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Los pequeños salvajes

13.11.2012 | 2 Comentarios
Pequeños salvajes

Durante el otoño de 1799, tres cazadores que caminaban al amanecer por uno de los frondosos bosques de la región del Languedoc francés observaron cómo se agitaba entre los matorrales una extraña bestezuela de color pálido. Los cazadores, que siguieron el rastro hasta acorralar a la criatura, se quedaron sorprendidos al darse cuenta de que lo que creían un animal era en realidad un niño: un niño asilvestrado, desnudo, sucio y raquítico, abandonado a su suerte, un crío que, milagrosamente, había conseguido sobrevivir a los rigores de la naturaleza sin más cuidado que el de las bestias de la campiña. Aquel niño –que más tarde alcanzaría fama mundial gracias al detallado estudio que sobre el caso redactaría el médico Jean Itard- es, desde entonces, un ejemplo prototípico de lo que los pedagogos y expertos en psicología evolutiva han venido en denominar “niños salvajes”. Víctor de Aveyron –en adelante ese sería el nombre por el que se conocería al pequeño- no sabía hablar ni entendía lenguaje articulado alguno; su socialización era nula, así como sus habilidades, habiendo permaneciendo esclavizada la pobre criatura al dictado de sus instintos más primarios, los cuales no habían sido tamizados por el filtro de la civilización. Si Víctor de Aveyron fue genuinamente una criatura asilvestrada desde su nacimiento o si su salvajismo, más bien, fue fruto de un inimaginable y degradado contacto con seres humanos despiadados que trataron con indiferencia y crueldad durante los primeros años de vida, esto continúa siendo un misterio. Lo que sí sabemos es que Jean Itard, protector y tutor del pequeño, asumió el reto de recuperar en la medida de lo posible al niño y de reinsertarle en sociedad, con relativamente escasos progresos. Itard pretendió acometer, por tanto, lo que yo denominaré en este post “una educación diferida”. Arduo y baldío empeño.

¿Por qué les cuento yo a ustedes todo esto?

Pues se lo cuento porque me da la impresión de que a veces –sólo algunas veces- campan en esta sociedad del siglo XXI ciertos niños que se parecen demasiado al pobre Víctor de Aveyron del XVIII. Hablo en metáfora, claro.

Hay niños modernos, contemporáneos, que, ante la indiferencia o la incapacidad de sus progenitores –claramente negligentes en sus funciones como tutores- han crecido asilvestrados, a la espera de una educación que se ha diferido durante demasiado tiempo, hasta hacerse impracticable. No me refiero a niños procedentes de familias desestructuradas o de entornos marginales, no, niños abandonados a su suerte; me refiero a niños de familias normales y corrientes, niños correctamente vestidos, bien nutridos, felizmente escolarizados, pero –¡ah, el “pero”!- niños deficitarios, como Víctor de Aveyron, de los rudimentos socializadores y de autoridad que harán de ellos auténticos hombres y mujeres al estilo del “If” de Kipling.

Seré más claro: aquella madre o aquel padre que, por ejemplo, le dice a su crío como si tal cosa y por no aguantarle más preguntas sobre un tema incómodo: “esto ya lo entenderás cuando seas mayor”, o que le dice: “eso, que te lo enseñen en clase”; aquellos progenitores que sistemáticamente, respecto de su hijo, se dicen a sí mismos: “no queremos frustrarle, ni decirle que no, no nos vaya a coger un complejo”; aquellos padres que, por no discutir, dejan que su hija o su hijo adolescente se vaya de marcha sin otras más reglas de retorno al hogar que las de su capricho; aquellos progenitores que no se esfuerzan en dar ejemplo y que exigen a sus críos -mal y con desgana- lo que ellos serían incapaces de exigirse a sí mismos; aquellos padres que, como un mantra, le espetan a quienes les quieren oír aquella vieja excusa: “nosotros también fuimos jóvenes e hicimos locuras; los críos tienen derecho a equivocarse , ¡que son críos!”; aquellos padres que afean la conducta al maestro y se indignan cuando aquel les llama a consultas para hablarles del comportamiento improcedente del muchacho; los progenitores que están convencidos de que sus hijos sólo son y sólo pueden ser “buenos chavales” y que los rebeldes y los que dan guerra son siempre los hijos de los otros; aquellos padres que no han impartido a sus hijos la asignatura ineludible de la empatía, del respeto hacia los mayores, aquellos padres que no han inculcado en los críos el esfuerzo como lema, que no han inspirado el valor del trabajo bien hecho, que no han pospuesto las gratificaciones, las pagas semanales y los premios a la obtención de resultados y de metas… todos estos padres están criando hoy, aún sin saberlo, pequeños salvajes. Pequeños salvajes que, como diría el psicólogo Javier Urra, mañana o pasado, cuando ya sea tarde, cuando la “educación diferida” resulte impracticable con ellos, quizá se conviertan en pequeños tiranos.

  • Respeto a los mayores no. Respeto a los demás, mayores o no.
    14.11.2012
  • Estamos de acuerdo. Si respetamos a los demás, a todos, implícitamente respetamos a los mayores.
    23.11.2012
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Blog J.M. Albelda

Desde 1992 ha desempeñado su actividad profesional como periodista en la Cadena SER, Onda Madrid y Televisión Española. En 1994 comienza a trabajar en Telemadrid en el programa de reportajes El Semanal. Posteriormente estuvo en Panorama de Actualidad y en la sección de local. En 1997 comenzó a formar parte del equipo de redacción de Treinta Minutos, programa que dirige desde el año 2001, desde donde ha elaborado también especiales informativos documentales. Durante su actividad profesional ha obtenido los galardones Premio Ejército del Aire, Tiflos, Antena de Plata y Premio de Periodismo de la Fundación de Víctimas del Terrorismo.

 

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