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Menos es más

17.03.2011 | 0 Comentarios
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“Menos es más”. ¿Conocen esta máxima? Pues me atengo a ella, la invoco desde la indignación y la ética, para reivindicar contención, para exigir mesura. ¿Que a quién exijo tales cosas? Pues ni más ni menos que a los creadores de efectos especiales, a los pirotécnicos cinematográficos, a los realizadores visionarios; en definitiva: a todos aquellos que, desde la presunta omnipotencia que confieren las herramientas digitales, la infografía y la imaginación desbocada, han recreado, recrean y recrearán en la pantalla grande, una y otra vez, las distintas visiones y versiones del apocalipsis.

Si observan el frame de esta semana, pronto identificarán ustedes que la imagen corresponde a la fuerza desencadenada de la naturaleza: devastación, horror, caos y muerte, consecuencias inmediatas e inevitables del terremoto de 9 grados Richter del pasado 11 de marzo y del posterior tsunami, que han provocado en Japón y, por empatía y contagio, en el resto del mundo, una de las mayores catástrofes que se recuerdan. Un inciso: el frame pertenece, como es lógico, al reportaje “Cinco días que sacudieron la Tierra”, una reconstrucción cronológica en imágenes de la tragedia que ha asolado el país del Sol Naciente.

Estoy seguro de que todos ustedes, los que ahora me leen, habrán contemplado estos días de forma recurrente las imágenes aéreas de las olas monstruosas, lenguas negras de agua que barrían inmisericordemente la tierra japonesa, venenosas sopas semilíquidas conformadas por cieno, chatarra y madera, que devoraban cuanto se ponía a su paso. Increíble, pero cierto. Una vez más, la realidad superando a la ficción.

Este curioso fenómeno audiovisual, en virtud del cual el espectador se sume en la más absoluta perplejidad al contemplar las imágenes de una catástrofe televisada, no es nuevo: después del terremoto de Japón, del tsunami, de la alerta nuclear, el mundo entero, pegado durante días a los receptores de televisión, ha permanecido atónito, desconcertado, aturdido, obnubilado. Si lo recuerdan, si lo pensamos bien, esta sensación extraña, esta mezcla de estupor y horror, ha sucedido más veces en esta nuestra reciente era audiovisual: la ocasión más evidente, quizá, aconteció durante el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.

Entonces, las imágenes del impacto de los aviones en los rascacielos, reiteradas mil y una vez por todas las cadenas de televisión, obligó a los creadores de efectos especiales (sí, sí, a esos mismos profesionales a los que yo apelaba en el comienzo de este post), obligó, decía, a replantear en la ficción las futuras puestas en escena del apocalipsis; así, después del 11-S, Hollywood y sus pirotécnicos digitales (y, por extensión, todos los diseñadores del mundo que trabajan la animación virtual hiperrealista) convinieron en que, aunque el espectáculo es el espectáculo, aunque el público reclama siempre un más difícil todavía, más verosimilitud, más impacto, había que repensar la dosificación de los efectos, la narrativa audiovisual, la sintaxis fílmica.

Tal declaración de intenciones tuvo su reflejo en obras posteriores, como “Cloverfield”, “The Myst” y “The Host”, obras donde, aunque los efectos digitales eran herramientas indispensables para escenificar el horror y sostener la trama, a la postre, resultaban ser películas bastante más contenidas de lo que pudiera pensarse a primera vista, siendo como eran cintas donde se representaba lo inimaginable, el apocalipsis en forma de monstruos ciclópeos.

Por desgracia, estos ejemplos de contención, fueron excepción, pero no regla. Hollywood no aprendió la lección. Así, los creadores de efectos, fueron a más, se vinieron arriba, como dicen ahora, volvieron al más difícil todavía. Una pena, vaya.

Lo que quiero decir es que no por tener potentísimas herramientas informáticas que permitan recrear casi cualquier escenario imaginable, cualquier explosión, cualquier giro de cámara, cualquier toma, el resultado es más eficaz, más creíble. Para que una escena apocalíptica (una catástrofe natural, una invasión extraterrestre o un ataque terrorista a gran escala) sea verosímil en una pantalla de cine, hace falta mesura.

