ella se les llenan sus bocas ampulosas y mendaces.
Toda ésta retórica mía sobre los totalitarismos la resumen algunos viejos sabios con una simple frase: mismo perro con distinto collar.
 
 
“¡Terribles tiempos los del siglo XX, pero lejanos ya, por suerte, al fin y al cabo!” –dicen algunos menos viejos, no tan sabios, que suponen superadas para siempre las tentaciones totalitarias del nazismo y del comunismo, que provocaron la mayor sangría en términos de vidas humanas conocida por la Historia.
Verán. Yo no estaría tan seguro de que la tentación totalitaria esté del todo superada, ni mucho menos. Cuando digo esto no me refiero específicamente a los regímenes comunistas dictatoriales (o sus sucedáneos derivados) que aún quedan vivitos y coleando en diversas partes del mundo; ni tampoco a la falta de libertades y derechos humanos en la mayor parte de los países de hegemonía islámica; tampoco a las amenazas de invasión de los extremistas que desearían ver a Occidente bajo la sombra de la Media Luna; ni a las asonadas autocráticas del sudeste asiático; y, sin ánimo de resultar exhaustivo, tampoco me refiero a los vaivenes de la rocambolesca Rusia de Putin y Medvédev.
No. Cuando digo que el totalitarismo está -o puede estar- al acecho, me refiero a otra cosa; me refiero a algo más inquietante y difuso, a un algo, una entidad sin nombre ni forma, a un no sé qué que no sé definir con precisión pero que intuyo, más imprevisible que una futura invasión de tanques, más imparable e irresistible que una miríada de estandartes de uno u otro color acompañados de su nueva fanfarria triunfante y su renovada versión del “hombre nuevo”.
Todo esto da mucho miedo, pero, al menos, tiene rostro.
No es eso, no es eso.
 
 
El totalitarismo que temo es, más bien, un estado de ánimo y de pensamiento, instalado como un virus, letal y silencioso, en mitad de nuestra democracia, de nuestras democracias, de nuestra civilización. El totalitarismo que temo es una renuncia voluntaria y cobarde de nuestros valores, de nuestras raíces, de nuestra capacidad de tener pensamiento crítico y de nuestra posibilidad de elección. A ver si sé explicarme: ese totalitarismo no sería un cercenamiento deliberado de nuestra libertad proveniente de oscuros grupos de poder, ni sería una intromisión en nuestra intimidad electrónica y digital por parte de tal o cual gobierno, ni tampoco sería la vieja tentación política o judicial de éste o aquel cargo electo de pisotear nuestro Estado de Derecho. El totalitarismo que temo, diría, trasciende las ideologías conocidas y trasciende la política; lo he señalado antes: es un no creer en nada, un no esperar nada, un no saber nada, un no confiar en nada ni en nadie. Es una especie de podredumbre interior, un creerse uno el centro del universo sin serlo, porque sí, porque-yo-lo-valgo y ya está; es como una invasión silenciosa de egoísmo, de infantilismo (que no de inocencia), una falta de perspectiva histórica, un vaciamiento gradual del legado del pasado y un desdibujarse paulatino del horizonte de nuestro futuro, un mirar únicamente el aquí y el ahora.
 
 
Sería un totalitarismo que, con nuestra aquiescencia pero a nuestro pesar (¡vaya paradoja!), nos pone -sin que lo percibamos- una sonrisa boba en la cara, como de encantados de conocernos a nosotros mismos; una sonrisa que, cuando nos miramos en el espejo -como en el caso de los vampiros- no vemos, porque la superficie no nos refleja. Porque es lo que tiene esta clase de totalitarismo. Nos aleja de nuestra identidad, de nuestros apellidos, de nuestro ser y nos entrega en brazos del vacío más absoluto. En brazos de la nada.
Algunos filósofos, más o menos aprensivos, tiempo atrás, le pusieron nombre a esta amenaza, e incluso construyeron, con ella, sistemas enteros de pensamiento: le llamaron nihilismo.
Lo decía antes: al otro perro, el totalitarismo de siempre, aunque con distinto collar, le reconocemos en cuanto le vemos asomar el morro. Pero a esté otro monstruo…
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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