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Más listo que ayer, pero menos que mañana

16.02.2011 | 0 Comentarios
Los móviles ganan a los ordenadores

¿El frame? Como no podía ser de otra manera, la imagen pertenece a un smarthphone, o, dicho en cristiano, a un móvil inteligente. ¡Qué mejor epítome que un smartphone para condensar toda la potencia tecnológica de nuestro tiempo! Al fin y al cabo, cada una de estas  minúsculas computadoras de bolsillo es capaz de procesar en un solo segundo más millones de bits de información que todos los ordenadores de la NASA que condujeron al Apollo a la Luna a finales de los años 60.

Hoy, en 2011, todos los ciudadanos aspiramos a poseer (o, al menos, a desear) uno de estos suculentos objetos bajo la promesa de que nos harán la vida más fácil, de que harán todo por nosotros. Pero surge una cuestión: ¿son tan inteligentes estos dispositivos como prometen sus nombres? Más aún: ¿convierten a los usuarios en más inteligentes? Esta es la controversia que plantea nuestro reportaje de esta semana, “Inteligencia 2.0”: ¿transforman nuestros cerebros las nuevas tecnologías (para bien), o los convierten, por el contrario, en órganos pasivos, trozos de carne a los que terminan por atrofiar?


Psicólogos, filósofos y neurólogos no se ponen del todo de acuerdo en ello; así pues, la cuestión no es baladí, ni mucho menos.


Cojamos un smartphone por los cuernos y veamos qué contienen sus tripas: reproductor de mp3 y archivos multimedia, localizador GPS, giroscopio con sensor de posición, cámara de fotos y de vídeo en HD, cámara para video llamada, conexión a internet por WIFI y 3G, pantalla táctil multifunción, consola de videojuegos, almacén de archivos, plataforma para ejecutar miles de aplicaciones específicas y, por supuesto, faltaría más, teléfono.


Las posibilidades son apabullantes: puedo chatear o ver una peli en HD en el metro; twittear mientras subo las escaleras;  subir una foto a mi perfil de Facebook; saber al minuto cómo va la revolución de El Cairo; consultar en Wikipedia cuántos discos exactamente tiene Aria Malikian; mirar al mediodía cómo va el Ibex; comprar entradas de teatro; grabar un video de la nevada, editarlo y subirlo a Youtube; saber con el GPS dónde dejé aparcado el coche la noche antes; traducir al momento hasta 17 idiomas con Google; dictar una carta, corregirla automáticamente con el procesador de textos y enviarla por e-mail; puedo, por tanto, conocer, imaginar, alcanzar, amplificar, extender, hablar, llegar…  ¿Sigo?


Vuelvo a lo que antes les planteaba: tal catarata de posibilidades, ¿hace más lista a mi mente, o enturbia bajo una cortina de luz digital mi cerebro? Que conste que en el campo de las nuevas tecnologías no soy apocalíptico; de hecho, me confieso un condenado “early adapter”, un enamorado de cualquier nueva tecnología que pueda mejorarme la vida.


Sólo quiero conocer la respuesta a la pregunta que antes me hacía; eso es todo.


Quiero saber, dado que el teléfono (o las aplicación que él contiene) traduce por mí, recuerda por mí, almacena por mí, escribe por mí, corrige por mí, sabe por mí, calcula por mí, me guía, me sugiere, me muestra, quiero saber si, inevitablemente, afecta también a las habilidades que antes poseía mi cerebro, habilidades que usaba a todas horas y que ya no ejercito.


Me temo que con el smartphone y las modernas tecnologías digitales (satélites todas ellas del teléfono) no sucede lo mismo que con la invención de la máquina registradora o de la calculadora, las cuales, cuando aprendimos a delegar en ellas y gracias a ellas el engorro el cálculo, hicieron el trabajo duro por nosotros y nos permitieron dedicarnos a tareas más edificantes; no: ahora, con los smartphones, de lo que se trata es de eludir una serie de funciones básicas para las cuales estaba preparado y adistrado nuestro cerebro, funciones que construyen nuestra esencia como seres humanos, nuestra identidad como “máquinas” orgánicas inteligentes.


Si, desde que poseo un smartphone, ya no realizo las operaciones básicas del día a día, si ya no hago el esfuerzo de traducir un texto o una conversación en otro idioma, si ya no recuerdo las rutas, si no refresco los datos almacenados en mis recuerdos, si no consulto los diccionarios…mi cerebro, mi inteligencia (a la fuerza) ya no pueden ser los mismos.


Me explican algunos expertos que, como el cerebro humano es limitado, resulta muy oportuno y hasta fabuloso que las nuevas tecnologías, los smartphones, realicen un montón de trabajo por nosotros, ya que, precisamente esa cualidad que les hace tan potentes, nos permite a nosotros, los humanos, dedicar las neuronas que tenemos a otras áreas del entendimiento, hasta ahora inexploradas. Si es así, fantástico. La pregunta es, ¿realmente derivamos esos recursos a esos nuevos terrenos?


Pero también me cuentan alarmados algunos profesores de universidad que cada vez es más terrorífica la ortografía de los exámenes escritos de las generaciones de jóvenes que han delegado la corrección de faltas en el procesador de textos del teléfono o el ordenador.  También me explican algunos neurólogos que ha disminuido escandalosamente el tamaño del hipocampo de los cerebros de los taxistas, que hoy día emplean el GPS como único recurso para recorrer las rutas y destinos de sus clientes. Son sólo dos ejemplos, pero suficientemente ilustrativos para que, por el momento, mantenga abierto el signo de la interrogación.


¿Y qué decir de los datos puros y duros, de la información en sí? ¿Tiene sentido en los planes de estudios continuar con la memorización de conocimientos, cuando, con el Smartphone, el acceso a la información, a cualquier información, es ubicuo, instantáneo? “No necesito aprender idiomas, ¿para qué?”, argüirán razonablemente muchos adolescentes, muchos niños: “puedo dictarle al teléfono; después el teléfono reconocerá mi voz, la transformará en texto; al instante, el texto es automáticamente traducido al inglés, al ruso o al hebreo; y un milisegundo más tarde el sintetizador de voz del móvil verbalizará el mensaje original en el idioma que desee”. Esto ya no es ciencia ficción: son aplicaciones del Iphone, de Android, de Google que existen y que funcionan; es el galimatías de Babel, literalmente resuelto gracias a un aparatito que me cabe mano. Y es sólo el comienzo. No, la cosa no es para tomársela a broma, ni para mal, ni para bien.


Pero no nos pongamos tan trágicos. Lo he dicho antes: no soy apocalíptico. Me encantan los smartphones, las consolas de videojuegos, el 3D, las “apps” por millares que cada día me tientan con sus realidades aumentadas, sus vectores, sus dígitos, sus mundos virtuales…


Sólo quiero saber el terreno que piso. Aspiro, como todos, a ser hoy más listo que ayer, pero menos que mañana… lo que no quiero es caminar para atrás, como el cangrejo.

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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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