En el mundo real, el espectáculo del horror que expone la Naturaleza desatada en una catástrofe natural tiene su propia sintaxis, su propia narrativa: nos espeluzna y nos encoge el alma porque, comparados con ella, nos recuerda a los seres humanos nuestra modesta condición mortal, nuestra indefensión frente a los elementos, frente al viento, al agua, al fuego, a la tierra. Las imágenes registradas por los vídeoaficionados durante el 11-S (la peor catástrofe natural que puede causarse: la provocaba por la maldad humana), o durante los terremotos de Japón, Chile o Haití, nos impresionan y nos petrifican más porque, además de recoger sucesos reales, fatales, sucesos donde mueren miles de inocentes de carne y hueso, son también algo así como registros documentales hurtados al horror, aquí y allá, de esta o aquella manera, mejor o peor, imperfectos técnicamente, trémulos, indecisos, inacabados, pero repletos de espontaneidad, de verdad, de debilidad; es decir: de aquello que conforma el espíritu humano.

Sin embargo, fíjense en cómo es la puesta en escena en películas como “Independence Day”, “El día de mañana”, “2012”, “Señales del futuro”, películas en que se representa la catástrofe, la destrucción, la aniquilación, como si de un ballet fílmico se tratase. Escenifican mecánicamente la mega muerte con una precisión coreográfica tan precisa y apabullante, que, además de ser un tanto obscena por su espectacularidad, es, por desmedida, por fría, por aséptica, hilarante también a la postre (entiéndaseme bien: digo “hilarante” desde el punto de vista de la verosimilitud).

Ya sé, ya, que se trata de mero espectáculo, de divertimento, de pasar un buen rato de ficción, de pura acción, de disfrutar de la técnica digital, a ser posible en 3D; no digo que no sea legítimo este propósito, pero creo que es ahí, en la ficción recreativa que pretende no sólo vencer sino también convencer al espectador, donde se puede y se debe llegar a un equilibro inteligente. Puede ser, incluso, más rentable en taquilla a largo plazo. Me explico: ese equilibrio inteligente del que hablo nos lo otorga denominada regla del “menos es más”, que, en este caso, no es otra que la estrategia de la contención perspicaz de la infografía, de la integración moderada de los efectos especiales, de la sobriedad en los movimientos de cámara. Pensémoslo: ¿qué es más creíble, la reconstrucción post apocalíptica, regulada y razonable, de “The road”, o el borbotón de efectos digitales desplegado en películas como “Skyline” o en la inminente “Invasión a la tierra”?

Como decía antes, invoco, apelo, desde la estética pero también desde la ética, al buen sentido de los creadores de efectos y de los realizadores.
Sé, queridos lectores, que, a priori, puede parecer un tanto improcedente hablarles a ustedes en este post de una cuestión tan banal como los efectos especiales en el cine de catástrofes; hablarles de ello, además, en una semana en que, precisamente, el admirable pueblo japonés está sufriendo su particular calvario a causa de un desastre natural, bien real y mortífero, con sus subsiguientes consecuencias radioactivas, aún inquietantes y potencialmente devastadoras; pero, quizá por eso mismo, porque la tragedia está aún en caliente, considero que es buena ocasión para que reflexionemos sobre la responsabilidad de convertir la mega muerte en un espectáculo cinematográfico de “Grand Gignol”.

El incendio de Atlanta de “Lo que el viento se llevó”, la inmersión de los ejércitos egipcios en el Mar Rojo en “Los Diez Mandamientos”, el ahogamiento de los pasajeros en “Titanic”, la invasión de Normandía en “Salvar al soldado Ryan”, son también espectáculo puro y duro, despliegue de efectos, analógicos y digitales respectivamente, que reconstruyen la desgracia, la mega muerte, la guerra, el desastre. Pero, desde mi punto de vista, contienen una diferencia esencial que los explica: albergan una finalidad e intencionalidad justificadas, ética y estética, incluso histórica; los efectos son parte de la narrativa, no su eje central; así, en estos ejemplos, la muerte colectiva, el sufrimiento humano, el cataclismo, no son fines en sí mismos, sino  medios a través de los cuales entendemos las tramas, los trasfondos y las intenciones de los personajes. Por eso, quizá, estas obras perviven en el tiempo y en nuestro recuerdo. No se pierden en el tiempo, como lágrimas en la lluvia (lo siento, sé que ésta expresión es ya un tópico, pero tenía que decirlo).

Como, por pedir que no quede, yo pido: siempre que sea posible, por favor: contención; porque, como es bien sabido, siempre “menos es más”.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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